Laura García del Río
Publicada

Empezaron con cuatro máquinas de coser, retales de la Maison Thevenon y la decoradora Emilie Pinau Valencienne, y 400 rollos de tejidos que, a través de una amiga, les donó una de las grandes casas de moda francesa (a pesar de las insistentes pesquisas por revelar su nombre, prefiere no hacerlo).

Instalados en un taller de Antony, y de la mano del programa de inserción Dispositif des Premières Heures, impartían clases de costura para una decena de inmigrantes y refugiados.

"Ser capaz de crear es algo muy gratificante. Cuando una persona aprende una nueva habilidad o desarrolla las que ya tiene para crear algo y ver los frutos de su trabajo, le ayuda a recuperar la dignidad y reconstruir la confianza en sí misma", defiende Maya Persaud, la fundadora del proyecto.

La emprendedora, en un posado cedido. D.R.

A razón de 10 horas por semana los primeros cinco meses, no tardaron en subir hasta las 26 horas semanales y profesionalizarse, empleando a su equipo a media jornada para que pudiera recibir clases de francés por las tardes. La idea no era sólo integrarles en el mundo laboral, sino devolverles el sentido de valía y de identidad profesional.

Y, a la par, abogar por una moda consciente y preservar un saber hacer artesano en peligro de extinción en una industria sometida a la inmediatez y la digitalización. "Francia necesita sastres cualificados para preservar su legado como una de las capitales de la moda del mundo y como guardiana de la artesanía local", afirma.

Enfocar el taller en el suprarreciclaje y trabajar con excedente de tejidos y prendas no vendidas –proponiendo una continuación a la ley de AGEC que Francia aprobó en 2020 y que prohíbe destruir los stocks no despachados– apuntalaba la tercera pata del proyecto: la sostenible.

Modelos de la colección de n 2023, fue Serena Cancellier, que participó en el proyecto como diseñadora invitada. D.R.

"Todos hemos visto los efectos de los microplásticos y las montañas de ropa en Ghana y Chile. Debemos tener una visión a largo plazo del consumo y el desperdicio. Me alegra formar parte de la economía circular y contribuir a promover el upcycling y la producción local", defiende Persaud, que ve en el hecho de trabajar con materiales preexistentes y limitados una forma de espolear la inspiración.

"Tenemos la suerte de poder trabajar con tweed de gran calidad, sedas, satén… Utilizar tejidos tan hermosos estimula la creatividad y ayuda a concienciar sobre el uso responsable de materiales valiosos, ya que solo usamos lo que tenemos disponible", dice.

A día de hoy, dan trabajo a un equipo de 15 personas formadas en upcycling, han reutilizado más de 4.000 rollos de tejido y dado una segunda vida a más de 220 prendas que, de otra forma, habrían terminado engordando los vertederos de Accra y Atacama.

"Es muy diferente de lo que había imaginado, pero haber podido emplear a más de 50 personas a lo largo de los años y ver cómo recuperan su dignidad lo significa todo para mí", explica.

El sueño sobre el que se cimentó Espero Atelier—esperanza en amaranto— era crear una granja de permacultura autosuficiente. "Un lugar de refugio que reuniera a distintos tipos de personas", dice Maya.

Fundada en 2016, la organización arrancó con un proyecto de apicultura en Bobigny primero y otro de agricultura regenerativa en Nanterre después —ambos aún en marcha—, antes de lanzar el taller de costura, hace seis años.

"Las estrellas se alinearon", recuerda. "En diciembre de 2020 una amiga que trabajaba en el sector me dijo que conocía a un diseñador que buscaba dos costureros. Era una gran oportunidad, así que me reuní con trabajadores sociales de centros de alojamiento y organizaciones que colaboran con refugiados, y encontré a 30 personas, algunas tenían más de diez años de experiencia en sastrería y estaban trabajando en la construcción", recuerda.

Fue entonces cuando surgió la idea de fundar su propio taller.

Desde entonces, han colaborado con marcas de prêt-à-porter y diseñadores como Serena Cancellier, la venezolana Joy Acevedo y el afgano Ali Hijzar.

Imagen del taller de costura. D.R.

También han vestido a la top Cindy Bruna para el Festival de Cannes con un mono de tweed amarillo pastel de la colección que firmaron en 2023 con la ucraniana Elena Burenina, y que presentaron en la pasarela de L’Oréal Paris en la École Militaire durante la semana de la moda.

Han lanzado una colección de camisetas interactivas, Lotti Dolli, y además han organizado talleres abiertos al público. Incluso han desfilado en el Musée d’Orsay.

Con esta institución en 2023, enlazados por ACNUR después de que la agencia les premiara con el Fondo de Innovación Liderado por Refugiados, firmaron un acuerdo de colaboración con la idea de establecer una bisagra entre el mundo de la moda, los museos y la inclusión social para “dialogar sobre la diversidad, las distintas perspectivas y el valor de estar expuesto al arte y la cultura para comprender mejor la sociedad en la que se vive".

Pero el eje de Espero Atelier sigue inmutable e inamovible. "Dar voz a quien no la tiene", sostiene la empresaria.

"La identidad y la lucha son realidades de la vida que pueden expresarse a través del arte. Ser visto y comprendido no tiene precio. Nuestros costureros tienen la posibilidad de crear y expresarse, y de ver su trabajo expuesto. Es una herramienta valiosa para desarrollar la confianza en uno mismo", continúa.

Antes de volcarse en la filantropía, Persaud era modelo. De padre indio y madre afroamericana, nació en Texas y creció en Hawái. Con 19 años se mudó a París para aprender francés y conquistar la moda.

El voluntariado ya formaba parte de su vida. Estudió Antropología del Desarrollo en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres, trabajó para oenegés como Planet Finance y La Cimade y, cuando arrancó la crisis de refugiados en 2014, empezó a ayudar en los campamentos.

"Desde que era pequeña, sentía que sería feliz si me dedicaba a algo en lo que fuese útil para los demás", confiesa. Pero fue una visita a Calais lo que dictó el punto de inflexión. Los refugiados con los que hablaba eran arquitectos, médicos, agricultores…

Lo habían perdido todo, pero ninguno aceptó dinero. Empezar su nueva vida mendigando no era una opción. Querían trabajar.

"Entendí que la mejor manera de ayudarles era valorar sus competencias; devolverles la confianza y la dignidad", confiesa.

No sólo quería que pudieran ganarse la vida, sino que se sintieran realizados y se permitieran plantearse una pregunta que la mayoría no se atrevía ni a pensar: "¿Cuál es tu sueño?".

Así conoció a Pauline, Carlos y Nicolas —sus socios, aunque ninguno de los tres sigue en el proyecto—, y juntos decidieron "hacer un plan en el que los talentos de los refugiados fueran valorados por la sociedad francesa en torno al desarrollo sostenible", cuenta.

"Entendí que la mejor manera de marcar una diferencia era dar voz a quienes no la tienen", añade. Y la moda, lejos de la faceta frívola y mercantilista que la exprime como negocio multimillonario, puede ser la plataforma para lograrlo.