Urbanista británico-brasileña, investigadora y activista, su trayectoria combina décadas de trabajo en planificación urbana, ecología social y desarrollo sostenible con una inusual experiencia previa en el mundo de la música y las artes.
A lo largo de su carrera, May East (Sao Paulo, 1956) ha impulsado iniciativas vinculadas a la educación para la sostenibilidad, las ecoaldeas, la resiliencia climática y la participación comunitaria, colaborando con organismos internacionales como UNITAR y diversas redes globales dedicadas a la transformación urbana.
Su libro ¿Y si las mujeres diseñaran la ciudad? es una obra en la que propone una nueva mirada sobre el urbanismo contemporáneo y plantea cómo la participación activa de la población femenina puede contribuir a crear urbes más habitables, seguras, cercanas y humanas.
En conversación con Magas, habla sobre el futuro de las mismas, los desafíos de la transición ecológica, el papel de las comunidades en la transformación urbana y la necesidad de imaginar modelos de desarrollo capaces de reconciliar bienestar, justicia social y regeneración ambiental.
Su libro '¿Y si las mujeres diseñaran la ciudad?'.
¿Cuál fue el momento en que se dio cuenta de que las ciudades no son neutrales en términos de género?
Ocupan apenas el 4% de la superficie del planeta, pero son responsables de cerca del 80% del consumo global de energía, del 75% de las emisiones de carbono y de más del 70% del uso de los recursos naturales.
Mi trabajo investiga el papel de las mujeres y las niñas en el rediseño de nuestra presencia humana en las ciudades para que puedan ser más verdes, más silvestres, capaces de coexistir con la naturaleza y también más poéticas.
Históricamente, se han diseñado tomando la experiencia masculina como referencia. Como resultado, funcionan mejor para ellos que para ellas, las niñas y los niños, los mayores, las personas con distintas capacidades y también para diversas identidades de género.
¿Qué hace que una ciudad sea poética?
Mira a nuestro alrededor ahora mismo. Cuando observamos dónde están las mujeres, vemos que no se trata únicamente de más infraestructuras o más iluminación sino del sentido de lugar y de pertenencia.
Si ellas las diseñaran, considerarían que la salud y el bienestar de los barrios son proporcionales a la calidad y cantidad de espacios donde la gente pueda reunirse sin tener que gastar dinero para socializar.
Por eso, diría que una ciudad más poética es una con más lugares para estar juntos, para encontrarnos sin necesidad de consumir, y donde se fortalece el sentimiento de pertenencia.
No hacen falta grandes inversiones ni enormes transformaciones urbanísticas. Se trata de trabajar con lo que yo llamo potencial biocultural y espacial.
Lo biológico es el mundo vivo. Lo cultural es la manera en que vivimos y nos relacionamos. Cuando todo se activa, se genera más vitalidad y más viabilidad. Un lugar poético es aquel donde hemos conseguido precisamente eso.
La autora, durante la entrevista.
¿Qué quiere decir cuando afirma que las mujeres tienen una relación simbiótica con las ciudades?
Todo el mundo tiene una relación con el espacio, pero la específica de ellas ha sido ignorada por el urbanismo tradicional.
Las ciudades modernas construidas después de la Segunda Guerra Mundial se basaron en dos grandes principios: el funcionalismo y el fordismo —sistema de producción industrial en serie, impulsado por Henry Ford a principios del siglo XX—.
Es decir, organizadas para que los hombres pudieran desplazarse lo más rápido posible de casa al trabajo y viceversa. Se dejó de lado un urbanismo de proximidad.
Las mujeres viven más localmente. Salen de casa, llevan a los hijos a la escuela, pasan por la farmacia, hacen compras, se reúnen... Es una lógica urbana de quince o veinte minutos.
Por eso, la manera en que experimentan y desarrollan la ciudad está mucho más arraigada en la singularidad de cada lugar.
¿Por qué el urbanismo feminista se ha vuelto más urgente en los últimos años?
Surge como respuesta a tres grandes tendencias globales.
La primera es la rápida urbanización de la población mundial. Para 2050, cerca del 70% de la humanidad vivirá en grandes urbes. Actualmente, construimos el equivalente a una como París cada día.
La segunda es el reposicionamiento de las mujeres en la sociedad. Hoy ocupan el 27,6% de los escaños parlamentarios en el mundo. Puede parecer poco, pero hace apenas diez años representaban alrededor del 15%. Hay un cambio en marcha.
La tercera es la necesidad de descarbonizar nuestros estilos de vida. Tenemos que vivir más cerca de donde trabajamos y estudiamos, utilizar menos el coche y reducir nuestras emisiones.
Estas tres dinámicas convergen y hacen que cada vez más personas se pregunten por qué las ciudades siguen funcionando mejor para los hombres que para las mujeres.
Por ello, vemos surgir políticas urbanas sensibles al género en Viena, Bogotá, Umeå, Glasgow o Barcelona.
Es un fenómeno que emerge simultáneamente en muchos lugares, como un rizoma: una red de raíces que no tiene ni principio ni fin.
May East, en un patio interior de Madrid.
¿Cuál se acerca más hoy al futuro que imagina en su libro? ¿Qué está haciendo diferente?
Viena lleva más de treinta años desarrollando un urbanismo sensible al género. Sin embargo, no diría que existe una única ciudad ejemplar. Más bien encontramos barrios y zonas concretas en distintos puntos del mapa.
Hace poco estuve en Barcelona presentando mi libro y caminando por el barrio de Gràcia y pensaba: "Este es un lugar donde las mujeres pueden vivir bien". Hay escuelas, espacios públicos agradables, sombra, bicicletas y un uso limitado y regulado del automóvil.
Y quiero hablar especialmente de las niñas. Hasta los siete años, suelen compartir los mismos lugares de juego que los niños. Pero a partir de los ocho, ellos se apropian de los destinados a deportes competitivos y ellas dejan de tener un lugar propio.
Muchas ciudades están empezando a comprender que no habían previsto sitios adecuados para este propósito.
Tengo la costumbre de caminar los domingos por cada lugar que visito y casi siempre encuentro grupos de dos o tres adolescentes caminando sin un rumbo claro.
Es una etapa fundamental de la vida, en la que construyen su visión del mundo y su identidad. Sin embargo, muchas terminan refugiándose en sus habitaciones o en centros comerciales, porque no existen lugares públicos pensados para ellas.
Por eso, surgen iniciativas como Make Space for Girls, en Suecia, donde no se diseñan espacios para niñas desde arriba, sino que se trabaja en procesos de codiseño para preguntarles directamente qué tipo de sitios desean.
Y las respuestas son muy interesantes: quieren estar donde ocurre la vida, donde están los demás, pero también desean rincones para sentarse juntas, observar y sentirse parte de la comunidad.
¿Qué significa ese sentido de pertenencia?
Es tener un lugar donde reconoces a los demás y eres reconocido por quién eres. La belleza forma parte de ello, pero no una asociada al lujo o a la riqueza, sino sencilla.
He trabajado con mujeres de barrios populares y también acomodados, y muchas de sus demandas coinciden. Una es la necesidad de reconocimiento.
Por ejemplo, los nombres de las calles y los monumentos. En muchas ciudades históricas, recuerdan a hombres relevantes, mientras que las esculturas femeninas suelen representar virtudes abstractas como la belleza, la armonía o la paz. No tienen nombre.
Si ellas las diseñaran, habría más calles y espacios públicos dedicados tanto a figuras importantes como a personajes de los propios barrios.
El urbanismo de proximidad es uno de los postulados de la experta.
¿Puede una ciudad ayudar a las personas a sentirse menos solas?
No tengo ninguna duda. El urbanismo de proximidad y la manera en que planeamos los espacios públicos pueden contribuir enormemente.
Por ejemplo, las mujeres suelen proponer bancos que favorezcan la conversación. No alineados mirando todos en la misma dirección, sino colocados de manera que las personas puedan verse y relacionarse.
También prefieren materiales cálidos, como la madera, y elementos que faciliten sentarse y levantarse.
Hay muchas pequeñas decisiones de diseño que pueden fomentar el encuentro, la conversación y el sentimiento de pertenencia. Creo que en España el sentido de barrio sigue siendo especialmente fuerte.
Algunos críticos señalan que diseñar urbes para las mujeres podría simplificar en exceso la diversidad de experiencias femeninas. ¿Cómo responde a eso?
No existe un modelo universal de ciudad para las mujeres.
El principio fundamental consiste en caminar junto a las personas de cada barrio y crear espacios de escucha profunda para identificar el potencial biocultural y espacial específico.
No se trata de imponer una receta única.
Algunos barrios ya ofrecen escuelas, farmacias, parques y servicios cercanos. Otros carecen de ellos. Cada contexto requiere respuestas distintas. La clave es escuchar.
May East reflexiona sobre la ciudad durante la charla con Magas.
¿Cuál sería un pequeño cambio que cualquier ciudad podría implementar mañana mismo?
Diría que el primero sería diseñar para la proximidad y no para la movilidad motorizada. Intentar que la mayor cantidad posible de actividades cotidianas puedan realizarse cerca de donde vivimos.
El segundo aspecto es la seguridad. Si ellas diseñaran las ciudades, esta sería una prioridad. Pero no entendida como más cámaras de vigilancia o más patrullas policiales.
La verdadera seguridad en los barrios surge de la presencia de personas en las calles, de la vida comunitaria y de lo que llamamos vigilancia natural: vecinos que se conocen y se cuidan mutuamente.
¿Hay algo más que le gustaría añadir?
Sí. Entre hoy y finales de este siglo, la mayoría de los niños y niñas del mundo nacerán en ciudades.
La gran pregunta es: ¿cómo lograr que esas generaciones se enamoren de la naturaleza si crecen en entornos urbanos?
Esa es una de las cuestiones más importantes que debemos abordar en este momento.
