Tijuana (México)

“Si va a acercarse a los campamentos de centroamericanos, tenga cuidado. No es que sea peligroso, pero tienen infecciones, piojos y son contagiosos. Muchos de nosotros nos enfermamos porque tuvimos que deportar a un grupo hace dos días. Los llevamos en una camioneta y solo de compartir el aire, mire”. Ésta advertencia, entrecortada a golpes de tos, la ofrece una agente de policía mexicana mientras revisa los pasaportes en el puesto fronterizo entre la ciudad californiana de San Diego y Tijuana. Es una primera señal -habrá más- de que a este lado de la valla, pese a ser un país de emigrantes, no se tiene en demasiado aprecio a los miles de desplazados que estos días llegan desde Honduras, El Salvador y Guatemala buscando su sueño americano.

Pasada la aduana, a pocos minutos a pie del cruce internacional, se divisan los primeros miembros de las caravanas de inmigrantes, vigilados de cerca por una fuerte presencia de agentes federales. Velan por la seguridad pública, pero sobre todo por evitar ataques xenófobos contra los extranjeros, porque la convivencia es muy tensa. 

Desde hace semanas, las calles de Tijuana van acumulando nuevos demandantes de asilo, que llegan con sus tragedias personales a rastras desde que salieron hace ya más de 4.500 kilómetros. Huyen de la pobreza y la violencia en sus naciones y aspiran a atravesar a EEUU. Sin embargo, más allá de las historias humanas que encierra este éxodo, planean alrededor de este movimiento sombras que comienzan a despertar rechazo y suspicacias. Hay dudas sobre su origen, la veracidad de los datos que difunden y, en resumen, críticas a su estrategia comunicativa. 

Empecemos por el inicio de las caravanas. Según la versión que cuentan los propios afectados, surgieron de forma espontánea, al calor de las noticias sobre otros intentos previos en la pasada primavera y en 2017. Algunos de aquellos huidos tuvieron suerte y consiguieron entrar en EEUU, una hazaña que corrió como la pólvora. Una nueva convocatoria fue tomando cuerpo gracias al boca a boca y a las redes sociales, que acabaron expandiendo el efecto llamada. El resultado, las más de 5.000 personas que actualmente se hacinan en los refugios de Tijuana, a la espera de recibir más desplazados en los próximos días.

Nadie organizó esto, es un desplazamiento forzado masivo”, explica a EL ESPAÑOL Álex Mensing, portavoz de Pueblo Sin Fronteras, entidad que se solidariza, ayuda a los inmigrantes y les sirve de altavoz con los medios de comunicación, pero que no organiza ni pilota la iniciativa, como recalcan cada vez que se les pregunta.

Ellos lanzaron el primer comunicado de prensa tres días después de que se iniciara esta marcha, el 13 de octubre. El punto de salida está en Honduras, concretamente de San Pedro Sula, la segunda ciudad de aquel país. Aunque apenas supera los 765.000 habitantes, aparece a la cabeza de todas las clasificaciones de capitales más peligrosas y violentas del mundo por el número de homicidios. Desde allí partieron cientos de personas que, siguiendo los pasos de convocatorias anteriores, pretendían llamar a las puertas de EEUU para solicitar asilo político. Por el camino, se fueron sumando otros inmigrantes con la esperanza de cruzar la frontera, aunque no todos parecen estar suficientemente informados. 

Jaime Siles tiene 21 años y es hondureño. Ha pasado varias noches acampado junto a otros 15 inmigrantes bajo el puente del Chaparral, en Tijuana, situado cerca de las oficinas donde se debe solicitar el asilo. “Yo vine por necesidad, porque a mi papá se le caen las cosas de la mano derecha y no puede trabajar. Somos muy pobres. Tengo que mantener a mis tres hermanos pequeños y también tengo un hijo de diez meses. Mi mujer me dejó porque era celosa y se enfadaba porque no había comida. Quiero ganarme la vida para mantenerles”, asegura a EL ESPAÑOL. 

Este joven se considera afortunado porque ya ha presentado su solicitud de asilo y, pese a la lentitud del proceso, su caso se verá relativamente pronto. “Ya tengo el papelito desde hace dos semanas. La tramitación va por 1.234 y yo tengo 1.678”. 

Sin embargo, si Jaime ha alegado su situación de precariedad económica, difícilmente recibirá protección de EEUU. Según la legislación norteamericana, para disfrutar del asilo se debe ser víctima de persecución por razón de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a grupo social u opinión política. Además, es un proceso largo y hay aportar pruebas.  

Un niño y un hombre, pertenecientes a la caravana, sentados en la calle. José Gallego Espina

A esto hay que añadir que la administración Trump anunció en verano que endurecería los requisitos, no aceptando como causa de concesión de asilo la violencia doméstica o de pandillas, según dijo el fiscal general, Jeff Sessions, al entender que EEUU no puede acoger a esas personas sólo porque sus países tengan dificultades en luchar contra esos problemas. 

Jaime asegura que ha pasado varios días en huelga de hambre junto a sus compañeros de acampada para exigir a las autoridades estadounidenses que aceleren el proceso. Cada uno de los miembros de este campamento ofrece datos dispares sobre el seguimiento y la duración de este ayuno de protesta. A la pregunta de quién organiza esta acción o las caravanas, responde: “Aquí, todos”. En cuanto a si aceptaría quedarse en México, asegura que quiere cruzar a San Diego. “El dinero aquí sale casi a lo mismo que en Honduras. No podría ayudar a mi familia. Espero al asilo”, contesta.

El “papelito” al que se refería antes Jaime es la solicitud de asilo, que se rellena a pocos metros de allí. Cada mañana se levanta en la Plaza del Chaparral, junto a la valla fronteriza, una carpa donde varios voluntarios inscriben a todas aquellas personas que quieran pedir asilo en los EEUU. Las colas se prolongan varias horas hasta el mediodía. No es necesario ser centroamericano o venir en una caravana para apuntarse.

“Se pueden registrar mexicanos, rusos o españoles, si quieren”, comentan a EL ESPAÑOL varios miembros del Grupo Beta, una organización mexicana de apoyo a los inmigrantes que colabora con esta iniciativa pero que -una vez más- no la organiza. Según detallan, hay incluso venezolanos que han solicitado refugio por este trámite. No obstante, resulta complicado encontrar explicaciones claras sobre el proceso exacto que siguen esas peticiones, qué verificaciones se llevan a cabo y quiénes son los voluntarios que participan.

De vuelta a la acampada del Chaparral, encontramos a Nubia amamantando a su bebé. A sus 24 años tiene tres hijos. Ella y su familia sí huyó de Honduras temiendo por su vida. “Tuvimos que salir de improviso, de la noche a la mañana -expone sin querer profundizar en el motivo-. No más te digo que tuvimos que salir por amenazas. Tenemos miedo. Mi esperanza es llegar al otro lado y pedir asilo, porque no podemos regresar. Las personas que nos amenazaron podrían llegar aquí, a México, porque yo sé que esas organizaciones existen en otros países. Me da mucho miedo”. 

El marido de Numbia.

“INCLUSO SIN COMER, ESTAMOS MEJOR AQUÍ”

Nubia no sigue la huelga de hambre porque debe alimentar a su bebé, pero apoya a su marido, que sí la secunda. “Incluso en esta situación, sin casa y sin comer, estamos mejor aquí que en Honduras”, resume. 

Este pequeño grupo ha organizado esta protesta autónomamente, al margen del grueso de la caravana que pernocta en los albergues habilitados por Tijuana. Junto a ellos está Dolores, una ciudadana mexicano-estadounidense bilingüe que ejerce de portavoz y traductora con los medios anglosajones. “Nuestras demandas no son exageradas. Pedimos a los dos países que cumplan. A México, que no deporte arbitrariamente a los miembros de las caravanas. Paran a la gente por cualquier razón, incluso por hablar con periodistas. Y a EEUU, que procesen 300 solicitudes de asilo al día. Tienen capacidad para 316, pero ahora apenas llegan a 50”.

Dolores, mexicano-estadounidense bilingüe, ejerce de portavoz y traductora con los medios anglosajones.

Mientras atienden a los medios, pasa un vehículo junto al grupo. Su conductor baja la ventanilla y les grita: “Trabajen, flojos”.

Al rato, vuelve a surgir la pregunta sobre quién dirige las caravanas. “Yo he escuchado que no es que vengan en expedición, sino que se va juntando gente poco a poco, porque es más seguro venir en grupo. Incluso se unen mexicanos”, responde Dolores.

EXIGEN A EEUU 50.000 DÓLARES PARA CADA UNO

Aunque algunos miembros de las caravanas ejercen puntualmente de representantes, sigue sin alzarse una voz que los aglutine a todos, lo que a veces causa problemas. Este martes, sin ir más lejos, un tal Alfonso Guerrero Ulloa, erigido como representante del grupo, reclamó a EEUU frente a su consulado en Tijuana una indemnización para cada inmigrante de 50.000 dólares a cambio de volverse a sus países. La noticia saltó a todos los medios nacionales, generando malestar entre muchos de los centroamericanos que desconocen cómo se fraguó esa petición y que temen que dañe aún más la imagen pública de su éxodo

Ante esta situación, lo más parecido a un portavoz sigue siendo Pueblo Sin Fronteras, que ya arropó otras caravanas de menor tamaño en 2017 y la pasada primavera. Sus comunicados y sus delegados intentan aglutinar a un colectivo muy diverso, pero no siempre con éxito. 

En sus comunicados, suelen “exigir” constantemente el respeto al derecho a solicitar asilo, y responsabilizar a EEUU de este fenómeno por “décadas de intervención política, económica y militar” en Centroamérica. Es precisamente este elevado tono de demanda el que más rechazo está generando a ambos lados de la valla.

“Yo creo que no deberían dejarles pasar. No están haciendo las cosas bien. No llegaron de forma pacífica y hay mucha delincuencia entre ellos. Vienen exigiendo. Creo que la postura del gobierno de EEUU está muy bien”, asegura a EL ESPAÑOL Nayeli, una mexicana de 32 años que lleva años cruzando el paso fronterizo para comprar cosméticos en San Diego que luego vende en su comercio. “Ahorita están más tensas las cosas y el paso es más lento. Tampoco hay tanto turismo como antes en Tijuana. La gente está muy molesta”. 

CRÍTICAS A LAS EXIGENCIAS: “FALTA HUMILDAD”

Marta Chávez es de Guadalajara pero lleva 40 años en Tijuana, entrando con frecuencia a San Diego. “Es muy fácil entrar cuando tiene los documentos. Se pasa por la garita, te entrevistan, miran qué llevas y ya. No se puede cruzar sin papeles”, relata a EL ESPAÑOL. “Puede que vengan engañados”, añade en referencia a los centroamericanos. “Les dicen que el cruce el fácil y que la vida es fácil en EEUU, pero todo el mundo tiene que trabajar para vivir”.  

A su juicio, el problema es la “falta de humildad”. “Vienen exigiendo, y si uno va a otro país tiene que hacer lo que en ese sitio se haga. En todas partes hay reglas, estamos en sociedad”. Su mayor miedo, en cambio, no es el éxodo, sino sus consecuencias. “El presidente Trump ya ha dicho que si la cosa sigue así, va a cerrar la garita indefinidamente. Y eso no es bueno ni para Tijuana ni para EEUU”. 

Sin embargo, las mayores críticas a las organizaciones que respaldan las caravanas llegaron el pasado 25 de noviembre, cuando tras una marcha de los inmigrantes apoyada por Pueblo Sin Fronteras, se produjeron enfrentamientos entre la policía estadounidense y varios cientos de manifestantes que trataron de saltarse el paso.

Tras aquello, la organización publicó un comunicado aclarando que se financia sólo con donativos. “No recibimos apoyo financiero de ningún gobierno, corporación, ni partido político”. Y en efecto, si consultamos su web, comprobamos que han recaudado 50.000 dólares para esta causa gracias a una campaña de micromecenazgo. 

JÓVENES CON HUEVOS SOLIDARIOS

Curiosamente, donde más apoyo están encontrando es en el lado estadounidense.

Un buen ejemplo lo encontramos en Nick y Johnny, dos estudiantes de la Universidad de San Diego. “Están en una mala situación y tenemos la obligación de echar una mano”, afirman a EL ESPAÑOL. A sus 18 años, estos jóvenes estadounidenses, descendientes de mexicanos, quieren ayudar. Aunque no dominan el español, han cruzado la frontera con un cartón de huevos, tortillas de maíz, una sartén y un hornillo para preparar burritos para los demandantes de asilo, ignorando que ese día en la acampada estaban en huelga de hambre. 

Nick y Johnny, estudiantes de la Universidad de San Diego, cocinan para los migrantes de la caravana. José Gallego Espina

Cambian de rumbo y se plantan en la plaza del Chaparral. Ante la mirada atónita de los congregados allí, se remangan y empiezan a cocinar. A esa hora apenas quedan miembros de la caravana en la plaza. Quizá al no dominar el idioma no se percatan de que están entregando la comida también a mexicanos, que la aceptan gustosos entre risas, avisándoles de que necesitan ponerle más sal.  

Pero no todos en EEUU muestran tanta empatía ante el drama de los centroamericanos como estos dos universitarios. Las noticias sobre los choques en la frontera, así como las imágenes de inmigrantes tratando de trepar la valla, pueden calar en la sociedad norteamericana, en un momento en que el presidente Donald Trump intenta conseguir la financiación necesaria para levantar el muro con México.

Y a la hora de regresar a San Diego, un golpe de realidad. Para salir a México desde los EEUU no hay colas ni esperas. Ni en coche ni a pie. A la vuelta, la entrada se puede demorar horas en vehículo y, dependiendo del día, también caminando, especialmente desde que se reforzaron los controles por las caravanas. Y eso a pesar de que ninguno de los centroamericanos se acerca a este puesto. Aquí sólo se accede con los papeles por delante, y ellos aún esperan su turno.