Las redes sociales como onda expansiva, amplificadoras de un crimen y una reivindicación supremacista. Brenton Tarrant cometió este viernes en Christchurch, Nueva Zelanda, un atentado 'tradicional' asistido por varias tecnologías con las que pretendía difusión global y elevarse a la categoría de héroe. 

Tarrant, el único de los atacantes cuyo nombre ha trascendido a la hora de publicación de esta pieza -son tres los detenidos en total-, tiene los suyos. Llevaba sus nombres en los cargadores de su arma. Uno de ellos es Anders Breivik, que mató a 77 personas en Noruega en julio de 2011.

Tarrant y sus compañeros acabaron con la vida de medio centenar de indefensos en dos mezquitas separadas por pocos kilómetros.

Autocalificado como "hombre blanco, corriente, de 28 años, nacido en Australia, de clase trabajadora y familia de bajos ingresos", justificó su acción como una "venganza" contra "centenares de miles de muertes causadas por invasores extranjeros a lo largo de la historia".

"Manifiesto" en Twitter, una GoPro, Facebook Live

@brentontarrant subió un "manifiesto" en su ya eliminada cuenta en Twitter, un texto de más de 70 páginas plagado de referencias islamófobas en las que presume de "eliminar kebab". Era el cebo.

Hecho esto y equipado con una cámara GoPro conectada a Facebook Live, comenzó a emitir durante 17 terribles minutos. Primero para, desde su coche, anunciar lo que estaba dispuesto a hacer y sus razones y, más tarde, para llevarlo a cabo desde un punto de vista subjetivo que le hizo parecer el protagonista de un videojuego.

Conseguida la atención de una generosa audiencia, el 'protagonista' abandonó el vehículo y avanzó por la calle hasta la mezquita. A unos metros de ella sacó un fusil y comenzó a disparar. Se adentró en el edificio, tiros a izquierda y derecha, en las distintas estancias, cruel, sin piedad.

Facebook, Twitter y Youtube borraron rápidamente todo rastro de la atrocidad, pero su autor había sido más rápido, por lo que pudo verse entera, y usuarios en todo el mundo no dejan de volver a colgarla o compartirla, haciendo muy complejo evitar la propagación.

Los usuarios hicieron (¿hicimos?) el resto

En cuestión de minutos, el vídeo se había descargado en plataformas como Reddit o 4chan. Tarrant conocía el terreno de juego virtual y retó a su audiencia, apelando al morbo, a sus impulsos, a la curiosidad extrema de una sociedad que cree haberlo visto todo y busca algo 'nuevo'.

Hay antecedentes. En 2015, dos reporteros de Virginia fueron asesinados por un hombre armado que publicó las imágenes en Twitter. En 2017, Robert Gowin decidió cometer un crimen aleatorio y emitirlo en Facebook. Hay numerosos ejemplos más de suicidios, violaciones, maltrato infantil o palizas entre adolescentes.

Tarrant y sus compañeros son los últimos y sin duda los que más han 'perfeccionado' el 'método'. Chicos 'criados' por internet que no han sabido digerir lo consumido ni frenar su odio desmedido, que han invitado a quienes se identifiquen con ellos a seguir sus pasos, o al menos a difundir la 'hazaña', producida en alta definición, emitida en tiempo real, a todo el mundo. Un peligroso precedente que encierra todos los anteriores y los lleva al extremo. Un atentado viral que persigue efectos en el mundo real.