Cannes, Francia
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El Festival de Cannes ya ha desmontado su alfombra roja y archivado la edición de este año, pero las últimas semanas de La Croisette siguen latiendo en la memoria del certamen. Días en los que Gillian Anderson (Chicago, 1968) encadenó estrenos, photocalls y una gala en la que tuvo un papel clave mientras presentaba uno de los films más comentados del mes.

Aquellos que hayan seguido la cita con el cine por excelencia en Europa se habrán percatado de que la actriz estadounidense estaba por todas partes. Un día encabezaba la presentación de Teenage Sex and Death at Camp Miasma, el slasher queer de Jane Schoenbrun que inauguró Un certain Regard; otro, posaba como embajadora del dream team de L'Oréal Paris.

Por la noche, subía al escenario para entregar el Lights on Women’s Worth Award, el premio con el que el gigante cosmético de raíces galas lleva seis ediciones destacando los trabajos de directoras de cortometrajes emergentes y que este año ha recaído en la cineasta china Lenti Liang.

La ciudad ya ha recuperado su tráfico habitual y la carismática postal de un paseo marítimo en el que, por unos días, conviven celebridades con vestidos de colas kilométricas y gente local se ha desvanecido, pero esta 79ª edición ha dejado grandes momentos, como la consagración de los Javis o el icónico momento de Anderson reivindicando las melenas rizadas en la red carpet.

Si los ojos son el espejo del alma, el cabello es el del estado de ánimo, y es fácil intuir por el cabello de la artista que está viviendo un año dulce, tal vez uno de los más fértiles de su carrera. Pero cuando se le pide que defina este momento, ella rehúye el superlativo fácil. "Me siento muy afortunada de estar en esta etapa de mi carrera y de poder estar aquí", confiesa a Magas.

La actriz, fotografiada en la 79ª edición del Festival de Cannes. Reuters

Para ella, el simple hecho de llegar al epicentro cinematográfico de la Costa Azul con una cinta que levanta tanta expectación como Campamento Miasma ya es un regalo: "En primera instancia, estar aquí con una película que está recibiendo tanta atención positiva es realmente encantador. Y me siento muy orgullosa de ello".

Durante la entrevista concertada minutos antes de la ceremonia del Lights on Women's Worth Award, la intérprete se funde en elogios hacia L'Oréal Paris, firma de la que es embajadora global desde febrero de 2025. "Estoy muy orgullosa de estar aquí y de seguir defendiendo a las mujeres, especialmente en los campos creativos y en esta industria", subraya.

El premio de la marca de belleza nació en 2021, siempre unido al Festival de Cannes, para intentar corregir desde dentro una estadística terca: ellas tienen una gran presencia como alumnas de escuelas de cine, pero siguen siendo minoría detrás de la cámara cuando se trata de conseguir presupuestos importantes o ser reconocidas.

L'Oréal Paris, socio oficial del Festival de Cannes desde ni más ni menos que 1997, decidió que su papel no podía limitarse a los fantásticos beauty looks que llevan las celebridades, y creó un galardón que selecciona cada año a una directora de cortos, con una dotación económica y un acompañamiento pensado para que su carrera no se quede en un fogonazo.

En esta sexta edición, Anderson toma el relevo de Viola Davis, Elle Fanning y Kate Winslet como cabeza del jurado. En un comunicado remitido por la marca, la artista se define como una "mujer que ha pasado su carrera luchando por ser escuchada", lo que la lleva a reconocer "lo vital y esperado que es este premio".

Lenti Liang ha sido la premiada de la nueva edición del 'Lights on Women's Worth Award'. Cedida L'Oréal Paris

Anderson, conocida por su camaleónico don para dar vida a personajes como Margaret Thatcher —en The Crown—, una terapeuta sexual —la madre de Otis en Sex Education— o una agente que investiga casos inexplicables —en Expediente X—, valora la continuidad de iniciativas que recuerden "que la historia de cada mujer merece ser contada".

"Cada voz femenina debe ser escuchada y formar parte de este jurado es una responsabilidad que me tomo muy en serio; este tipo de reconocimiento es lo que realmente impulsa el progreso", asegura en la nota, y en esa misma línea responde a esta revista en un tú a tú cuando se le pregunta qué tipo de voces quiere defender en este momento de su vida.

"Cada vez que las mujeres, y las internacionales en concreto, tienen la oportunidad de usar su visibilidad para compartir su perspectiva, es significativo e importante”, asegura. Lo importante, insiste, es que no se trate sólo de un escaparate simbólico: "Creo que es importante que tengan el espacio y la atención para poder expresarse libremente".

Y remata con una frase que podría funcionar como resumen de su propia trayectoria: "Cuanto más demostremos a la gente de todo el mundo que ellas también pueden dirigir, que tienen talento y que vale la pena financiarlas y apoyarlas, quizá más se animen a dirigir y tengan la oportunidad de formar parte de la conversación".

El 22 de mayo, la noche de la gala, subió con esas mismas ideas al escenario dispuesta a dar nombres propios: "Debo decir que hubo muchas participaciones fantásticas, tan variadas e inspiradoras, tanto talento de tantos países… En primer lugar, felicidades a cada una de vosotras, fue un gran privilegio verlas".

Antes de revelar el nombre de la ganadora, se detuvo en dos menciones honoríficas, ambas de animación: una de ellas para Fanny Capu por Pickled, una obra en stop motion cuya compleja puesta en escena y exquisita iluminación dejaron a la artista, encargada de examinar todos los films en tiempo récord, "increíblemente impresionada".

Después anunció el premio principal para Lenti Liang, una joven directora china que firma Our Secrets, la historia de Tian Tian, una adolescente en la Guangzhou de principios de primavera que empieza a sentir un despertar del deseo muy distinto a lo que había imaginado. Anderson la describe como "un trabajo bello, maduro, sensible y cargado de matices".

La actriz Gillian Anderson entregó el galardón a la cineasta Lenti Liang. Cedida L'Oréal Paris

Para Liang, el reconocimiento supone 20.000 euros y mentoría profesional; para el premio, sumar una sexta ganadora a un palmarés cuyos cinco primeros cortos han sido seleccionados más de 250 veces en festivales internacionales. Para Anderson, la confirmación de que su voz, convertida en icono global, puede servir para consolidar carreras ajenas.

Fuera de la ceremonia, Anderson no pierde oportunidad de apuntar al desequilibrio que sigue viendo desde dentro de la industria. A las cámaras de Reuters reconoce en la misma gala que, pese a los avances, "por desgracia, sigue siendo importante llamar la atención sobre el hecho de que ellas también pueden dirigir".

Celebra que en los últimos cinco o 10 años haya crecido una ola que incluye a "Chloé Zhao, Emerald Fennell, Greta Gerwig y unas pocas más", pero subraya que aún podría contar a las cineastas a las que se les da la oportunidad de ponerse al frente de largometrajes importantes "con una mano y media; sé que todavía observamos una lucha constante".

El matiz es importante: para ella, el problema no es la falta de talento femenino, sino la persistencia de la idea de que ellas no son financiables.

"Ha habido mucho movimiento en nuestra industria para que las profesionales de todas las edades sigan trabajando y desarrollando personajes complejos delante de la cámara”, concede. Sin embargo, asegura a la agencia, "aún necesitamos trabajo detrás de las cámaras para atraer mujeres a la industria y demostrarles que son aptas para conseguir apoyos".

Gillian Anderson en la proyección de la película 'Histoires de la nuit', de Léa Mysius, en Cannes. Reuters

En paralelo a sus reivindicaciones, el papel que la ha traído a Cannes como actriz parece escrito a la medida de esa conversación. En Teenage Sex and Death at Camp Miasma, Jane Schoenbrun reinventa el slasher desde una perspectiva queer, después de una vida de amor–odio con un género que históricamente ha comparado la disidencia de género con la monstruosidad.

En la cinta, Gillian Anderson encarna a una antigua "reina del grito", protagonista de la saga original Camp Miasma, que vive ahora recluida en el mismo campamento donde se rodaron aquellas películas, convertida en una diva rodeada de nostalgia y reticente a revisitar su pasado.

Una joven directora queer llega para convencerla de rodar un reboot que lave la imagen misógina y transfóbica de la franquicia. Lo que empieza como choque de egos se va transformando en una intensa relación que mezcla deseo, culpa y una reflexión sobre lo que el cine hace con los cuerpos.

La película, a la que parte de la crítica ya ha otorgado el distintivo de cine de culto pese a que aún queda para que llegue a las salas —se estrenará en EEUU el 7 de agosto, pero España no dispone de fecha por ahora—, une melodrama psicosexual, metacine y un imaginario que ha sido incluso comparado con los trabajos de Iván Zulueta, David Lynch, Cronenberg...

Que la actriz que encarnó a Dana Scully durante una década se entregue ahora a una oda al slasher queer completa un arco que dice mucho de su curiosidad y su disposición a arriesgarse.

Gillian antes de Anderson

Para entender por qué la americana se mueve con tanta naturalidad en registros tan distintos, hay que retroceder a una infancia que no fue precisamente lineal. Nació en Chicago en 1968, pero su familia se mudó a Puerto Rico y luego a Londres, donde vivió nueve años en el norte de la ciudad mientras su padre estudiaba producción de cine en Covent Garden.

Esa mezcla de acentos, paisajes y colegios se cortó de golpe cuando la familia regresó a Estados Unidos y se instaló en Grand Rapids, Michigan, donde de pronto era la chica que hablaba raro ante compañeros que nunca habían oído un inglés con inflexión británica. Tuvo que empezar a entonar frases a lo americano para integrarse.

Desde pequeña tuvo un tremendo sentido dramático, pero durante un tiempo este se canalizó en la dirección que todo padre, como es razonable, podría temer: adolescencia punk, piercing en la nariz —ella misma cuenta que se desmayó cuando le pusieron el aro y que su padre se enfureció— y hasta una detención por entrar en el instituto por la noche.

"Estaba enfadada y era mi forma de mantener a la gente a distancia", admitiría después, como recogen las biografías que circulan de la artista. Flirteó con la actuación por una audición para una obra en el City High School. Su mundo cambió: sus notas subieron y halló un lenguaje que la reconciliaba con esa sensibilidad que llevaba tiempo dando tumbos.

Tras graduarse en Bellas Artes por la Escuela de Teatro de la Universidad de DePaul, en Chicago, se trasladó a Nueva York y se hizo un hueco en la escena off-Broadway con la obra Absent Friends, por la que ganó un Theater World Award en 1991. De ahí pasó a Los Ángeles, con la promesa hecha a sí misma de no caer en la televisión.

Pero la industria tenía otros planes: tras meses sin trabajo y castings para proyectos de los que, en realidad, rezaba no ser elegida, acabó obteniendo un papel episódico en Class of '96 y en 1993 se presentó a una prueba para un piloto de ciencia ficción en Fox. Aquella serie se llamaba The X-Files y el personaje, Dana Scully.

David Duchovny y Gillian Anderson en 'The X-Files'. Archivo

Los ejecutivos querían a alguien con más sex appeal para acompañar a David Duchovny, pero el creador, Chris Carter, se empeñó en ella. El mismo día que llegó su último cheque del paro supo que había conseguido el papel, y voló a Vancouver sin imaginar que el personaje la convertiría en un referente mundial.

La serie no fue sólo un éxito profesional, también personal: allí conoció a Clyde Klotz, diseñador asistente de arte con quien se casaría en una ceremonia mínima en Hawái y tendría a su primera hija, Piper. Su embarazo hizo a la Fox improvisar: Chris Carter inventó una trama de abducción para justificar su ausencia mientras se recuperaba de su cesárea.

Activista y autora incansable

Terminada Expediente X, podría haberse instalado en la comodidad de seguir explotando la fórmula, pero eligió el camino áspero: se fue a Londres, volvió al teatro, protagonizó la obra What the Night is For y en cine se atrevió con papeles como la protagonista de The House of Mirth, la mujer atrapada en el Uganda de Idi Amin en The Last King of Scotland, etc.

Entre medias, afinó otra faceta que la define hoy tanto como su trabajo en pantalla: la de activista. Ha apoyado campañas sobre el sida en África, proyectos educativos en Kampala, organizaciones de derechos humanos y asociaciones contra el maltrato animal, y no ha dudado en usar su voz para hablar de neurofibromatosis, la enfermedad rara que afecta a su hermano.

A esto se suma su trabajo como escritora. Junto a Jeff Rovin escribió la serie de novelas de ciencia ficción The EarthEnd Saga. En 2017 publicó We: A Manifesto for Women Everywhere, un libro de autoayuda feminista en el que recopila herramientas nacidas de su experiencia, y así hasta 2026, con Want, que continúa su antología de fantasías sexuales femeninas.

Todo ello lo ha hecho mientras criaba a tres hijos y convivía con la exposición permanente: en 2016, un tabloide insinuó que se había sometido a cirugía estética, lo que ella rechazó. Ese año expresó a The Telegraph que no era "necesariamente anticirugía", pero sí "antivergüenzas asociadas a las mujeres que toman esa decisión, con razón o sin ella, en su propia cabeza".

A los 53 —hoy tiene 57— se describía sin adorno: "No soy perfecta, ¿sabes? Tengo los muslos fofos, estoy envejeciendo". Esa forma de hablar sin filtros ha hecho que se convierta en referente también en conversaciones sobre la edad en la industria, lo que la hace perfecta embajadora de una firma cosmética que defiende a capa y espada el famoso lema "Porque tú lo vales".

En el contexto del Festival de Cannes y el Lights on Women's Worth Award, esa carisma también se reflejaba en una imagen que parecía emitir luz propia gracias a sus rizos dorados. Pero detrás de la fachada hay una biografía llena de curvas y una carrera que ha hecho de las mujeres complejas su territorio natural.

Quizá por eso resulta tan verosímil verla reivindicar a directoras desconocidas, encarnar a una scream queen recluida que se resiste a ser reciclada por el Hollywood woke y preparar su salto a Martha en la obra de teatro ¿Quién teme a Virginia Woolf? Cualquiera diría que el año de Gillian Anderson, aunque estemos en pleno junio, apenas ha empezado.

Entre un slasher que promete convertirse en taquillazo, un drama íntimo, un thriller político familiar para Netflix, un regreso teatral y su tarea de madrina de nuevas directoras, la actriz confirma que el lujo no es tener menos trabajo, sino elegir proyectos que le permitan seguir preguntándose de qué están hechas las historias que contamos sobre las mujeres.