Un mundo sin el liderazgo estadounidense y a la búsqueda de un modelo económico poscarbono más justo hace equilibrismos entre el autoritarismo en ascenso y las protestas populares contra la injusticia y la represión. No hace falta mucho para llevar a la gente al límite. Una subida en la tarifa del metro en Chile o la propuesta de un impuesto sobre las llamadas de WhatsApp en Beirut es suficiente para prender la mecha de los levantamientos.

El filósofo Antonio Gramsci escribió sobre los "síntomas mórbidos" que caracterizan el interregno entre la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo. Hoy día abundan. Las economías capitalistas cumplen pero no consiguen extender el bienestar. El resentimiento crece. La desorientación se fragua cuando la sociedad deja a un lado los hechos en favor de delusiones. Las viejas certezas (sobre el liderazgo estadounidense, la progresiva liberalización de China, la integración europea, el impacto liberador de la tecnología, la unidad de Gran Bretaña...) se derrumban. Es un momento de ansiedad, de soledad y mutabilidad. Incluso la canciller alemana Angela Merkel, un punto fijo en un mundo cambiante, se habrá ido muy pronto.

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