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La editorial Espasa publicará el próximo miércoles, día 27 de mayo, Las gobernadoras, la cuarta novela de Cruz Sánchez de Lara. La vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle presenta una novela histórica que desvela el papel invisible pero fundamental de las mujeres y de España en la construcción de Estados Unidos.

En la imagen, la portada de 'Las gobernadoras', de Cruz Sánchez de Lara (Espasa, 2026). Cedida

Tal y como aclaran en la sinopsis de la publicación, ellas no salían en los retratos oficiales. No firmaban leyes. No llevaban uniforme. Pero lo decidían todo.

En ese contexto, a finales del siglo XVIII, en Nueva Orleans, al otro lado del Atlántico, comenzó a tejerse una trama silenciosa que acabaría favoreciendo la independencia de Estados Unidos.

En una tierra marcada por imperios que se reparten el poder a espaldas de sus habitantes, las hermanas Isabel y Felícitas Saint-Maxent fueron educadas no para obedecer, sino para dirigir. Entre salones, bordados y silencios, se construye una red de alianzas, secretos y decisiones capaz de alterar el destino de dos continentes alejados a miles de kilómetros de distancia.

Años después, una nieta descubre que la historia de su familia dista mucho de lo que le contaron. Que existieron cartas ocultas, decisiones impensables, espionaje y traiciones que dolían más por silenciosas. Y que, tras cada gesto diplomático, se libraba una batalla.

Las gobernadoras, entre la cosmopolita Nueva Orleans y la elegante Málaga, es una gran novela de mujeres que supieron sostener un imperio desde la sombra. Una saga poderosa, delicada y profunda sobre lo que significa proteger a los tuyos... incluso cuando el mundo te borra del relato.

Magas presenta en exclusiva el primer capítulo de esta fascinante novela.

***

Málaga, julio de 1795

—Ser hija póstuma de un virrey no te convierte en princesa.

La mujer que dejó a la niña en la puerta de los Unzaga, sin mirarla siquiera, pronunció la frase como sentencia. Luego se evaporó en la Alameda Principal con la ligereza con que se apagan las sombras que nacen del demonio.

La criatura fijó sus ojos en los del portero. Él le tendió la mano y le regaló una sonrisa amplia y luminosa. Guadalupe nunca había visto un rostro tan parecido al chocolate: un hombre marrón, muy oscuro, que la observaba con ternura. Ella quiso imitar su sonrisa, aunque el miedo le cerraba los labios.

A los nueve años, Guadalupe jugaba a la vida con la sensación de llegar siempre tarde. Apenas entendía qué hacía entrando en el patio de aquella casa solariega, en la que vivía su tía Isabel. Nunca le explicaban nada, aunque tampoco había conocido el hambre, el frío nocturno ni la fatiga extrema.

Los adultos parecían conjurados para evitarle todo dolor, ya fuera del cuerpo o del alma. Antes que la necesidad, la hija de Felícitas de Saint-Maxent, condesa de Gálvez, encontraba siempre el remedio. Una costumbre peligrosa para una huérfana cuya madre, desterrada y señalada, había caído en desgracia. La privación en la vida rara vez llega con antídoto.

La casa de Málaga se parecía más a un palacio que a la austeridad de la de Aranjuez. Allí la riqueza se palpaba en el presente, no solo en la memoria. Guadalupe avanzaba seria, los ojos atentos, buscando respuestas para preguntas que todavía no sabía formular.

Su sino no era estar en el lugar correcto ni en el momento oportuno. La tercera hija de Bernardo de Gálvez —aquel virrey de Nueva España convertido en héroe de la independencia de los Estados Unidos de América— había nacido envuelta todavía en el halo de la muerte de su padre, de la que solamente habían transcurrido once días.

Hay personas que pasan la vida marcadas por las circunstancias de su nacimiento. La situación de la niña fue tan excepcional que el Ayuntamiento de México pidió ser el padrino de María Guadalupe Bernarda Felipa de Jesús Juana Nepomucena. El 19 de diciembre de 1786, en la Catedral Metropolitana de México, el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta la bautizó y confirmó en la misma ceremonia.

Actuó en nombre del ayuntamiento el corregidor Francisco Antonio Crespo y para no hacer de menos al padrino elegido inicialmente por la familia, Fernando José Mangino, intervino como padrino de la confirmación. El ayuntamiento regaló a su ahijada una fuente de plata, ricos brocados y joyas de oro, perlas, carey y diamantes. Y a Felícitas, su madre, le entregaron un aderezo con pendientes de diamantes y collar de perlas.

Felícitas había regresado a España con sus hijos, primero con éxito en Madrid y pronto fue desterrada a Valladolid y Zaragoza por su vinculación con los afrancesados y por haberse convertido en la anfitriona de una de las tertulias ilustradas más famosas en la capital.

Así había recalado en Aranjuez, buscando un lugar al que regresar y en el que, sin embargo, no había estado nunca. Aunque fue absuelta cuando el conde de Aranda ascendió al poder, su nombre nunca quedó limpio: en la Corte de Carlos IV las absoluciones eran espejismos, y el señalamiento contra los ilustrados afrancesados permanecía como una marca indeleble.

La vida de Guadalupe ya era azarosa: seis ciudades en menos de una década, pero sin tiempo para conocer la nostalgia. Solo añoraba lo que sucedía en sus sueños. Esa es la bendición de la infancia, la que los adultos persiguen hasta la muerte.

—Gabriel, ¿ha llegado ya la niña? —preguntó Isabel de Unzaga desde el segundo piso, apoyada en la barandilla.

—Aquí está, ma’am.

—¡Ay, qué alegría! —respondió la viuda, bajando presurosa las escaleras mientras recitaba de corrido los nombres de sus nueve hijos, y entonaba una letanía aprendida de memoria—. ¡Rafaela, Luis, Rosario, Francisca, Nisia, Josefa, Francisco, Mariano, Antonia!... bajad todos, vuestra prima ha llegado.

—Ya está aquí la niña —dijo Marilú, la esposa de Gabriel, mientras asomaba con la pequeña Antonia en brazos.

El matrimonio de esclavos vivía aún en la casa. Lo sabían, sería solo por poco tiempo, o al menos hasta que ellos decidieran marcharse. El difunto Luis de Unzaga había dejado en su testamento que, tras tres años más de servicio a Isabel, obtendrían la libertad.

Era un gesto raro y piadoso en tiempos en que la esclavitud sostenía la riqueza de las colonias. De los siervos de Nueva Orleans solo quedaban cinco: Gabriel y Marilú, junto con Vicente, Felisa y Úrsula. El legado de don Luis les otorgaba el derecho a elegir, seguir o marchar. La libertad era un privilegio casi tan valioso como la vida.

Guadalupe, al ver a su tía, sonrió. La reconocía en la fuerza de su porte, en la elegancia que le recordaba a su madre. En su casa siempre se repetía que las mujeres Saint-Maxent encontraban orden y táctica en cada gesto.

"Es mayor, pero se parece a mamá. Y otra señora de color chocolate... y una niña más pequeña que yo... La tía es como las reinas de los cuentos. ¿Será buena? ¿Por qué sonríe tanto al verme?", pensaba atónita, viviendo un teatro donde desfilaban cabezas nuevas que le resultaban familiares. Todo de golpe, sin poder digerirlo.

—La prima se parece a la tía Felícitas —gritó Rafaela desde lo alto.

La joven aún recordaba la imagen de su tía, la virreina viuda, en Málaga, de camino a instalarse a Madrid. Estaba recién llegada de Nueva España y deslumbró tanto a Rafaela que no podía olvidar su belleza y su elegancia.

Los hermanos bajaban acariciando la baranda, entre mármoles blancos, paredes pintadas en celadón y macetas de azahares. El patio malagueño olía a romero y a jazmín. Y sonaba, sobre todo, a familia.

Guadalupe apenas sonreía. Lo justo, porque su madre le había enseñado que así se mostraba la buena educación en una visita. Su atención estaba en Isabel, lo demás era ruido.

Ma précieuse petite fille... por fin en casa, mi pequeña —dijo la viuda, arrodillándose para abrazarla.

La niña dio un paso atrás y se inclinó con reverencia solemne.

—Ay, Guadalupe, eso son cosas de tu madre —rio Isabel—. Ella siempre tan ceremoniosa... Dame un abrazo, que casi no te reconozco.

Al estrecharla, enmudeció. La criatura la miraba con los mismos ojos penetrantes que antaño su madre, Elisabeth, la abuela de la niña; y la exploraba con los dedos, palpando la geografía de su rostro, en busca de recuerdos de esos que no se nombran y que graban el alma. Isabel tembló por dentro.

—Gabriel, suba el equipaje de la niña a su cuarto, que va a conocer a sus primos.

Los nueve Unzaga y Marilú estaban en los primeros peldaños, como espectadores en un anfiteatro privilegiado. Hasta los más pequeños sintieron la barrera de un momento íntimo y especial que no se podía destruir, dejaron que su madre lo viviera en solitario.

—Señora, no trae baúles. Una dama, con malos modos, la dejó en la puerta sin nada.

—¿Y su equipaje? Me lo temía... Marilú, busca toda la ropa que le pueda quedar bien a Guadalupe y prepararemos su armario. Eso no será un problema.

Se giró hacia la pequeña.

—Déjame quitarte ese casquete, hace calor y quiero ver tu rostro —dijo al fin, para romper el silencio.

Guadalupe obedeció y, como en un gesto secreto, levantó la falda de su vestido. En las enaguas asomaba un bolsillo cosido con delicadeza.

—Esto lo hizo mamá.

Isabel, desconcertada, abrió la costura. Había una carta y varios pliegos cosidos con el cuidado de un documento notarial. Eran mensajes ocultos. Felícitas había aprendido en Luisiana el arte de camuflar cartas entre ropas y dobleces, una práctica común en una época en la que las familias criollas de Nueva Orleans ayudaban discretamente a los colonos norteamericanos en su lucha contra Inglaterra.

La viuda se retiró a una habitación contigua y dejó a los niños con su prima recién llegada. Desde allí, escuchó las risas de sus hijos y Guadalupe se dejó contagiar, respondiendo con tímidas sonrisas que aliviaban la pesadumbre del viaje. Isabel se sentó en un sillón de roble, tapizado con seda teñida con índigo, traído de Luisiana, y acarició la tela como quien acaricia un recuerdo. Allí, en soledad, se permitió una lágrima.

La llegada de su sobrina era la constatación de un destino truncado. Su hermana Felícitas, a la que siempre amó y envidió a la vez, seguía marcada por la desgracia.

Acercó la carta a su nariz buscando el leve perfume de jabón de índigo que Felícitas guardaba en su escritorio de Nueva Orleans. "El olfato es el más seductor de los placeres; los mensajes se leen mejor con un buen aroma de fondo", recordaba su voz, joven y vibrante, recién casada con Jean Baptiste d’Etrehan, el criollo más codiciado y atractivo de la región. Entonces volvieron a su memoria las palabras de su madre, Elisabeth La Roche, durante los días de costura en el Cabildo de Nueva Orleans.

—Hijas mías, ya somos gobernadoras: tú, Isabel, desde el poder político; tu hermana, desde el poder económico. Juntas seréis imbatibles.

No eran solo reuniones de aguja y bordado. Eran consejos secretos donde las mujeres, sin voz pública, tejían la política en la sombra.

—Por supuesto que hacemos política —decía su madre—. La hacemos cuando ellos se ausentan... y también cuando están. Nuestros maridos son los altavoces, aunque las palabras, hijas mías, las escribimos nosotras.