El expresidente de Estados Unidos George H.W. Bush (1989-1993) ha muerto este viernes, 30 de noviembre, a los 94 años, según informó en un comunicado su hijo y también expresidente, George W. Bush (2001-2009).

"Jeb, Neil, Marvin, Doro y yo anunciamos con tristeza que después de 94 años extraordinarios, nuestro querido padre ha muerto", dijo en el comunicado. Bush ha muerto tan sólo ocho meses después de que lo hiciera su esposa, la ex primera dama Barbara Bush, con la que estuvo casado 73 años.

El actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha lamentado la muerte Bush padre y ha destacado en un comunicado conjunto con su esposa, la primera dama Melania Trump, que guió "a la nación y al mundo" al "victorioso fin" de la Guerra Fría.

Fundador de una saga

El legado de George Herbert Walter Bush no se limita a su única presidencia de cuatro años (1989-1993). Su vida y su labor política están ligadas, desde diferentes puestos, a los grandes acontecimientos del siglo XX. Desde la Guerra Mundial, de la que salió como un héroe, hasta la operación ‘Tormenta del desierto’ para liberar Kuwait, pasando por Vietnam, el ‘Watergate’, la invasión de Panamá o el final de la Guerra Fría.

La saga Bush es para los republicanos el equivalente de la saga de los Kennedy –salvando las evidentes diferencias- para los demócratas: La gran aristocracia de la política. La dinastía la inició su padre, Prescott, quien fue senador en los años cincuenta. Y la continuarían sus hijos, George W. (que también fue presidente) y Jeb, gobernador por Florida derrotado por Donald Trump en la lucha por la candidatura republicana a la presidencia.

George H, W. llevaba la política y el afán de liderazgo en la sangre. Tanto que en el colegio ya se destacó como líder estudiantil e incluso como capitán de los equipos de béisbol y fútbol. Buen estudiante, se estaba preparado para ir a la universidad cuando el ataque japonés a Pearl Harbor interrumpió su vida como la de tantos norteamericanos.



Héroe en el Pacífico



También llevaba en la sangre el patriotismo y el espíritu militar de su padre, que había combatido en la Primera Gran Guerra y en México contra Pancho Villa. Se alistó en la Armada, donde se convertiría en el aviador naval más joven de la historia con sólo 19 años. Como destacado piloto –llego a acumular 1.200 horas de vuelo-, participó en batallas decisivas de la campaña del Pacífico, como la del Mar de Filipinas.

En su historial también hay lugar para una acción heroica. Su avión fue alcanzado por el enemigo en los cielos de Japón. Con el aparato en llamas, el joven George H. W. completó su misión, alejó el avión mar adentro –si caía en tierra, sería torturado y descuartizado- y se lanzó en paracaídas. Después de tres horas a merced del océano, fue rescatado por un submarino.

Se licenció de la Armada tras acabar la guerra y de inmediato se incorporó a la Universidad de Yale, en la que ha estudiado la saga Bush desde el abuelo de Goerge H. W. Como su padre, formó parte de la fraternidad Delta Kappa Epsilon y también de la sociedad secreta Skull and Bones, lo que recientemente ha dado pábulo a los ‘cospiranoicos’ –entre ellos Michael Moore- para relacionarle con cenáculos que estarían dirigiendo el mundo desde la clandestinidad. Su pertenencia muchos años después al club Bildeberg, la asociación de los más poderosos del universo, fue para muchos la confirmación de esta teoría.



Magnate del petróleo



En 1948 se gradúa en económicas. Tres años antes se había casado con Barbara, con la que tendría seis hijos. La mayor tragedia de la familia fue la muerte por leucemia de su pequeña hija Robin en 1953, con sólo cuatro años. George W. H. llevó consigo la familia de un lado a otro del país, primero como empleado de ventas en varias compañías y pronto como empresario. Finalmente, constituyó su propia empresa de extracción de petróleo, Zapata Off-Shore Company, nombre tomado al parecer de la película ‘Viva Zapata’ (Elia Kazan, 1952), protagonizada por Marlon Brando.

Los Bush se instalaron finalmente en Houston (Texas). Con tan sólo 40 años, el cabeza de familia ya es millonario y durante el resto de su vida continuaría engrosando su considerable fortuna. Siguió al frente de su empresa hasta 1966, año que dio el salto a la política tras vender su participación.

Su experiencia política se completaba a pasos agigantados. Por dos veces, consiguió escaño en la Cámara de Representantes. Fue embajador ante la ONU ente 1971 y 1973, donde adquiría gran experiencia diplomática que le sería muy útil cuando emprendió la guerra contra Irak. Además, ocupó la presidencia del Comité Nacional del Partido Republicano durante dos años.



La pesadilla del Watergate



Al frente del partido del elefante, le tocó lidiar con “la pesadilla” –son sus palabras- del caso Watergate. Según las estadísticas –a las que tan aficionados son en Estados Unidos-, dedicó 118 discursos, ofreció 84 ruedas de prensa y recorrió 120.000 kilómetros por todo el país para defender, sin éxito, la honradez de Richard Nixon. El 7 de agosto de 1974, cuando la situación ya no tenía más que una salida, escribió al presidente solicitándole la dimisión, que presentó al día siguiente.

Dos años después, el sucesor de Nixon, Gerald Ford, colocó a Bush en otro sillón caliente, la dirección de la CIA con el encargo de limpiar su imagen. Los setenta estaban siendo una pesadilla para la Inteligencia norteamericana. Su intervención en el golpe de Estado en Chile, que derrocó a Salvador Allende, y sus acciones a favor de dictaduras latinoamericanas colocaron a la Agencia probablemente en el peor momento de su historia.

Dotado de una extraordinaria paciencia, Bush era muy hábil políticamente, capaz de acomodarse en todas las situaciones, incluso de cambiar su forma de pensar si la situación así lo requería. Muchos le tacharon de veleta, pero el apodo que mejor le define es sin duda el de “camaleón”, como muy bien recuerda Javier Redondo en su impagable “Presidentes de los Estados Unidos” (La Esfera de los Libros)

Ya había hecho méritos más que suficientes para aspirar a lo máximo: la presidencia. Y lo intentó, pero en las primarias fue derrotado por el inesperado Ronald Reagan, quien, pese a sus sonados enfrentamientos dialécticos durante las primarias, le rescató como vicepresidente durante dos mandatos (1981-1989).

Vicepresidente del 'Iriangate'

Conocido como “el chico de los recados” del actor que llegó al despacho Oval, otra vez le tocó bailar con la más fea. El escándalo ‘Irangate’ amenazaba con dinamitar la administración republicana. Es Bush el encargado de capear el grave escándalo. El Ejecutivo fue acusado de vender armas al Irán de Jomeini, entonces en guerra contra Irak. Con los beneficios de la venta, financiaba, a través de una compleja trama en Suiza, a la Contra e un intento de evitar que Nicaragua se convirtiera en otra Cuba a las puertas de Estados Unidos, lo que entonces se llamaba el “patio trasero”. Todo ello, claro está, contraviniendo los mandatos expresos de la Casa de Representantes y del Senado.

En su etapa de vicepresidente, Bush llegó Incluso a saborear durante 8 horas la presidencia de los Estados Unidos. Ocurrió tras el atentado contra Reagan en 1981. Tuvo que hacerse cargo del país el tiempo que el primer mandatario permaneció inconsciente en el quirófano.





El ansiado momento llegó de verdad en 1988. Por fin consiguió la candidatura de los republicanos. Sus enemigos le habían tachado de demasiado débil. “Es incapaz de mantenerse en pie por sí mismo”, llegó a decir ‘Newsweek’ bromeando con su extrema delgadez.



Incluso hubo analistas que no tenía mérito llegar a la Casa Blanca sin un rival digno en frente, como era el caso. Una acusación injusta si tenemos en cuenta el deslumbrante currículum de Bush, que para entonces ya había cumplido 64 años. Se presentó ante los electores como ‘The Quiet Man’ (otro título de película), “el hombre tranquilo que escucha a la gente tranquila”.



Con esa imagen y con la promesa de no subir los impuestos, se llevó de calle a los votantes y derrotó con contundencia al melifluo demócrata Michael Dukakis. Tuvo incluso el apoyo del Hollywood republicano, el de su predecesor, cuyas caras más visibles fueron los actores Arnold Schwarzenegger y Charlton Heston.



















“Un conservador, no un fanático"



Pese a lo que se pudiera pensar, Bush está considerado un republicano moderado, mucho más moderado que su hijo George W. –que llegó a presidente- o que Ronald Reagan. Tuvo una fuerte oposición por parte de los halcones, del ala derecha del partido Republicano. Pero él se defendió con contundencia: “Soy un conservador, no un fanático”.

Donde tuvo que dar la gran batalla el nuevo presidente fue en la política exterior. Tomó posesión en 1989, y ese mismo año ya tuvo un conflicto de envergadura. El histriónico ‘Cara de Piña’, el general Noriega –tradicional aliado de Washington-, se revolvió y declaró la guerra a Estados Unidos. Pocos días después, dio comienzo el bombardeo y la invasión del país del canal. El objetivo de la misión ‘Causa Justa’, según Bush, era capturar a Noriega y proteger “los intereses norteamericanos”. En dos semanas, la maquinaria militar provocó entre 3.000 y 5.000 bajas, en su gran mayoría civiles de los suburbios, se hizo con el país y se llevó a Noriega como prisionero a los Estados Unidos.

Estamos también en el año en el que empieza a resquebrajarse el bloque del Este. A Bush le correspondió preparar a su país para convertirse en el único gendarme del mundo cuando el muro se desmoronara, dando por muerto el “statu quo” de dos potencias dominantes, vigente durante tantos años. “El día de la dictadura ha terminado… Estoy contento, pero no me voy a dar golpes de pecho ni a bailar sobre el Muro”, proclamó el nuevo presidente.

Diseño de un nuevo orden mundial

Tomó medidas decisivas en el diseño del nuevo orden mundial. Con su amigo Gorbachov planificó la futura Rusia posterior a la Unión Soviética o el nuevo estado alemán unificado, perdonó la deuda a Polonia y ayudó económicamente a Moscú en un intento de atraer el antiguo bloque del Este hacia Occidente.

La Guerra del Golfo de 1991 fue su gran teatro de operaciones. La ocasión inmejorable para lucirse y poner en práctica su abultada experiencia. Consiguió triunfos militares pero también diplomáticos. Lideró una gran coalición militar con países tan extremos como Arabia Saudí y Rusia, y lanzó una ofensiva militar sin precedentes que, además, estuvo bendecida por la ONU.

Sadam Husein, el sátrapa de Bagdad, había invadido el pequeño emirato de Kuwait poniendo en peligro el equilibrio de una zona estratégica por su riqueza petrolífera. La familia Bush, también dedicada a la extracción del combustible, siempre había mantenido muy buenas relaciones con la familia real saudí.

La tormenta del desierto

El presidente desencadenó una guerra inédita hasta entonces, movilizando 541.000 soldados. Primero utilizó bombardeos selectivos, que los espectadores vieron por la televisión por vez primera, como si se tratara de un videojuego. Se llegó a conocer como la guerra de la CNN, porque la cadena la transmitía prácticamente en directo.

A continuación lanzó una ofensiva terrestre -sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial- en lo que se denominó la Tormenta del Desierto, donde a diferencia de Vietnam la prensa estuvo maniata y amordazada. Con sólo 148 bajas por parte de los aliados, expulsaron a los iraquíes, que sufrieron un enorme saldo de víctimas. Las tropas avanzaron en dirección hacia Bagdad.

El próximo paso era derrocar a Sadam, el hombre que había provocado “la madre de todas las batallas”, pero súbitamente las tropas se detuvieron y dieron por finalizada la operación. Los halcones, ente ellos el general Schwarzkopf que había liderado la campaña, reprocharon a Bush haber sido un blando y no haber aprovechado la ocasión para acabar con el dictador. Sostenían que el conflicto se había cerrado en falso, como demuestra que desde entonces hasta hoy Irak haya vivido en un permanente estado de guerra.



“Es la economía, estúpido"

Pero Bush tenía una idea muy clara. Quería a toda costa evitar un nuevo Vietnam. Pretendía emplear toda la fuerza que fuera necesaria en el menor espacio de tiempo posible. Es más, el presidente, eufórico tras la victoria, proclamó: “De una vez por todas, nos hemos sacudido del síndrome de Vietnam”.

Nunca antes un presidente norteamericano había gozado de tanta popularidad. Las encuestas llegan a darle casi un 90 por ciento de aprobación. Pero este idilio del pueblo con su presidente no duró mucho. En realidad el tiempo que tardaron en resentirse los bolsillos. La crisis energética provocada por la guerra, entre otros factores, provocaron una profunda recesión, disparando el número de parados.

La crisis sumada al incumplimiento de una de sus principales promesas -"Lean mis labios: no más impuestos"- y la tremenda impopularidad de su patoso vicepresidente, Dan Quayle, fueron decisivos en las elecciones de 1993. Las ganó el demócrata Bill Clinton con un lema para la historia: "Es la economía, estúpido”.



‘Black Hawk derribado'



Mientras esperaba la toma de posesión del nuevo presidente, Bush aún tuvo tiempo para otro traspiés: La batalla de Mogadiscio, que relata la película ‘Black Hawk derribado’ (Ridley Scott, 2002). Un grupo de desarrapados guerrilleros somalíes humillaron al todopoderoso y sofisticando ejército norteamericano.

A partir de ahí, George H. G. Bush se dedicó a jugar al tenis y a lanzarse en paracaídas- la última vez a los 90 años- mientras la salud se lo permitió. También puso todas sus fuerzas en ayudar en su carrera política a sus hijos George –que sería presidente- y Jeb -apeado de la última carrera presidencial-. Como bien dijo Barbara, la matriarca del clan, “hemos tenido suficientes Bushes”.