Ya se ha dicho todo del abandono del Kurdistán sirio por parte de Estados Unidos. ¿Y por parte de Europa?

¿Acaso no es corresponsable, al igual que lo fueron nuestros mayores aliados en la guerra contra Daesh?

¿Acaso no está preocupada por el desastre, no solo moral sino estratégico, que implica esta zona libre que se ha dejado a Turquía, a Irán y a una Rusia neoimperialista, así como a los miles de yihadistas que detenían los kurdos y que, sin embargo, ahora están en manos de Bashar al-Ásad o de Erdogan?

Y, si efectivamente es así, ¿no tiene, con sus 510 millones de habitantes y sus 28 ejércitos nacionales, los medios para levantar el puño, para reemplazar a los 2000 hombres de las fuerzas especiales que está repatriando Estados Unidos y, defendiendo sus valores, empezar a asegurar por primera vez un poco su propia defensa?
Es la propuesta que hice en este mismo medio el 15 de enero de 2019 tras el anuncio de Trump de la retirada de sus soldados.

Planteé la idea de un ejército europeo creado a partir de los ejércitos de los veintiocho Estados miembros que aceptarían la gravedad del acontecimiento geopolítico que está teniendo lugar en la frontera entre Turquía y Siria.

También señalé que, puesto que Francia tenía ya a 200 agentes de las fuerzas especiales en la zona, no debería ser muy complicado, aunque la voluntad política sí lo sea, añadir a estos 200 franceses otros contingentes llegados de países europeos aliados y voluntarios.

Hay un precedente.

Casualmente, lo viví de cerca y escribí la crónica en mi diario de guerra de Bosnia: Le Lys et la Cendre (La flor de lis y la ceniza en castellano).
Estamos en junio de 1995.

La guerra contra los civiles bosnios lleva tres años en marcha.La comunidad internacional no interviene.

Refugiados kurdos Reuters

Las Naciones Unidas tienen fuerzas militares en la zona, pero son prisioneras de una directiva absurda que las deja inactivas cuando los serbios bombardean Sarajevo, atacan las supuestas zonas “seguras” de Bihac, Zepa y Gorazde, y son culpables de actos genocidas en Srebrenica.

Los Estados Unidos de Bill Clinton consideran, como sucede ahora en Siria, que los Balcanes están muy lejos, que es una casa de locos donde no merece la pena aventurarse y que si la Rusia postsoviética quiere alegar vínculos históricos con sus primos eslavos de Serbia para imponer un orden regional les estaría haciendo un gran favor.

Entonces aparece en escena el presidente Chirac. Acaba de llegar al Elíseo.

Observa consternado a los soldados franceses de la UNPROFOR humillados y encadenados bajo el puente de Vrbanja.

Constata que cuando dos cascos azules caen, en pleno Sarajevo, bajo obuses serbios lanzados desde las colinas, la propia UNPROFOR no tiene realmente poder para actuar.
Ve cómo un enésimo Consejo de la OTAN que supuestamente va a debatir, por enésima vez, las posibilidades de responder a las sutilmente llamadas “provocaciones” de Belgrado finaliza, como es habitual, en París, con la decisión de no hacer nada.

Entonces expresa la idea de crear, fuera del marco de esta alianza, fuera de los procesos paralizantes de la Unión Europea, y solo con aquellos miembros que compartieran su voluntad de actuar rápido (en resumen, los británicos, algunos holandeses y los transportes de tropas proporcionados por Alemania), un ejército de reacción rápida capaz de liberarse por fin de las normas de este teatro de crueldad y apatía que tiene lugar desde hace tres años.

Esta Fuerza Operativa Rápida sigue, en principio, las órdenes de los generales de la ONU Rupert Smith y Bernard Janvier.


Su única misión, en principio al menos, es proteger a unas fuerzas internacionales convertidas en rehenes de sí mismas y de su absurdo mandato.
Pero los hombres que la forman no llevan cascos azules.


Sus vehículos blindados Warrior, sus helicópteros antitanque Lynx o sus tanques AMX-10 ya no están pintados de ese color blanco que en Bosnia acabó convirtiéndose en sinónimo de impotencia y deshonor.

Sí conservan ―un detalle que lo cambia todo― el uniforme de su ejército nacional de origen.

Y es así como, progresivamente, consiguen proteger la pista del monte Igman, que es la única vía de aprovisionamiento del Sarajevo asediado y hambriento; bombardean, con morteros de 120 milímetros, los puestos de artilleros desde donde se lanzaron los obuses que mataron a los dos cascos azules de las Naciones Unidas. Un día se habla de un depósito de armas pesadas neutralizado o incautado; otro, de un caza Mirage 2000 que suelta un misil guiado por láser sobre Pale, donde están los cuarteles generales de los francotiradores serbios de Bosnia; y también se crea el mecanismo que desembocará en los ataques de agosto de 1995, en la huida de un ejército serbio que era tan fuerte como nuestra propia debilidad y, después, en el Acuerdo de Dayton.
Obviamente, no se trata de comparar lo incomparable.

Y Siria en 2019 no tiene ningún parecido con Bosnia en 1995.

¿Pero el mismo núcleo duro de países europeos que supo, por entonces, desplegar a 4500 hombres en un teatro de operaciones completamente hostil no puede desplegar 2000 hombres ante una Turquía que afirma ser nuestra aliada en el seno de la OTAN?
¿Y la misma voluntad política que nos hizo acudir en auxilio de los musulmanes masacrados de Bosnia sería incapaz de movilizarse en favor de estos otros musulmanes masacrados como son los kurdos y que, para colmo, han luchado por nosotros y nos han protegido de Daesh?

La seguridad de Europa se decide entre Erbil y Raqqa.
Y puede que ahí esté ―quién sabe― el embrión de esta defensa europea que buscamos, desesperadamente, desde hace cincuenta años.