Después de conquistar a miles de lectores con la serie de Puerto escondido y novelas de gran éxito como El bosque de los cuatro vientos, María Oruña se adentra ahora en el exclusivo mundo del arte y el coleccionismo.
En La cámara de las maravillas, la escritora viguesa construye una intriga alrededor del robo de una valiosa obra mientras explora cuestiones como el estatus, el deseo de posesión, la legitimidad del patrimonio y las jerarquías sociales que se esconden tras los grandes museos y las colecciones privadas.
El robo es el punto de partida de la novela, pero también lo es un mundo marcado por el lujo, el coleccionismo y las jerarquías sociales. ¿Qué te interesaba de ese ecosistema más allá de la trama criminal?
Me interesa su identidad criminal, pero, sobre todo, su imperfección. Al igual que ocurre en el mundo del arte —y de ahí que el museo se llame Pentimento—, creo que en eso reside la belleza.
Quería acercar al lector a ese universo artístico que a menudo nos parece ajeno para mostrar que todo tiene una dimensión humana: también quienes lo habitan tienen flaquezas, ambiciones y conflictos familiares.
Además, me interesaba reflejar el sistema de jerarquías sociales que rodea a este mundo. No sólo el arte en sí, sino cómo el hecho de poseerlo se convierte en un símbolo de estatus y de poder.
María Oruña acaba de publicar 'La cámara de las maravillas'.
El valor de las cosas es uno de los temas más importantes de la novela. ¿Cuándo una obra vale por lo que es y cuándo por lo que representa?
Es un equilibrio entre ambos conceptos. Realmente, los cuadros más valiosos son los que portan una historia. Fíjate en el Guernica. Está el valor técnico, por un lado, pero sobre todo el contexto de esa obra: cómo y por qué fue creada, por qué tuvo que salir del país e incluso del continente.
La historia que hay detrás de cada cuadro, de cada escultura o de cada pieza de arte decorativo es lo que realmente nos atrapa, en mi opinión. Aunque queramos separar la técnica de lo demás, de esa espiritualidad o de ese contexto histórico, es muy difícil.
La novela plantea varios temas, pero hay una pregunta incómoda: ¿es lo mismo que algo sea legal que legítimo?
Desde luego que no es lo mismo. Quien hace la ley, hace la trampa. Lo que nosotros entendemos como correcto o legal en nuestro país a día de hoy —y ya no hablo sólo de arte— puede ser algo completamente aberrante en el sur de África o en Australia.
He estado de gira en Latinoamérica y, nada más aterrizar en Chile, me encontré con un sistema de control extraordinario para verificar que no llevase semillas, plantas ni nada de origen animal que no perteneciera al país. Aquí, en España, no existe una normativa equivalente.
Creo que es un debate abierto e inacabado que debemos mantener en relación con el mundo del arte. Que algo esté de forma legal en un lugar por causa de un conflicto bélico, de un acuerdo o un regalo de determinado pueblo a un dirigente... Si ese mandatario estaba al frente de una dictadura, como ha sucedido aquí en España, muy obsequio no es.
Tenemos reclamaciones interminables, por ejemplo las de Egipto con el busto de Nefertiti que está en el Museo Neues de Berlín. Y ya no hablemos del Museo Británico, donde la lista parece no acabar nunca.
Entonces, legalmente está allí de forma correcta. ¿Es ético? Tengo mis dudas.
¿Qué responsabilidad tienen los grandes museos en debates como los de la memoria histórica, el colonialismo o la restitución del patrimonio?
Creo que tienen una obligación de transparencia, pero también actúan como buenos abogados en un juicio gigantesco que nunca termina. Su argumento suele ser: "Si devolvemos esta pieza egipcia a Egipto, la gente de aquí, en Norteamérica o en Reino Unido, dejará de apreciarla y estaremos privando al resto de ese patrimonio".
Yo respondo que ese razonamiento es parecido al de los zoos: "Vamos a tener jirafas y tigres encerrados porque, si no, la gente no podrá verlos en directo". Bueno, para eso existen los documentales.
Si una pieza forma parte de la idiosincrasia de otra cultura, esa comunidad la reclama y sabemos que no fue adquirida de forma libre, sino que llegó mediante un acuerdo desigual, un trapicheo o el imperialismo colonial, creo que debemos ser críticos. Es lógico que los museos defiendan lo que consideran suyo, pero también deberían someter ese discurso a una revisión crítica.
¿Crees que vivimos en una sociedad que ha sustituido el deseo de ser por el deseo de tener?
Totalmente. Al final nos olvidamos del camino que tenemos que escoger, ese del que hablaba Delibes. Parece que el éxito consiste en tener cosas, y no sólo tangibles, también el mejor viaje o las mejores vacaciones.
Ahora que empieza el verano, la pregunta siempre es: "¿Y a dónde te vas?". Parece que queda mal responder que vuelves a tu aldea; tienes que irte a Japón o hacer un crucero por las islas griegas porque, si no, da la sensación de que no has triunfado en la vida.
Eso mismo ocurre en el mundo del arte. ¿Qué hay colgado en tu casa? Si tienes un Matisse en el baño, parece que has alcanzado el éxito. Vivimos en un gran teatro porque somos hijos de nuestro contexto, de nuestras inseguridades y, sobre todo, de una necesidad constante de reconocimiento.
Ya no se trata sólo de acumular cosas, sino de ocupar una determinada posición social: que te reserven una mesa en un restaurante o que inclinen la cabeza cuando pasas.
Entonces, cuando una obra alcanza cifras millonarias, ¿se está comprando más exclusividad y estatus que belleza?
Exclusividad y estatus, pero también es verdad que esa exclusividad ya no es tan fácil de conseguir. Puedes encontrarte con cualquier multimillonario que, simplemente porque quiere tener esa posición y que nadie piense que es un ignorante, compra una determinada obra. La tiene incluso en el garaje, le da igual, pero la tiene.
Es un mercado sorprendente. También es cierto que el arte se adquiere como fórmula de garantía, como inversión, en lugar de invertir en ladrillo o en oro. Sobre todo ocurre con los clásicos, no con autores emergentes, donde esa obra puede acabar perdiendo valor.
Cuando empezaste a investigar el mundo de las grandes colecciones privadas, ¿hubo algún prejuicio o alguna idea preconcebida que se viniera abajo?
Me sorprendió descubrir que hubiese mafias que utilizaran obras de arte como garantía. Era mucho más cómodo y práctico que un depósito económico en un banco o en un paraíso fiscal.
Me di cuenta de que tendemos a imaginar este mundo como algo mucho más exclusivo y refinado, cuando también existen robos por encargo y prácticas de estraperlo como las que aparecen en la novela.
Incluso situaciones en las que prefieren colocar una pieza falsa a determinados compradores porque saben que, por una cuestión de honor, difícilmente van a reclamar después.
En los últimos años, los museos han pasado de ser lugares casi intocables a convertirse en espacios de debate. ¿Te interesa esa revisión crítica de las instituciones culturales?
A mí lo que me interesa es promover el pensamiento crítico, y también que no nos limitemos a hacer siempre lo mismo. Los hábitos que hemos adquirido pueden estar muy bien, pero creo que deberíamos tomar con más naturalidad el asistir a presentaciones literarias, exposiciones o galerías de arte. No pasa nada por ir, mirar, apreciar y explorar.
Para documentarme para esta novela visité muchos museos de toda Europa. En Madrid, por supuesto, recorrí el Prado, el Reina Sofía, el Thyssen y otros muchos, pero ya con ojos de investigadora. Iba a buscar cosas concretas. A veces pasaba horas observando no sólo las obras, sino también a la gente y sus reacciones.
Me fascinó comprobar cómo personas que sabían mucho y otras que no tenían conocimientos especiales se detenían ante determinados cuadros que ni siquiera eran especialmente famosos. Hay algo que se repite: los que emocionan consiguen detenerte.
Madrid aparece en la novela como una ciudad de grandes museos, palacios y colecciones privadas. ¿Te interesaba también retratar esos círculos donde el acceso sigue dependiendo de quién eres o de quién te abre la puerta?
Esa jerarquía cultural y social está presente en todas partes. Elegí Madrid porque tenía claro que quería una familia poderosa vinculada al mundo del arte, a las galerías y a los museos.
No tenía sentido situarla en una ciudad donde resultara poco verosímil desarrollar una actividad internacional de ese nivel. Si quería ambientarlo en España, la capital era la opción más lógica.
Después de tantas novelas y de tantos personajes, ¿qué has aprendido sobre la naturaleza humana?
Que tenemos una tendencia infinita al estropicio. Repetimos siempre los mismos errores.
Quizá por eso nos fascina tanto el arte, porque nos permite comprobar que las emociones primitivas que mueven los libros y el mundo —la ambición, el amor, el desamor, la rabia o la venganza— han estado siempre ahí. Las vemos reflejadas en cuadros realizados por personas que murieron hace siglos y pensamos: "Ya estaban como yo". Repetimos patrones constantemente.
¿Te has vuelto más confiada o más escéptica con los años?
Pero eso no tiene que ver con escribir novelas sino con hacerme mayor. Este año cumplo cincuenta.
La vida desgasta, pero también es curioso que, cuanto más se supone que has visto y experimentado, más capacidad tiene todavía la gente para sorprenderte. Das por sentados determinados comportamientos y, aun así, siempre aparece algo inesperado. Y eso es bonito, necesario incluso.
No siempre ocurre en el buen sentido, pero seguimos siendo hijos de la inseguridad y la ambición. En todos los ámbitos buscamos reconocimiento, jerarquía social o profesional. Una cosa lleva a la otra: la exigencia del mundo en el que vivimos y la que nos imponemos a nosotros mismos.
¿Qué objeto de tu vida conserva una historia que jamás regalarías?
No soy una persona especialmente materialista. Todo me parece bastante prescindible, incluso yo misma.
Tengo un anillo de oro que compró mi abuela cuando por fin pudo ahorrar algo de dinero. Siempre me ha parecido muy simbólico. Era una mujer que venía del campo, que había vivido la posguerra y que no tenía nada.
Es muy sencillo, con unas pequeñas virutas de oro y una perla. A veces lo llevo y le tengo mucho cariño porque representa el momento en que decidió hacer algo para ella misma y regalarse algo. Eso me emociona.
Al final, damos más valor a la historia que hay detrás de un objeto que al objeto en sí.
Yo sí. Luego habrá quien no, quien sólo vea oro fundible o un símbolo de estatus.
La novela retrata con mucho detalle los códigos de las élites culturales y económicas. ¿Cómo te documentaste para construir ese mundo?
No sé si el retrato es perfecto, pero esa parte fue relativamente sencilla. Los grandes coleccionistas y quienes se mueven en ese mundo tienen cierto componente de exhibición. Quieren que se sepa lo que poseen, que se hable de sus colecciones y de las piezas exclusivas que tienen.
Por eso conceden entrevistas, participan en documentales y aparecen en distintos formatos públicos. Es fácil ver qué quieren mostrar y qué prefieren ocultar. Después está el trabajo de visitar los lugares donde viven y desarrollan su actividad.
La trama de los ladrones fue más complicada. Pude acceder a algunos informes y documentación. Sobre los de guante blanco elegantes, casi olvídate. Encontré material interesante sobre el llamado Spiderman francés, incluidas entrevistas realizadas en prisión. Me llamó la atención que, después de cometer robos brillantes, sintiera la necesidad de contarlos para obtener reconocimiento.
Además de visitar museos o hablar con la policía, tienes que intentar entender cómo funcionan esas cabezas.
¿Qué te sugieren los coleccionistas que adquieren grandes obras de arte para disfrutarlas únicamente en privado?
Cada uno tiene sus propios motivos. Pero, en realidad, casi nunca se trata sólo de una relación íntima con la belleza o con la obra. Normalmente quieren que su entorno sepa que poseen aquello.
Es algo que puede entender cualquiera, sea multimillonario o no. Ocurre igual que con quien conserva determinados bienes porque cree que, mientras los tenga, mantiene una posición de poder dentro de la familia.
Con el arte sucede algo parecido: "Tengo esto, quiero que sepáis que lo tengo y no necesito desprenderme de ello". Hay una dimensión de estatus muy evidente.
Ahora bien, también hay personas a las que les satisface saber que sólo ellas contemplan una determinada obra. Esa exclusividad alimenta el ego.
El ser humano tiende a lo gregario, pero también quiere distinguirse dentro del grupo. Es raro que alguien no quiera, al menos, que los demás sepan o sospechen lo que posee. Ese componente narcisista suele estar presente.
Para terminar: si pudieras crear tu propia 'cámara de las maravillas', ¿qué habría dentro?
Siempre incluiría algo relacionado con el conocimiento, la investigación científica y la historia. De hecho, los antiguos gabinetes de curiosidades surgieron precisamente de esa voluntad de reunir saberes distintos: elementos biológicos, musicales, artísticos...
Si hablamos de arte, me encanta la pintura flamenca. Hay muchísimas obras que me parecen fascinantes. Pero creo que, en general, preferiría que todo eso pudiera verlo todo el mundo.
