En 2026, puede decirse que la brecha de género en el uso de inteligencia artificial (IA) ya está prácticamente cerrada en España, pero la presencia femenina en los entornos técnicos sigue siendo menor, las mujeres están más expuestas a su impacto en algunos empleos y persisten diferencias en la forma de usarla entre ellas y ellos.
Esas son las conclusiones que esboza el informe El futuro de la IA también lo escriben ellas. Impulsado por Deloitte, Fundación Princesa de Girona y Generación Code, este pone de manifiesto los avances hacia un uso equitativo en el uso de tecnologías disruptivas si bien persisten realidades críticas y asimetrías que aún penalizan a las féminas.
Durante años, el debate sobre género e IA se ha articulado en torno a la idea de que las mujeres usan menos la IA y corren el riesgo de quedarse atrás. El documento recuerda que los primeros estudios de 2023 y 2024 apuntaban precisamente en esa dirección, con una diferencia clara en la adopción de herramientas como ChatGPT.
Los datos más recientes matizan ese relato. Según la Encuesta TIC del INE de 2025 —uno de los recursos de los que se vale el informe para hacer balance de la situación actual—, un 40% de los hombres en España declara usar IA generativa frente al 36% de las mujeres, una brecha menor de lo que se sugería cuando esta nació.
Eurostat, en su análisis para la UE-27, detectaba ese mismo año cinco puntos de diferencia y concluía que el género es un predictor débil del uso de IA generativa, por detrás de la edad y el nivel educativo.
Otro estudio de la Universitat Pompeu Fabra que ha seguido durante más de dos años el uso de ChatGPT en España ha revelado este 2026 que, aunque al inicio las mujeres eran un 61% menos propensas a utilizarlo semanalmente, su adopción creció a mayor velocidad hasta cerrar por completo la brecha en abril de 2025.
Además, entre quienes ya usan la herramienta, ellas registran sesiones ligeramente más largas.
A escala global, el giro es igual de llamativo. El informe también cita un trabajo del National Bureau of Economic Research que, tras analizar 1,5 millones de conversaciones con ChatGPT, documenta que, en el momento del lanzamiento, menos del 20% de los usuarios semanales tenía nombres típicamente femeninos.
Tres años después, en julio de 2025, esa proporción ascendía al 52%. La comparación histórica que aporta es elocuente: cerrar la brecha de género en el uso de internet en Estados Unidos llevó 13 años; la de ChatGPT se ha eliminado en menos de tres.
Hay buenas noticias pero, eso sí, son limitadas. Hoy las mujeres usan la IA prácticamente tanto como los hombres. El problema está en otra parte.
La exposición al cambio
El informe pone el foco en la transformación del mundo laboral debido a la oportunidad o azote —según a quién se pregunte— de estas nuevas tecnologías. El concepto clave es exposición ocupacional. ¿Hasta qué punto un empleo puede ser automatizado de forma directa por sistemas disruptivos?
Imagen de archivo de una mujer utilizando un asistente virtual.
La IA actual no afecta por igual a todos los oficios, sino con más intensidad a aquellos que concentran tareas rutinarias, codificables y basadas en el procesamiento de texto o información estructurada. Son, precisamente, las que predominan en administración, contabilidad básica, tramitación documental o atención al cliente estandarizada.
El informe recoge el siguiente dato de referencia de la Organización Internacional del Trabajo: en las economías de altos ingresos, el 7,8% del empleo femenino se concentra en ocupaciones con alto potencial de automatización directa por IA, frente al 2,9% del empleo masculino.
Traducido al castellano, y como ya adelantaba el titular, de cada 100 mujeres que trabajan, casi ocho se ganan la vida en puestos donde un sistema de IA podría ejecutar la mayor parte de sus tareas; entre los hombres, esa cifra se reduce a tres.
Para llevar esa radiografía al caso español, otro informe de Funcas cruza el índice de exposición ocupacional AIOE —que asigna a cada ocupación una puntuación según la coincidencia entre sus habilidades y las capacidades de la IA generativa— con los últimos microdatos de la Encuesta de Población Activa.
El resultado que ofrece es el siguiente: los grupos con mayor exposición y mayor presencia femenina son las técnicas y profesionales científicas e intelectuales y, sobre todo, el colectivo de empleadas contables y administrativas, donde el 67,5% son mujeres.
Al otro lado del gráfico, los grupos más masculinizados —ocupaciones manuales, industriales y de transporte— se sitúan entre los menos expuestos a la automatización directa. Y así, la estructura del mercado laboral las coloca de forma sistemática a ellas en el lado más volátil de la transformación tecnológica.
De las aulas al programa
La desigualdad no nace en la interfaz de la IA, sino en la cadena previa que lleva hasta ella. En España, las mujeres representan el 57% del alumnado universitario, una mayoría consolidada en casi todas las ramas de conocimiento. Pero esa presencia se desploma en las disciplinas técnicas.
Sólo el 17,2% del estudiantado de Informática y el 28,1% del de Ingeniería y Arquitectura tiene nombre femenino, según los datos del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad.
Esa brecha formativa tiene efectos en cascada, porque las ocupaciones de perfil técnico e informático mantienen una composición marcadamente masculina y, desde ahí, se proyectan sobre cómo se distribuye el uso de determinadas herramientas de IA avanzadas.
Los datos de tráfico de Similarweb para España entre noviembre de 2025 y abril de 2026 ilustran ese mecanismo. Entre las principales plataformas de IA generativa, ChatGPT es la más equilibrada: un 50,9% de usuarios frente a un 49,1% de usuarias, en línea con el cierre de la brecha de uso documentado en el informe.
En el extremo opuesto, Claude —más orientada a tareas de programación, desarrollo de software y análisis técnico— concentra un 63,8% de usuarios hombres y un 36,2% de mujeres.
Mujeres trabajando en la pantalla de un ordenador
El texto insiste en que esa diferencia no responde a una decisión activa de las mujeres de no usar ciertas plataformas, ni a características de la herramienta, sino al perfil predominante de sus casos de uso. Cuando una IA se especializa en un dominio donde la brecha preexistente es estructural, la desigualdad se traslada a los patrones de adopción.
La menor presencia femenina en entornos técnicos de IA es, por tanto, síntoma de una desigualdad anterior en la formación y el empleo. Tratarla únicamente con campañas que animan a "usar más IA" es, en palabras del informe, "equivalente a tratar el síntoma sin la raíz del problema".
Paralelamente, el informe recoge una serie de trabajos recientes que apuntan a un patrón persistente: las mujeres muestran una mayor reserva hacia la fiabilidad, la seguridad y las implicaciones éticas de estas herramientas, lo que se traduce en una aproximación más evaluativa y menos impulsiva.
Esa cautela se explica por una percepción más aguda de los riesgos éticos y reputacionales asociados al uso de la IA en entornos profesionales. El documento habla incluso de un "síndrome de la impostora digital": la sensación de que, para poder usarla con legitimidad en el trabajo, primero habría que dominarla por completo, cuando en la práctica nadie lo hace.
A esa prudencia se suma el estigma. Un experimento recogido en el informe muestra que revelar que se han usado tecnologías disruptivas para producir reduce la percepción de competencia de su autor, independientemente de la calidad objetiva del resultado.
El efecto, además, no es neutro por género. Según datos de LeanIn, el 27% de los hombres que declaran usar IA en su trabajo afirma recibir reconocimiento positivo de sus superiores por ello, frente al 18% de las mujeres en la misma situación.
En paralelo, el informe plantea la hipótesis de que las mujeres tienden a usar la IA con más frecuencia en modo Asking (consultar, contrastar, pedir apoyo para decidir) y en menor medida en modo Doing (delegar la ejecución completa de una tarea).
Aprender a convivir
Más allá de los datos, el informe incorpora entrevistas con directivas, ingenieras, docentes y otras profesionales que ya integran la IA en su día a día. Sus relatos ayudan a entender cómo se vive esta transición desde los puestos donde se decide qué hacer con la tecnología.
"Hay un momento en el que deja de ser una herramienta y se convierte en algo parecido a un equipo" o"mi oficina ya está operativa antes de que yo llegue: lee mis correos, me sugiere qué reuniones priorizar, crea presentaciones" se lee en algunos de los testimonios.
En todas esas trayectorias aparece un denominador común: la IA libera tiempo de tareas repetitivas y de producción mecánica para dedicarlo al criterio, a la relación con las personas y a las decisiones con contexto real.
La pregunta de fondo es quién puede permitirse hacer ese salto y quién queda atrapada en las capas de trabajo más automatizables.
Cómo no repetir la historia
El informe cierra con una propuesta en tres frentes para evitar que la IA se limite a reproducir desigualdades previas.
En primer lugar, la comunicación. Se reclama "equilibrar el relato sobre la tecnología", dar visibilidad sistemática a mujeres expertas en IA en congresos, medios y proyectos emblemáticos y abandonar el imaginario del genio masculino que domina la máquina.
En segundo lugar, las empresas. Se propone crear espacios seguros de experimentación, normalizar su uso y revisar los criterios de evaluación del desempeño para que utilizarla no reste mérito ni se lea como falta de esfuerzo.
También acompañar con formación específica a las funciones más expuestas a la automatización, en lugar de dejar que el ajuste se produzca a costa de quienes ocupan esos puestos.
Por último, el sistema educativo. La apuesta pasa por formar al profesorado e intervenir en las etapas formativas clave de las disciplinas STEM, especialmente en secundaria, cuando se consolidan vocaciones y estereotipos.
Como resume una de las docentes entrevistadas, "la brecha no se arregla formando a adultas en IA si antes no hemos trabajado para que niñas y niños crezcan con los mismos juguetes, los mismos referentes y las mismas expectativas".
Las voces del debate
Al término de la presentación en Madrid, personalidades y representantes de empresas alineadas con el propósito del informe insistieron en que el reto ya no es sólo tecnológico; también cultural.
Foto de familia durante la presentación del informe 'El futuro de la IA se escribe con ellas'.
"Cuando somos las únicas en una sala, tendemos a cuestionar nuestra propia legitimidad y eso afecta a la autoestima y a la capacidad de progresar", resumió Mónica Riberas, directora general de la Fundación Gestamp.
A su juicio, muchas mujeres reúnen "competencias que son la bomba" para el futuro —intuición, sensibilidad o capacidad de trabajar en equipo—, pero siguen penalizadas por la sobreexigencia y la falta de confianza propia.
Desde el ámbito educativo, Isabel Salazar, directora general de Fundación Telefónica, defendió que "la vocación necesita generarse a una edad temprana" y que siguen faltando referentes capaces de romper sesgos desde el principio.
A su juicio, la transformación digital abre oportunidades, pero también obliga a incorporar una mirada "humanista y ética" y más talento femenino en el diseño de las herramientas.
Fernando Suárez, presidente del Consejo General de Colegios de Ingeniería Informática, puso el foco en el imaginario que todavía pesa sobre las profesiones tecnológicas: "Si cerramos los ojos y pensamos en un informático, todavía muchos imaginan a alguien con capucha, asocial, comiendo píxeles".
"Esa imagen es falsa e injusta y nos ha hecho mucho daño", advirtió. Para este, la tarea empieza antes de la universidad y debe implicar también a las familias, que siguen teniendo una enorme capacidad de influencia sobre las decisiones de las niñas.
Cruz Sánchez de Lara, vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle, aseguró que "la clave está en encontrar el propósito" y aseguró que los medios no son actores neutrales en esa transformación. "Vamos a darle de comer a la IA".
En ese contexto, defendió que el contenido optimizado para los nuevos entornos en los que se mueven los contenidos periodísticos debe incorporar una lógica de igualdad real y evitar alimentar sesgos. "El GEO tiene que ser feminista", dijo.
"En la moda, la IA va a revolucionarlo todo a una velocidad que no hemos visto nunca", aseguró Jaume Miquel, CEO de Tendam, que situó el desafío en evitar que eso deje gente fuera y en encontrar fórmulas de formación que sean útiles y asumibles para las plantillas.
En el origen de la iniciativa está también la inquietud personal de Eugenia Silva, modelo, empresaria y colíder de Ellas Hablan Código IA. "Mi labor es dar visibilidad a una necesidad que existe", explicó durante la jornada.
Uno de los 'bootcamps' tecnológicos de 'Ellas Hablan Código'.
"Las mujeres tenemos que estar dentro de la creación de estos modelos, porque van a tomar decisiones muy importantes en el futuro. Es casi un acto de egoísmo: necesito estar ahí para que luego no se nos deje de lado", dijo.
Ellas Hablan Código es un proyecto impulsado por Silva junto a Generación Code para acercar la programación, el pensamiento lógico y la IA a niñas y niños desde edades tempranas, con un foco especial en reducir la brecha en las vocaciones científicas y tecnológicas.
"Empezamos a trabajar con niñas de ocho años porque", sostuvo, "si supieran la cantidad de profesiones que les gustan que están relacionadas con la tecnología", la verían "mucho más fácil" y atractiva desde el principio.
Su planteamiento enlaza con una de las ideas de fondo del informe: la hoja de ruta hacia una IA más igualitaria va más allá de los laboratorios y las empresas; empieza en la infancia, en la escuela y en el relato con el que se explica para qué sirve la tecnología.
