Roma

Cada vez que tiene oportunidad repite el número de días que lleva al frente del Ministerio del Interior y reitera que ya han conseguido “mucho más de lo que han hecho sus predecesores”. En materia legislativa, Matteo Salvini realmente no ha aprobado aún nada. Los logros de los que presume se basan en una dialéctica agresiva que ha hecho cambiar el humor de Italia. Según las encuestas, cerca del 60% de los ciudadanos de su país aprueba la mano dura con la que gestiona la política migratoria; mientras que en términos electorales, en sólo cuatro meses habría conseguido pasar del 17% de las últimas elecciones a cerca de un 30% en intención de voto. El personaje es de los que despiertan simpatía y odio por igual, por lo que su ejército de detractores es al menos tan numeroso como el de sus seguidores.

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En las últimas horas, Salvini ha anunciado que ha puesto una querella por difamación contra el periodista y escritor Roberto Saviano. “Acepto toda crítica, pero no permito a nadie que diga que ayudo a la mafia, una mierda que combato con todas mis fuerzas, o que diga que soy feliz cuando muere un niño. Cuando es demasiado, es demasiado. Besos”, escribió el ministro del Interior y vicepresidente en Twitter. Saviano ha acusado en numerosas ocasiones a Salvini de ser el ministro de la “mala vida”, un término que se utiliza para definir al crimen organizado.

El escritor antimafia se ha convertido en el enemigo número uno del político ultraderechista. Tanto que lo ha culpado de las últimas muertes en el Mediterráneo, como consecuencia del cierre de los puertos italianos a los barcos que rescatan migrantes en el mar. Saviano acusa también al líder de la Liga de haber establecido un vínculo con la mafia calabresa para conseguir expandirse en el sur de Italia y de mantener un canal abierto con el presidente ruso, Vladimir Putin. “Ahora toca seguir adelante y resistir el avance del autoritarismo”, respondió el escritor en sus redes sociales ante la demanda de Salvini. Para el ministro, Saviano es el comandante de un grupo al que define como ‘radical chic’, cuyos intereses coincidirían con una supuesta conspiración liderada por el magnate y filántropo George Soros.

Saviano, que actúa como voz de la conciencia en Italia, es quizás el mayor referente intelectual, pero no el único representante de este movimiento contrario a Salvini. En el terreno político, el vicepresidente italiano ha encontrado enemigos incluso entre sus aliados de Gobierno. La irrelevancia a la que se ha visto sometida el Movimiento 5 Estrellas (M5E) ante el empuje de su socio Salvini, ha despertado malestar entre los sectores más izquierdistas del partido de protesta. El presidente de la Cámara de Diputados, Roberto Fico, ha reiterado que “abrir los puertos” y “salvar vidas” deben ser prioridades para Italia. También otros ministros nombrados por el M5E, como la de Defensa y el de Exteriores, han tenido sus desencuentros con el titular de Interior.

Pero si a alguien le incomodan las formas del líder de la Liga es al presidente de la República, Sergio Mattarella, al que Salvini llegó a pedir ayuda ante una sentencia que condenaba a su partido a devolver al Estado 49 millones de euros por una condena anterior de fraude. El prudente Mattarella ya tuvo que tragarse el sapo de Salvini en el Gobierno como mal menor ante el bloqueo surgido tras las elecciones. Las buenas noticias para el ultraderechista es que los adversarios políticos a los que más podría temer están en las instituciones, a las que él pertenece; o son sus aliados. Salvini consiguió devorar a su antiguo socio, Silvio Berlusconi, y ahora avanza siguiendo la misma estrategia con el líder del M5E, Luigi Di Maio. En estos dos primeros meses de Gobierno, la oposición apenas existe.

El descrédito de los partidos tradicionales empuja a que sean otros sectores los que se sitúen a la vanguardia de la crítica contra la extrema derecha. Y ahí, en Italia, emerge la presencia de la Iglesia, en un momento, además, en el que el Vaticano se mueve en dirección opuesta. Al papa Francisco se le consideró como uno de los mayores contrapesos de Donald Trump. Pero con la irrupción en la Europa occidental de Salvini, alumno aventajado del presidente estadounidense, se le acumula el trabajo también en casa.

La defensa de los migrantes que ha mantenido el pontífice argentino en estos últimos cinco años ha sido contundente. El jefe del Estado soberano más sigiloso del mundo no puede irrumpir en contra de Salvini, pero sus mensajes siguen hablado claro y sus emisarios aún más. Hace pocos días el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin, entró directamente en harina. “El cierre de los puertos no es la solución, hemos expresado ya nuestras preocupaciones”, respondió ante los periodistas que le preguntaban expresamente por este tema. Parolin es el jefe de la diplomacia de la Santa Sede, el encargado de trasladar los mensajes políticos del papa.

En Italia, la Conferencia Episcopal, mucho más acostumbrada a implicarse en los asuntos internos, emitió también esta semana una nota en la que se refería explícitamente al último naufragio en el que la ONG española Open Arms rescató a una persona con vida y dos cadáveres. “Nos sentimos responsables de este ejército de pobres, víctimas de la guerra, hambre y torturas”, expresaron los obispos italianos. A nivel particular, los prelados también se han manifestado en numerosas ocasiones en este sentido. Salvini, quien se presentó en campaña jurando con un rosario y comulga con una idea religiosa mucho más conservadora, se ha enfrentado también con ellos. Hace tres años les dijo a los obispos que “dejaran de tocar las pelotas” y ahora –más comedido- les indica que su deber es “pensar primero en los pobres italianos”.

Las ONG, todo tipo de organizaciones humanitarias o colectivos sociales se sitúan también del otro lado de la trinchera, como ha demostrado el fundador de Open Arms, Òscar Camps. Tras los últimos choques, el activista español le ha dedicado a Salvini varios mensajes a través de las redes sociales en los que le ha acusado de dejar morir a personas en el mar y le ha preguntado “si mandaría a sus hijos a estudiar en Libia”. El debate ha vuelto a abrir la disyuntiva entre la Italia que acoge y la que piensa que ya se ha hecho demasiado sin la ayuda de otros países europeos.

Marika Fantauzzi considera que “es preocupante que existan tantas reacciones de gente que se deja convencer por la propaganda populista”. Es estudiante de Ciencias Políticas y se ha sumado a la última iniciativa popular para acudir frente al Ministerio del Interior con las manos teñidas de rojo, simbolizando la sangre de la que creen que es responsable el titular del edificio. Las manifestaciones en este sentido se multiplican en los últimos días. “La solidaridad existe, pero los partidos políticos nos han fallado. De modo que si queremos construir una sociedad que vuelva a prestar atención a los derechos humanos, el impulso debe partir de los individuos”, responde, mientras se limpia las manos.