En esas estamos ahora.

Al inicio de la pandemia, observábamos desconcertados los lejanos países de Oriente, donde todos llevaban mascarilla como si fueran un solo hombre. Nos decíamos que su tradicional disciplina favorecía esta medida extrema que, en estos lares, nos parecía inconcebible.

Ahora bien, ¿vivimos en estos momentos los efecto de una psicosis?

¿De la gran miseria epistémica de un poder sanitario que nunca había desplegado con tanta ingenuidad sus bandazos y sus dudas?

¿Se trata de la obligación que se han infligido los Gobiernos de hacer cualquier cosa y hacerla cueste lo que cueste ante una epidemia exponencial, pero de la que no vemos crecer ni el número de muertos ni el de hospitalizados?

Un hombre camina por una calle de Santa Cruz de Tenerife haciendo uso de su mascarilla. EFE/Miguel Barreto/Archivo

Las mascarillas se han abatido sobre el rostro de cada cual, crueles y horrendas, como un fatum.

Ya no podemos pasear por la calle, deambular, ir a hacer recados, salir de improvisto o movidos por la necesidad sin colocarnos sobre la boca y la nariz este retal de tejido quirúrgico.

Parece que todos estemos en una mascarada.

Todos camuflados. Y, en el fondo, todos amordazados.

¡Ay, pero no es a nuestra libertad a la que le han puesto un bozal!

Ni, como dicen los “antimascarillas”, a nuestra viva voz.

Pero sí la elocuencia del rostro, que con lo único que puede transmitir ahora es con la mirada.

Lo que ha quedado sumido en el silencio es el resto de la boca (la que no se contenta con emitir sonidos, sino que traduce las emociones antes de articularlas, que expresa ternura, que se crispa con una mueca o da pie a una ambigüedad). Es la Gioconda que, en cada uno de nosotros, ya no tiene aspecto ni de sonreír ni de abstenerse a sonreír.

Por hablar como Emmanuel Levinas, es a la ética del rostro a lo que se le amputa su vertiente infinita.

Pero nos dicen que se trata de una medida de excepción y, por definición, provisional.

Y si ese fuera el caso, yo sería el primero en comprenderlo.

Pero ¿no es precisamente lo contrario?

 ¿Acaso no quiere decir esto que nos estamos instalando en un mundo donde lo anormal se convierte normal y donde la situación ya no es de crisis, sino de temor?

Si desenvainamos la medida más radical de todas cuando tenemos, vuelvo a repetirlo, muchos más casos, pero pocos muertos y se teme una segunda ola que nadie, por ahora, ve venir, ¿acaso no quiere decir esto que nos estamos instalando en un mundo donde lo anormal se convierte normal y donde la situación ya no es de crisis, sino de temor?

Esa es la idea que me rondaba todo el rato cuando escribí Este virus que nos vuelve locos; la mascarilla se banaliza; se convierte en una segunda piel, una prenda que nos acompaña a todas partes y que nos ponemos sin pensar; sin ella, cada vez más y más personas se sienten desprotegidas y desnudas. Por eso, no veo por qué a partir de ahora no íbamos a seguir llevándola para el próximo brote de gripe estacional —y el que venga después— y por qué la condena de la mascarilla no será algo a perpetuidad.

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Pero también hay otro acto en esta tragedia.

El destino de los ya famosos “asintomáticos”.

Está claro que, en todas las epidemias, ha habido portadores sin saber que lo eran.

Pero lo que sí que es nuevo es la retórica que va de la mano de este saber.

Es la actualización, so pretexto de la enloquecida precaución sanitaria, de la fórmula del doctor Knock: “Todo hombre que goza de buena salud es un hombre que ignora que está enfermo”.

Es la idea, que está en proceso de imponerse, de un mundo poblado de enfermos que no saben que están enfermos y que, al contrario que el enfermo imaginario de Molière, se verán tan profundamente afectados que habrá que desplegar para ellos todo un arsenal de detección, profilaxis y, muy pronto, cuando las aplicaciones de rastreo de coronavirus se conviertan, también, en algo obligatorio, en blanco de señalamientos y vetos.

Todavía no hemos llegado a ese punto.

na mujer con mascarilla espera en una calle hoy, en la ciudad de Quito (Ecuador). EFE

Pero más nos vale tener en cuenta la inversión epistemológica que convertiría a ese enfermo asintomático en el verdadero enfermo o en alguien que, en todo caso, merece ser acorralado de manera absolutamente implacable.

Y, por muy necesarias que sean todas las medidas para proteger a los más vulnerables de un virus que puede atrincherarse, sin duda, en cuerpos sanos, también hay que hacerlo con cabeza, discernimiento, mesura y evitando crear ciudades irrespirables donde un niño será una amenaza para sus padres; el vecino, un veneno para su prójimo, y el hombre, un lobo para el hombre.

Las cadenas de informativos sembraron el pánico cuando, durante la primera fase de la pandemia, nos infligieron la imagen de un director de Sanidad Pública desgranando, como una Pitia triste, el balance epidemiológico de la jornada.

Pero, al menos, en ese momento se separaban las cifras de fallecidos y de moribundos.

Pero ahora, los anuncios de cada noche, con la regularidad metronómica de las pantallas de la bolsa, son de la cantidad de brotes, de la cifra de enfermos —sin complicación alguna—, pero que se contabilizan como casos “detectados”.

No hay razones sanitarias que justifiquen estos absurdos recuentos cotidianos.

No hay ninguna necesidad de salud pública que exija esta inversión de la evidencia y del sentido común que le dice a los enfermos sin patología: “Estáis doblemente enfermos porque estáis vivos; sois doblemente peligrosos porque estáis rebosantes de salud; al contrario que en la fábula, no tenemos tiempo para alegrarnos de que este virus no nos haya afectado a todos, ya que todos, por el hecho de estar a salvo, somos un caldo de cultivo para la pandemia”.

En Europa tenemos una medicina que, cuando se limita a hacer su trabajo y se deja de trifulcas en los platós de televisión, es decir, cuando se dedica a curar, tiene los suficientes recursos para tratar un mal del que algunas personas morirán sin que esta tenga que decirle a todo el mundo: “¿No os da vergüenza ser tan irresponsables? ¿No os da vergüenza, a espaldas de vosotros mismos, ser los actores trágicos del destino? ¿No os sentís culpables de ser, con las defensas de vuestro cuerpo, agentes de la muerte en este mundo?”.

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Puede que, al fin al cabo, ese sea justo el meollo del asunto.

Hay una lucha secular en Occidente entre quienes aman la vida y quienes aman la muerte.

En el corazón de todos los saberes griegos, judíos, cristianos, musulmanes o ateos hay una línea divisoria que separa a los biófobos de los biófilos.

Basta con pensar en nuestro siglo XVII; basta con releer a los señores de Port-Royal con su jansenismo tan culpable, tan culpabilizador, tan penitente; basta con recordar, por oposición a estos, a los “libertinos”, alegres, vivos y libres, para saber que está trifulca parte en dos mitades, más que ninguna otra, el espíritu francés.

Veo a París acallado por esa aséptica tela azul; pienso en esa estética de quirófano que deja su estilo por todas partes; mientras que la epidemia parece estar bajo control y estamos lejos, gracias al cielo, de las infernales escenas del comienzo, con los hospitales desbordados, el personal sanitario al borde del agotamiento y la tercera edad abandonada a su (mala) suerte por haber llegado a la senectud, oigo a los maestros de la Opinión culpar a la juventud por no estar más enferma; a los curados por no haber sufrido una recaída, y a los ciudadanos, infantilizados, por relajarse. No puedo evitar pensar que, detrás del apremio de las cifras, que nos repiten como una matraca, como si fueran mantras, hay también algo de esta lucha que se está librando.

Un jansenismo sin Jansenio, sin San Agustín, sin Pascal y sin Philippe de Champaigne.

Hay una lucha secular en Occidente entre quienes aman la vida y quienes aman la muerte

Un jansenismo para idiotas, gris y triste, que quizá no es más que el nuevo hábito, demasiado grande, de la humanidad borreguil de siempre.

Pero un jansenismo taimado que, como un diablo cuya astucia suprema era, según Baudelaire, hacernos creer que no existe, se disfrazaría de su contrario, predicaría el culto de la vida mientras expía el inconveniente de haber nacido y solo exigiría mortificación y penitencia en nombre del imperativo de salvar el cuerpo.

El miedo, sí.

El pánico, sin duda.

Pero, detrás de esas emociones, agazapado, su verdadero secreto, la fascinación mórbida; y, al final de este secreto, tan impresionante como el macabro cuadro de Brueghel, amarillo y negro como una tempestad que se cierne sobre nuestra civilización adormecida, un posible triunfo de la muerte.

Es ella, la pulsión de muerte, la que mueve los hilos que nos gobiernan en una guerra contra el virus que, sin embargo, estamos ganando.

Es ella la que da vida, en esta civilización que es fuente de su propia desesperación, a la gran tentación suicida cuya divina sorpresa ha sido el coronavirus.

Es ella la que, con el beneplácito del rey Corona, distancia a los seres humanos como si fueran miasmas, flemas y fuentes de infección; y nada más.

Es ella la que querría condenarlos a una vida de muertos vivientes en la que gana la desconfianza, el egoísmo, el repliegue en uno mismo y el sacrificio de la apertura al otro —el fundamento mismo de la socialización—, algo que se ha sacrificado demasiado deprisa en el altar del higienismo.

Salvo que haya un vuelco a favor de la vida y de lo que implica en términos de libertad, esperanza y fraternidad, todo lo que está sucediendo es una pésima noticia.