Es imposible dar un paso por la calle, Instagram o TikTok sin toparse con los rostros de Jacob Elordi y Margot Robbie. Los dos actores son la representación más rutilante del estrellado universo hollywoodiense. Ahora, estrenan Cumbres Borrascosas (Warner Bros. Pictures, 2026), la enésima adaptación de la novela de Emily Brontë.
En este caso, la mirada encargada de releer sus páginas y de plasmar a partir de ellas su interpretación es la de Emerald Fennell, una de las directoras más sobresalientes de los últimos años, pero también más polémicas. No obstante, este último término que acompaña a muchas de sus cintas es cuestionable.
¿Resulta su creatividad tan controvertida porque expone según qué realidades?, ¿porque se apropia de narrativas que normalmente dirigen los hombres?, ¿o quizás porque trata el deseo femenino? En su haber se encuentran títulos como la rompedora Una joven prometedora (Focus Features, 2020)—era difícil no revolverse en la butaca de las salas y no ceder al impulso de abandonar— o la enigmática Saltburn (Amazon Studios, 2023), en la que también contó con Elordi.
En cualquier caso, la creadora ahora hace una nueva lectura de la obra del siglo XIX, la época del romanticismo. La misma que está de moda en el plano estético, con la vuelta de tendencias como la gótica; y en el cine, por supuesto, bajo otros nombres como el de Frankenstein, propuesta que, casualmente, también protagoniza el actor con ascendencia vasca. Parece que ya se comienzan a vislumbrar patrones.
Sin duda, de entonces se han heredado grandes apuestas artísticas en todos sus formatos. Y es que durante esos cien años hubo un redescubrimiento del mundo con tintes positivos y negativos. Estos últimos conviene no traerlos de regreso. La toxicidad entre Heathcliff y Catherine Earnshaw es uno de ellos.
Amor entre comillas
Sus idas y venidas están plagadas de intensidad. Son el reflejo del malogrado concepto del gran amor. "Cuando estos términos se confunden, comienza el sufrimiento", destaca la psicóloga Ana Sánchez, CEO del gabinete Pinsapo, en Sevilla.
"A partir del siglo XIX se instaló en la sociedad la creencia de que, tras todos los obstáculos que puede suponer una relación, llega la recompensa, divina o amorosa, pero no tiene por qué ser así. Esa percepción no es para nada real. Hay que deshacerse de la idea de que este tipo de vínculos trágicos son más profundos que aquellos en los que predomina la calma y la tranquilidad", añade.
Jacob Elordi y Margot Robbie, en escena.
María Cantó, periodista de El Cultural, ha sido una de las afortunadas en asistir a un visionado previo de la cinta. "Sin duda, la propuesta funciona como una historia de amor imposible, donde ambos protagonistas, a pesar de amarse locamente, son incapaces de no hacerse daño", resume.
Refiere, además, otro título que le sugiere la conversación tras ver lo nuevo de Fennell —al menos en el plano que atañe a esta pieza—: "Entre ambos se desarrolla la misma relación adolescente de pasión y dependencia que vimos entre Edward y Bella en la saga Crepúsculo (2006) y vuelve a legitimarse al ser encarnada por dos de los actores más deseables de Hollywood".
Sobre el tipo de vínculo que se genera entre Heathcliff y Catherine Earnshaw también reflexiona Sánchez. "En estas conexiones aparece el temido y machacado refuerzo intermitente, que crea adicción. Esto se da porque los buenos momentos, los reencuentros tras las discusiones alteradas, hacen que sustancias como la adrenalina y la dopamina se disparen y terminamos enganchadas", explica.
Al final, cuando se dan estas interacciones, lo que aflora también es el apego ansioso, que, tal y como explicó a este mismo medio la psicóloga María Blanco se manifiesta en una fuerte necesidad de cercanía y de validación externa, miedo constante al rechazo y conductas de hiperactivación emotiva.
"Confundimos esta relación con la pasión, con el amor y con el romanticismo, cuando en realidad se trata de un ramillete de inseguridades, miedo al abandono y dependencia emocional. Se ve muy bien en diferentes referentes de cultura pop como la canción de Los Ronaldos No puedo vivir sin ti. Cuando la dedicamos a alguien, a veces no somos conscientes de lo que supone", detalla Ana Sánchez.
Según la terapeuta, una relación de pareja sana se construye sobre el concepto de interdependencia: es cierto que hay una necesidad de la otra persona para ciertas cosas, pero no para existir. La identidad propia no ha de perderse por el camino y en los momentos apasionados entre los protagonistas de la película parece que sucede y que la personalidad de cada cual, en especial la de ella, se diluye.
Esto se resume bastante bien en una de las frases quizá más manoseadas de las que escribió Brontë: "Sea cual fuere la sustancia de que están hechas las almas, la suya y la mía son idénticas". Sí, es el colmo de lo romántico o de lo que se sigue concibiendo como tal. Pero hay que tener cuidado con cómo se procesa la información.
Esta misma cita se expone en una de las sagas adolescentes más potentes de los últimos tiempos. Como de costumbre, primero fue libro y luego fue película. Se trata de After (Aviron Pictures, 2019), donde, para sorpresa de nadie, los protagonistas, Tessa y Hardin, mantienen una relación tóxica. El mismo tipo de vínculo que mantienen en la española Culpa mía (Amazon Studios, 2023).
La ecuación de la belleza
No obstante, esta toxicidad suele quedar disfrazada en estas propuestas por un elemento muy obvio: Jacob Elordi y Margot Robbie son muy atractivos, que es lo mismo que comentaba Cantó sobre Robert Pattinson y Kristen Stewart, protagonistas de Crepúsculo.
Además, no son sólo personas que desprenden ese aura gracias a lo físico, sino también debido al relato que se genera en torno a ellos gracias a sus propias acciones, a sus equipos de relaciones públicas, medios de comunicación y redes sociales.
Hace unos días, el mundo enloquecía porque el actor con sus manos —grandes, importante recalcar esto por la lectura que tiene— cobijaba a su compañera de pantalla de la lluvia en uno de los eventos de estreno de la cinta.
Por otro lado, todos los juegos de estilismo que hacen con ellos, trabajando además el method dressing —elección de la ropa, accesorios y look de belleza para reflejar un personaje o una idea concreta, de modo que el aspecto cuente esa historia, en este caso alineada con el film promocionado—, van de la mano con toda la pompa de deseo que se origina a su alrededor. Se presenta como algo aspiracional.
"El hecho de que sean personas atractivas influye mucho más de lo que creemos, a pesar de que se tiene conciencia al respecto", comenta Mariola Fernández, doctora en Psicología por la Universidad de Jaén y profesora de la Universidad Europea al hilo de que la belleza funcione como un pase VIP que lo permite todo, incluidos comportamientos reprochables.
La experta comenta que en la vía social de su materia se habla del efecto halo. Esto se resume en que, si físicamente se cumple con ciertos cánones, también se asocia a esos sujetos de forma automática otros valores positivos, como el de la inteligencia o la bondad.
"En estos casos parece que actitudes o emociones como los celos, el control o la obsesión no pesan en la valoración que se hace del otro. Se veía de forma muy clara en Cincuenta sombras de Grey. Y es que cuando alguien tiene ese carisma, lo negativo pasa más desapercibido. El envoltorio estético suaviza la lectura crítica", apostilla Fernández.
Los protagonistas en una de las escenas candentes de la apuesta de Fennell.
Sobre esto último también se manifiesta Sánchez, que señala que cuando "consumimos cultura, es inevitable empatizar con personajes o situaciones, pero siempre hay que mantener cierta distancia para mantenerse aferrada a la realidad". Sucede lo mismo con la pornografía o con los cánones de belleza".
Fernández añade además que el deseo que se pueda generar en torno a una historia, unos actores o sus personajes, reduce la sensación de peligro. "Cuando esa lectura crítica que mencionaba se reduce notablemente, aparece la disonancia cognitiva asociada a una interpretación errónea", explica.
Y es que, tal y como detalla, cuando el lector o espectador se integra mucho en determinadas narrativas, comienza a ver esos comportamientos como algo normal, algo a lo que aspirar.
"Existe la creencia de que lo bello es bueno y competente, digno de amar. Si Elordi y Robbie tuvieran un aspecto físico muy diferente, la situación sería otra. Lo que consumimos no son historias de amor, sino ideales".
Por todo esto conviene volver a Emily Brontë sin filtros, sin campañas de promoción ni estilismos estudiados al milímetro. Porque si algo late en Cumbres Borrascosas no es la aspiración a un amor absoluto, sino la constatación de su fracaso cuando se confunde intensidad con destino.
La autora no escribió un manual sentimental ni una oda a las almas gemelas; trazó un paisaje áspero donde los vínculos, como el páramo, son indómitos y a menudo devastadores. El entorno natural y la condición del vínculo entre los protagonistas sí que se trata de algo que se funde como uno solo.
Heathcliff y Catherine no son un modelo: son una advertencia. La escritora los dejó moverse entre el orgullo, la herida y la obsesión para mostrar hasta qué punto el amor, cuando se convierte en posesión y en espejo de carencias, arrasa con todo, empezando por uno mismo. Idealizarlos es, en cierto modo, desactivar la incomodidad que provoca la novela.
Que hoy regresen encarnados por dos de las figuras más deseadas de la industria añade capas de brillo a una historia que, en el fondo, habla de sombra. Pero el atractivo no debería anestesiar la lectura. Brontë también fue más lúcida que romántica.
