El vestido babydoll de la firma Chloé que Olivia Rodrigo lució a finales de mayo en un evento de Spotify celebrado en Barcelona ha abierto un debate inesperado.
Mientras que algunos creen que es un diseño empoderador, otros creen que se trata de una estética infantilizada. En cualquier caso, al final la conversación siempre termina por castigar a las mujeres por lo que llevan en lugar de ir tras quienes las miran con lascivia.
Criticar un sistema no debería convertirse en sospecha automática hacia ellas, pues en realidad el conflicto emerge cuando la estética femenina deja de verse como expresión personal y empieza a interpretarse desde el prejuicio.
La cantante eligió este diseño de Chloé en su actuación.
La cuestión de fondo sigue siendo la misma: ¿en qué momento se decidió que debían hacerse responsables de las interpretaciones o los deseos de los demás?
Lydia García, directora de Colección López-Trabado, comenta que cuando Balenciaga creó un babydoll, lo hizo para liberar a la Marquesa de Llanzol, que estaba embarazada y le encargó una pieza con la que estar cómoda, que no se le notara demasiado el embarazo y ante todo, le permitiera ir de cóctel.
"Se trata de un vestido muy libre en cuanto a corte, pues es una línea abstracta y elimina la cintura. Tiene mucha libertad de movimiento. Es un diseño totalmente rupturista que trasciende la moda y la cambia", explica a Magas.
"Para mí, tiene un carácter ingenuo que puede ser empleado con muchas intenciones. Lo que cambia es la mirada y quién lo mira", añade.
Por su parte, la creadora de contenido Gina Atinuke Knight señala que quizás el verdadero problema no sea el vestido babydoll, sino la profunda incapacidad de la sociedad de separar la feminidad del sexo.
"Hay una barrera peligrosa entre criticar la cultura y terminar por culpar a las víctimas. No son responsables del comportamiento de los hombres por llevar lazos, vestidos cortos, diseños rosas, encaje o estilos que se vinculan a la juventud", dice.
La corriente kinderwhore
Considera que si los depredadores sexuales emergen no es porque las mujeres se vistan de forma femenina, sino que tal comportamiento nace del abuso del poder, no de lo largo que sea o deje de ser la ropa.
Al hablar de los babydoll es necesario citar el denominado kinderwhore, que en los 90 funcionó como una declaración cultural que simboliza la contradicción de que se les pida que mantengan una apariencia inocente cuando la sociedad las sigue valorando como objetos de deseo.
En los 90, Courtney Love hizo de los 'babydoll' su uniforme de escenario.
Courtney Love fue una de las que mejor representó esta corriente al combinar sus vestidos con maquillaje pretendidamente corrido, medias rotas y una clara intención de no agradar a la mirada masculina.
"Lo que querían no era la aprobación, sino lanzar una pregunta incómoda: ¿por qué resulta tan perturbador cuando una mujer decide exagerar exactamente los roles que la sociedad le impone?", señala en Dazed & Confused la periodista Jenny Jane.
"No aposté por el kinderwhore porque me creyera muy sexy. Mi intención era la ironía", explicó la cantante a Rolling Stone en 1994. Y tantísimos años después, aquí seguimos, preguntándonos si este tipo de prendas suponen la sexualización de la infancia o si en su lugar es una prenda liberadora.
Un regreso polémico
“El vestido en sí siempre tenía un toque inapropiado. Y encima, había detalles desastrosos. Un dobladillo rasgado, una mancha, rímel corrido hasta la mitad de la cara. El daño era intencional y evidente. La dulzura era el arma!, señala el perfil de Instagram Inside the mood.
“Hoy, la incomodidad que la convertía en una provocación ha desaparecido por completo. Todo está impecable, perfectamente empaquetado, listo para la cámara. Sin desajustes, sin daños visibles, sin ninguna amenaza; y al eliminar esa amenaza, queda una silueta vintage y nada más”, dice su responsable.
Chloé es una de las firmas responsables del vestido 'babydoll'.
El regreso de los babydoll han llegado de la mano firmas como Alberta Ferretti, Loewe y Chloé, pero el mundo sigue empeñado en cuestionar el mensaje que mandan. Jane indica que quizás la cuestión a debatir no sea que una joven de 23 años lleve un vestido cursi en el escenario, pues sencillamente, Olivia Rodrigo es una artista que controla su imagen. Punto.
"Si crees que eso la hace parecer una bebé sexy, el problema es tuyo. Por favor, guarda tu indignación para algo que realmente importe", asegura la periodista, que señala que es ciertamente irónico acusar a Rodrigo de promover la pedofilia mientras que la nueva película biográfica de Michael Jackson, que se niega a reconocer o abordar las acusaciones de abuso infantil en su contra, está teniendo un éxito rotundo en taquilla.
El recurso pedobaiting
La creadora de la cuenta de Instagram Not your polite feminist dice que, aunque la obsesión con la juventud, los vestidos babydoll y la imagen de chicas jóvenes siendo siempre sexualizadas merece ser criticada, el discurso alrededor de artistas como Olivia Rodrigo y Sabrina Carpenter empieza a mezclarse de forma peligrosa con la retórica de la cultura de la violación.
Cuando las conversaciones sobre pedobaiting —término que se refiere a la práctica de atraer o tender trampas deliberadamente a presuntos pedófilos y depredadores de menores en la red— desembocan en 'está llevando algo que atrae al depredador', todo se desvirtúa.
"De repente, despojamos al hombre de toda responsabilidad para volcarla de nuevo sobre los cuerpos de las mujeres, que reciben dos mensajes contradictorios. Por un lado, no eres culpable de que te sexualice, pero por otro, si te vistes demasiado juvenil o femenina, estás promoviendo que lo hagan", asegura.
"Bajo el patriarcado, cualquier forma de feminidad se termina por sexualizar. Creo que merece la pena tener una conversación alrededor de lo que la gente llama pedobaiting. ¿Por qué la industria del entretenimiento siempre aplaude a las mujeres por parecer más jóvenes, delicadas, delgadas e incluso infantiles?", se pregunta.
Y señala que hay una poderosa diferencia entre las que son injustamente sexualizadas al margen de lo que se pongan y una cultura que intencionadamente las viste de una forma excesivamente juvenil, inocente o infantil.
"Ellas tendrían que tener la autonomía sobre lo que llevan, pero el feminismo no se puede volver tan individualista como para perder la habilidad de analizar patrones sociales y preguntarse quién se beneficia de ellos, quién los consume y por qué la sociedad repetidamente erotiza lo que se vincula a la niñez", dice la creadora de contenido para terminar.
Y aquí estamos, en 2026, debatiendo acerca de si un vestido cortito sexualiza a la mujer o hipersexualiza la infancia. Eso sí que es infantil.
