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El teatro se hace carne cuando se recita un guion, no necesariamente cuando alguien admira la interpretación. Sin embargo, una vez al año, la disciplina brilla de forma especial en forma de reconocimientos: los Premios Max se celebran este 1 de junio por primera vez en el Romano de Mérida, el escenario de los escenarios.

Este acontecimiento no podría darse de otra mano que no fuera la de Cristina D. Silveira, directora, coreógrafa e intérprete extremeña, cuyo imaginario gira en torno a la compañía que fundó hace ya 35 años, Karlik Danza Teatro. Parece que todo se ha alineado, aunque seguro que no por casualidad.

Aunque dice haber sentido vértigo ante la misión que tiene por delante, su discurso exhala una tranquilidad palpable incluso al otro lado del teléfono.

Dice que con su obra no busca entretener, que ni siquiera sabe hacerlo. Su objetivo es conmover. Que el espectador no sólo se lleve el presente consigo, sino que desde el futuro se dé una reflexión sobre el pasado.

Este año diriges la gala de los Premios Max en Mérida, un lugar donde el teatro tiene memoria. ¿Qué conversación querías abrir con ese escenario y con este momento concreto de tu vida artística?

Bueno, es un momento importante para mí como coreógrafa, porque mi compañía que es Karlik Danza Teatro cumple 35 años. Entonces es inevitable revisitar un poco todo lo que has hecho.

Además, siendo de esta región, hemos pasado con más de 10 espectáculos en producción o coreografiando para otras, así que la retrospectiva y la evolución está ahí.

Quieres que quede impregnado un poco el lenguaje con el que llevas años trabajando y echas la vista al futuro y la pretensión es que se recuerde la gala, porque es emblemática. Por otra parte, no deja de ser a cielo abierto, en un lugar con tanta historia... De ahí también vas mirando hacia delante, pero también hacia atrás.

Imagen de 'La tumba de Antígona', que llegó a los escenarios de la mano de Cristina D. Silveira en 2022. Cedida

Has hablado de 'La grandeza' como concepto para la ceremonia. En una época acelerada y bastante cínica, ¿qué significa hoy la grandeza en las artes escénicas?

En primer lugar, la idea alude al espacio, pero quería poner en valor la grandeza de los pequeños comienzos, agarrándome un poco a la frase de Parvis Magna —"Así, de lo pequeño, lo grande"—.

Quería partir de nuestra alma como creadora y del ser humano dentro de la grandiosidad de la colectividad, pero me importa mucho el individuo para generar ese colectivo con un pensamiento coherente con los tiempos en los que vivimos.

Tus montajes suelen escapar de lo literal y apelar más a la emoción, al cuerpo, a la intuición. ¿Cómo se traslada ese lenguaje a una gala televisada y sometida al ritmo del espectáculo?

Puse el foco como hilo conductor en el coro y en su importancia, hilando de nuevo con la idea de lo civil, de lo colectivo. Supone tener la fuerza de una voz común a la hora de la presentación y de hilar un poco las actuaciones.

Por otro lado, también están muy presentes todas las pequeñas piezas de nueva creación, como la emoción a través del cuerpo, la voz, las palabras... Y también las artes visuales. Quería trasladar el concepto de grandeza también al hecho creativo.

Después de una carrera como la tuya, ¿qué te daba más vértigo al aceptar dirigir los Max: la dimensión institucional o la exposición pública?

Sucede con cualquier comienzo; en todos parece que estás al borde del abismo. En mi caso, se trata además de la primera gala y además es la de los Premios Max, que es muy importante. La sensación es casi la de un embarazo, sobre todo cuando eres primeriza, cuando los meses previos te van preparando.

Llevo trabajando en esta gala desde que me lo comunicaron, en noviembre. Las ideas del principio se han ido matizando. Por otro lado, he tenido mucho apoyo por parte del comité organizador y de todos los profesionales que conforman el evento.

De todos modos, después de este tiempo me sigo preguntando si estaré preparada para asumir la responsabilidad que supone, aunque pertenezco a esa generación que ya nació con esa capacidad. Creo que lo que me va a ayudar es el camino andado y trabajado. Es lo que me da seguridad.

Además, he tenido ya el primer contacto con el coro de bailarines. Hemos estado 10 días trabajando todas las coreografías, que también te quita un poco ese miedo al abismo.

Como has comentado al inicio, eres de de la región donde se celebran los premios y creo que hay algo muy simbólico, ¿sientes que también en esta posibilidad hay una reivindicación de la periferia cultural?

Es algo positivo porque de otro modo se da ese ombliguismo del que tanto se habla.

Cartel con el anuncio de su rol como directora de la gala de los Premios Max. Cedida

Tus propuestas suelen estar atravesadas por figuras femeninas complejas, heridas, poderosas. Este año vuelven a aparecer Medea, Hécuba o Ceres. ¿Qué tienen todavía que contarnos esas mujeres antiguas sobre el presente?

Era importante para mí comenzar la gala con un ritual del origen del teatro, y ahí aparece nuestra querida Ceres. Pensé que era la mejor ocasión para introducirla por todo lo que tiene que ver con la fertilidad desde el punto de vista creativo. No dejamos de estar celebrando ese plano.

En cuanto a Medea, es muy significativa en el Romano. Margarita Xirgu —una de las actrices y directoras de teatro más importantes del mundo hispanohablante del siglo XX— inauguró el espacio tal y como se conoce a día de hoy con la obra homónima. Por mi parte, fue mi primera incursión aquí en 1998. Es una forma de atravesar nuestra trayectoria.

Hécuba aparece ya al final de la gala, representando el dolor de todas estas madres que están perdiendo a sus hijos en las guerras

De todos modos, hay otra figura importante que quería rescatar para que no todo quedara en la antigüedad clásica grecolatina: Catalina Clara Ramírez de Guzmán, una poetisa extremeña del siglo XVII. La llamaban la retratista de Llerena. Le hacemos un homenaje y pasamos por ese periodo Barroco, al igual que por la contemporaneidad.

¿Crees que el público sigue teniendo hambre de ese misterio que quizás estaba más presente antes cuando no todo era tan accesible?

Deseo que el público quiera seguir yendo al teatro para preguntarse, para verse reflejado, para pensar y también para emocionarse. Es verdad que hay otro tipo de teatro que es para entretenerse —que resulta perfectamente válido—, el cual no sé hacer. Prefiero decir que me gusta más conmover a través del movimiento, remover el alma.

Karlik cumple 35 años y, de alguna manera, esta gala coincide con una especie de reconocimiento institucional a toda una trayectoria. ¿Cómo te relacionas con el éxito?, ¿en qué punto estás ahora?

La palabra éxito es muy fuerte, porque, ¿qué es en realidad? Prefiero hablar de cómo me relaciono con mi trabajo.

Para mí es que después de un espectáculo la gente y el público puedan hablar sobre ello, que al día siguiente, a la semana incluso, con los años, sigan pensando en qué es lo que han visto, ¿no?

Me gusta mucho la indagación, la investigación previa a la creación y claro, en esa situación te encuentras ante la disyuntiva de decir, "¿pero esto le interesa alguien aparte de a mí?". Por lo tanto, ver esa reflexión de las personas que van a verte es lo que me reconforta. Todavía hay gente con ganas de conocer historias nuevas y las que nos han robado.

Como extremeña siempre he tenido esa sensación de estar en lo liminal por encontrarme en la periferia, por dedicarme a la danza y el teatro, pero todas estas dificultades que te vas encontrando son regalos. Y ves que hay algo de reconocimiento. Que en Extremadura hagamos esta gala así es una valoración más.

Después de tantos años, va a nacer la Asociación de Profesionales de la Danza en Extremadura, pero como compañía hemos estado solas en este desierto durante mucho tiempo.

Cristina D. Silveira en acción. Cedida

¿Te preocupa que el teatro contemporáneo haya empezado a explicarse demasiado por miedo a no ser entendido?

Sí, muchas veces es así. Yo como espectadora llevo mal cuando me quieren guiar de forma exagerada en ese sentido. La experiencia tiene que ser como cuando eres un niño y los padres dicen eso de "déjalo, déjalo". Hay que descubrir las cosas sin que la gente te explique, ir generando tu mundo y tus imágenes y, a partir de ahí, arte.

¿Qué lugar ocupa hoy la incomodidad en una industria cultural cada vez más pendiente de agradar?

No busco eso necesariamente. Quiero conmoverme tanto con lo que veo como desde la dirección y siempre lo hago desde el punto de vista de la belleza.

Hay cosas que son difíciles de explicar, pero hay comentarios que lo resumen muy bien. El otro día me dijeron algo muy bonito: "Es una historia muy dura, pero está hecha con tanto amor que me he ido no disfrutando del dolor, sino que me ha devuelto la ilusión por vivir bien".

En tiempos de consumo rápido y scroll, ¿qué sigue teniendo de irreemplazable la experiencia escénica en vivo?

Por eso también la idea de la grandeza, que está en lo más pequeño que tenemos, lo insustituible. Ahí es donde se encuentra el alma humana que, a pesar de que no se ve, no se para de discutir al respecto. Por mucho que utilicemos ciertas herramientas, no dejan de ser eso —en referencia a la IA y las pantallas—, siempre y cuando falte esa parte nuestra.

Por otro lado, el concepto también se encuentra presente en el Romano en el plano visual. Tienes la capacidad de verlo como un cuadro enorme.

¿Cuál sería esa sensación que te gustaría que la gente se llevase a casa tras la gala?

Los ganadores se llevarán la ilusión de su manzana, eso es así. El espectador normal querría que se quedase con la visión de lo fuerte que podemos ser como creadores, pero también que a veces podemos ser muy salvajes como destructores.