Nueva York

De un lado, todos creen que está todo listo para la coronación. Del otro, algunos creen que ya es momento de entrar en pánico.

En 2016, Estados Unidos elegirá al comandante-en-jefe del ejército y líder de la primera potencia mundial. El 1 de febrero, en Iowa, demócratas y republicanos abrirán la temporada de primarias para escoger a los dos candidatos que competirán para suceder a Barack Obama. Y las realidades de las dos campañas no podrían ser más distintas.

El partido demócrata se prepara para una contienda expeditiva, en la que cual Hillary Clinton aparece como la gran favorita para quedarse con la candidatura, y rápido. El partido republicano está envuelto en el caos. La solidez del millonario Donald Trump en los sondeos ha destronado a los candidatos “moderados” –Jeb Bush, Scott Walker, Chris Christie, y, en menor medida, al senador por Florida Marco Rubio–, tanto que el candidato mejor posicionado para competir con él es el senador por Texas, Ted Cruz, favorito de los más conservadores.

Clinton ha cerrado su año político en el lugar que quería: con un claro dominio de las primarias del partido demócrata. Salvo imprevisto ella será candidata a la Casa Blanca el año próximo. Clinton lidera las encuestas nacionales con un 55,9% de intención de voto, según el promedio del sitio web RealClearPolitics, más de 25 puntos por arriba de su competidor más cercano, el senador socialdemócrata por Vermont, Bernie Sanders.

Clinton ha logrado consolidar su ventaja en las encuestas gracias a su sólido desempeño en los tres debates de este año. Ni Sanders ni el antiguo gobernador de Maryland Martin O’Malley han logrado recortar la diferencia con la ex secretaria de Estado de Obama.

“Tenemos que impedir que los republicanos retrotraigan todo el progreso que hemos logrado”, ha dicho Clinton en el último debate, diferenciándose de sus rivales al atacar de manera directa a su verdadero contrincante: el partido republicano.

Clinton ha logrado superar todo lo que la realidad le ha tirado encima: el escándalo por haber utilizado su cuenta personal de correo electrónico cuando era la jefa de la diplomacia estadounidense; la ofensiva de los republicanos por el atentado terrorista de Bengazi, en Libia, y las dudas sobre su empatía con los votantes, que parecen ya decididos a elegirla para levantar su estandarte. Como broche de oro, su hija Chelsea le ha dado un regalo anticipado de Navidad: Clinton será abuela por segunda vez el próximo verano.

Tras el sólido desempeño en el último debate de los demócratas, la pregunta que ha quedado en el aire no es ya si Clinton logrará capturar la nominación, sino cuándo lo hará. Su equipo de campaña ha hecho esfuerzos para crear un cortafuegos en los estados del sur del país, donde se desarrolla la primera parte de las primarias, con el fin de asegurar la nominación lo antes posible.

¿Trump contra Cruz?

La contienda en el partido republicano será más larga y, por lo visto hasta ahora, mucho más reñida y ácida. Ni Trump ni Cruz, que lideran el promedio de sondeos con el 35% y el 18% respectivamente, son candidatos “elegibles” debido a sus posturas radicales, indigeribles para independientes e hispanos, dos sectores que guardan la llave de la Casa Blanca.

Trump ha llevado a un extremo inédito la retórica. Ha insultado a todos: mujeres, mexicanos, musulmanes, a Hillary Clinton y a cada uno de sus rivales republicanos. En Google, la búsqueda “Donald Trump insultos” arroja más de un millón de resultados. Tanto él como Cruz se oponen a ofrecerle un camino a la ciudadanía a los más de 11 millones de inmigrantes indocumentados que viven en el país, una política considerada crucial para seducir a los votantes hispanos. “Hey, establishment republicano: es hora de entrar en pánico”, tituló días atrás el medio Vox.com.

La principal incógnita es si ambos podrán llevar a las urnas el apoyo que registran en las encuestas. El resultado de los tres primeros estados donde se vota, Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur, será clave para comenzar a responder ese interrogante, y, a la vez, dirimir la contienda.

Marco Rubio, el joven y carismático senador de Florida, tercero en las encuestas, aparece por el momento como el candidato que podría unir el partido y plantear un desafío a Clinton. Pero estrategas republicanos han advertido que Rubio no le ha prestado suficiente atención a los primeros estados y, por el contrario, Cruz ha montado en esos tres rincones una mejor operación de campaña. Rubio, además, tiene menos llegada a los votantes conservadores, la base de los republicanos.

El establishment, que a principios de año había apostado todo por Jeb Bush, está a la espera de los primeros resultados para ver hacia quién vuelca su apoyo. Por ese trofeo pelean Bush, Rubio y Chris Christie, el gobernador de New Jersey.

¿La peor pesadilla del ala tradicional del partido? Que la contienda interna se defina entre Trump y Cruz. Trump lo sugirió días atrás, y el senador por Texas aceptó gustoso el pronóstico: “Creo que bien puede tener razón”, dijo después de un acto de campaña en Nashville. Por el momento, las encuestas sugieren que esa “pesadilla” se encamina a convertirse en realidad.

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