La felicidad, esa meta que muchos persiguen como si fuera el destino final de la vida, puede que no esté tan al alcance como creemos. No porque no podamos alcanzarla, sino porque nuestro propio cerebro no ha sido diseñado para tenerla como prioridad.
Así lo explica Alba Cardalda, psicóloga especializada en bienestar emocional, que propone una visión muy clara: "Nuestro cerebro se va a lo negativo porque está más diseñado para sobrevivir que para hacernos felices".
Cardalda rompe con la idea de que estar bien todo el tiempo no es algo natural. Según ella, si entendemos cómo funciona realmente nuestra mente, podremos dejar de luchar contra emociones que en realidad son parte de nuestra naturaleza.
Es necesario comprender tus emociones.
"Entonces se enfoca mucho más en los potenciales peligros", afirma. Y es que, desde una perspectiva evolutiva, nuestra mente ha sido entrenada durante miles de años para detectar amenazas y protegernos, no para darnos bienestar.
"Si te fijas, de las seis emociones universales básicas, cuatro son desagradables, el miedo, el asco, la tristeza y la ira", comenta Cardalda. Un dato clave para entender por qué muchas veces nos sentimos mal sin un motivo claro. Y es que tal y como explican los expertos esas emociones negativas son mayoría porque tienen una función protectora. Nos alertan, nos empujan a actuar, nos preparan para enfrentar el entorno.
"Una solamente es agradable, que es la felicidad, y hay una que es la sorpresa, que puede ser agradable o desagradable", añade. Dejando claro que además de ésta, que es algo ambigua, la felicidad es la única emoción que podríamos considerar como plenamente disfrutable.
En este contexto, la psicóloga explica que "el resto están para alertarnos de peligros y eso la forma en la que lo consigue el cerebro es preocupándonos, imaginando escenarios que podrían pasar que finalmente, además del 90%, nunca ocurren”. Aquí Cardalda pone el dedo en la llaga, detallando que gran parte del sufrimiento que sentimos viene de imaginar cosas que ni siquiera llegan a suceder. Y es que nuestra mente juega a predecir peligros constantemente, incluso aunque sean improbables.