Publicada
Actualizada

"No estoy conforme, pero siempre voy a estar a su lado", esa frase de Yolanda, la madre de Noelia Castillo, la joven que ha fallecido por eutanasia a los 25 años, habla de un dilema que mezcla el dolor y el amor incondicional hacia una hija que ha luchado para que le quiten la vida a una edad tan temprana y cuyo caso ha removido los cimientos de la sociedad española.

La muerte asistida es una realidad que está ahí, aunque su escasa incidencia la invisibiliza hasta que se da una noticia tan mediática como esta por todos los condicionantes que la rodean: la juventud de la protagonista, el trágico suceso que lo desencadenó todo y su lucha judicial por conseguir que le permitan morir legalmente en contra de la voluntad de sus progenitores.

La Ley de Eutanasia se aprobó en 2021 y el informe anual de 2024 del Ministerio de Sanidad sitúa su aplicación en torno al 0,10%, lo que corresponde a poco más de 1.000 personas. En otros países como Holanda o Bélgica, la cifra está entre el 3 y el 6%. El suicidio asistido es algo poco frecuente, pero siempre genera controversia.

Noelia Castillo falleció el jueves 26 de marzo. Cedida

Aunque un informe del CIS de 2021, en el que se preguntó si se estaba de acuerdo con legislar esta cuestión contó con más del 70% de apoyo, lo cierto es que, cuando se lleva a la práctica, surgen opiniones encontradas. La ética y las creencias religiosas tienen un alto impacto: no estamos acostumbrados a una muerte provocada y legal.

Es lo que ha pasado con Noelia, que ya descansa en paz y que ha dejado muchas reflexiones en el aire... Su historia ha puesto en lugar protagonista también a su madre, Yolanda, que ahora inicia un proceso complejo no sólo para superar la ausencia, también para evitar cargar con esa culpa de pensar si "podría haber hecho algo más" para evitar el desenlace.

"La figura materna no está diseñada para acompañar el fallecimiento de un hijo: es el conflicto invisible del duelo en la eutanasia", analiza para Magas Mariola Moreno, psicóloga, neurocientífica y directora de Psico-yo.

En efecto, Yolanda no compartía esa decisión, pero siempre se mantuvo a su lado; quiso, incluso, estar presente en el momento de la muerte pero ella no se lo permitió.

"El caso de Noelia sitúa el foco en un punto donde la razón y la biología no van al mismo ritmo. Una elección puede ser comprendida, incluso respetada, pero eso no implica que el cerebro pueda integrarla sin dolor", dice la experta.

Y añade: "Desde la neurociencia del duelo, la posición de su madre es especialmente compleja: amar, no estar de acuerdo y, aun así, acompañar. No es sólo un dilema emocional, es un conflicto neurobiológico. El vínculo materno está sostenido por sistemas de apego profundamente arraigados. No es una construcción simbólica, es un sistema de supervivencia. Por eso, ante la pérdida de un hijo, el órgano no procesa una decisión, sino una amenaza y una ausencia".

En el mismo sentido se pronuncia la psicóloga Ana Villarrubia, que recuerda que una progenitora "vela por el bienestar de su vástago, por supuesto, pero también aspira a proteger la integridad de su vida por encima de sí misma; y lo contradictorio de esta situación genera un conflicto culpable muy particular, lleno de rabia y de dolor".

Duelo anticipado

Uno de los detalles importantes de la nueva circunstancia de Yolanda es saber de antemano que ese fallecimiento se va a producir y la fecha del mismo.

Esto, según Ana, "puede entenderse como el afrontamiento más desgarrador frente a uno de los sentimientos más ingobernables y destructivos del duelo: la negación. Supone lidiar con la realidad cuando uno siente o percibe subjetivamente que aún tiene cierto margen de decisión o capacidad de controlabilidad pese a que las evidencias marcan un camino bien distinto".

Belén Tarrat, psicóloga y cofundadora de Vida y pérdida, explica que nos encontramos ante "un proceso de pérdida anticipado, que se diferencia de una muerte inesperada precisamente por el shock y el impacto de la noticia. La idea de anticipación de este hecho, como nos ocurre con una enfermedad terminal, tiene que ver con que la asimilación es otra".

Eso puede ser de ayuda "para aceptar la situación y darnos tiempo a acompañar, que no siempre nos sentimos capaces. En el caso de la eutanasia, hay también que asimilar la elección, lo que se añade a la aceptación del propio fallecimiento".

Por su parte, la neurocientífica consultada, destaca una "disonancia difícil de resolver: la corteza prefrontal puede comprender, pero los circuitos emocionales no dejan de activar la necesidad de proteger. Esa tensión no se soluciona, se sostiene, y deja huella".

La clínica donde se le practicó la eutanasia a la joven. Europa Press

"Además —precisa—, el cerebro no diferencia claramente entre dolor físico y dolor emocional. En situaciones de pérdida, se activan estructuras como la corteza cingulada anterior y la ínsula, implicadas en el procesamiento de lo primero. Por eso el duelo no es sólo tristeza: es una experiencia corporal real, intensa y persistente".

Y ya está en marcha antes de la muerte, "lo que puede amortiguar el impacto inmediato, pero no la activación posterior del sistema de apego: el órgano seguirá buscando, porque está diseñado para vincularse, no para soltar".

La culpa

Tras la marcha voluntaria, emerge un tsunami de emociones diferentes que Yolanda ha de gestionar y ordenar. Belén Tarrat asegura que es natural que aparezca "la rabia, la frustración, la impotencia de no poder evitar, y a veces esto último puede generar culpa, al pensar que uno podía haber hecho algo. También es normal la tristeza por lo vivido con el sufrimiento de su hija, por la separación…".

Ana Villarrubia explica que cuando su dolor se aplaque mínimamente y "la voluntad de la joven prevalezca sobre eso" encontrará algo de alivio. Aunque llegar a ese estado de cierta amarga serenidad supone un proceso duro repleto de sentimientos contradictorios en el que la sensación de rabia puede llegar a nublar u obstaculizar muchas otras".

Se trata de una culpa compleja, biológica y no lógica, como explica Mariola Moreno, que se basa en no haber podido "evitarlo, por respetar la decisión o incluso por acompañar".

Según la experta, cuando el vínculo es tan profundo, cualquier desenlace deja una sensación de responsabilidad. "El reto principal será la integración: cómo sostener internamente que amar también fue estar presente en una elección que no se compartía", comenta.

Y cita un factor clave: la presencia. "Haber estado hasta el final reduce la vivencia de abandono y facilita, con el tiempo, que el vínculo pueda reorganizarse a nivel interno. No elimina el sufrimiento, pero puede transformarlo en un dolor con sentido, no en uno que desestructura", asegura la neurocientífica.

La empatía

Precisamente el hecho de que Yolanda Ramos haya respetado y acompañado a Noelia en este difícil proceso y que quisiera estar junto a ella en el momento del adiós pone sobre la mesa esa capacidad de empatía que en este caso es especialmente difícil.

Tarrat recuerda esto "no significa comprender, sino ponerse en el lugar del otro y entender sus razones, aunque no sean las suyas, aunque no las apruebe. A veces, en la vida nos toca aceptar situaciones que no queremos, especialmente cuando son irreversibles, como la muerte y no resulta nada fácil. Uno necesita esa capacidad de entendimiento, pero lo más importante no es eso, sino dar la mano, porque es lo único que se puede hacer".

¿Entender puede ayudar a sanar? Es la pregunta que responde la psicóloga Ana Villarubia: "Nunca se comparte el deseo de que esa persona desaparezca, lo que se puede llegar a compartir es la certeza de que no había otra forma humana de acabar con algo que no era curable y que no tenía fecha de caducidad, sino más bien al contrario, que iba a perpetuarse sin límites".

Esa empatía puede contribuir a "no caer en la rumiación de la culpa: 'nunca me rendí pero al mismo tiempo nunca dejé de acompañarla, de comprenderla, de apoyarla … Nunca falté de su lado, sólo luché mientras pensé que debía de hacerlo, pero respeté su libertad, su criterio y, sobre todo, su postura ante la indignidad de la vida a la que estaba condenada…'".

Un largo camino

Han pasado solamente unas horas desde que Noelia se fue, es el inicio del camino de Yolanda, que necesitará acompañamiento y consultas con profesionales para ir colocando las piezas del puzle. Contar con un experto en estos procesos, como Belén Tarrat, se presenta como imprescindible.

"No abordarlo nos puede llevar a generar una distancia, y aunque puede que no sea en un primer tiempo, sí al menos saber que en algún momento será necesario hacer esta terapia. No hay un camino único, por eso a nivel familiar se necesita del respeto y la comunicación acerca de todo esto. Existe la falsa creencia de que compartir el dolor va a aumentar el del otro, pero la realidad es que lo que más separa es el silencio", asegura.

Mariola Moreno, desde su especialidad en neurociencia, explica que el objetivo del duelo "no es cerrar ni olvidar, sino algo más exigente: reconstruirse sin romper el vínculo interno con quien se pierde. Este caso no habla sólo de eutanasia, sino del límite del sistema nervioso cuando tiene que sostener, al mismo tiempo, amor, pérdida y contradicción".

Ana Villarubia apostaría por una "terapia humanista para fomentar la comprensión de la experiencia vivida, terapia cognitivo-conductual para gestionar la intrusividad de los pensamientos y la readaptación progresiva y funcional a la vida...".

"El apoyo de personas afectivamente cercanas, especialmente de aquellos que han atravesado por la misma vivencia, es un importante factor de ayuda y contribuye a la aceptación", detalla.

En definitiva, "es un proceso de inmenso dolor que únicamente es comprensible desde el amor, y que conlleva plazos y decisiones que ningún padre puede asumir repentinamente".

El caso de Noelia Castillo quizá marque un antes y un después en la manera de ver y entender la eutanasia y todo lo que viene detrás.

Deja así de ser un concepto abstracto para convertirse en una historia concreta de dolor, entrega y límites humanos: la de una madre que ha sostenido hasta el final una elección que no compartía pero que eligió acompañar.

Como recuerdan las especialistas consultados, el objetivo del duelo no es olvidar, sino aprender a reconstruirse sin romper el vínculo con quien ya no está.