"Muchas veces me llegaban voces anónimas que decían que no podía ser que yo no lo recordara. Era imposible. Para muchas personas era insoportable enfrentarse a la idea de esa macabra danza masculina alrededor de una cama y de una mujer inerte. Ella no podía ser del todo inocente".
Con esa crudeza narra Gisèle Pelicot (Villingen-Schwenningen, 1952) uno de los capítulos más estremecedores de su vida. El 17 de febrero publica Un himno a la vida —título que recibe su edición en castellano, editada por Lumen—, memorias en las que reconstruye cómo su exmarido la drogó durante años y ofreció su cuerpo inconsciente a decenas de desconocidos.
A través de sus palabras, la mujer que renunció al anonimato en un juicio histórico en Aviñón convierte su biografía en un mapa para entender el caso que sacudió a Francia y al mundo entero. Un libro que no sólo documenta el delito, sino también el proceso íntimo por el que ella misma pasó para entenderlo, sobrevivirlo y reclamar su identidad frente a la devastación.
Una aparente normalidad
Antes de convertirse en el rostro de uno de los casos más mediáticos de la justicia francesa reciente y también en un icono feminista, fue una mujer que creía haber vivido una historia de amor. Se casó con Dominique Pelicot en 1973, dos años tras conocerlo, y juntos construyeron una vida que, vista desde fuera, respondía a los códigos de una estabilidad ordinaria.
Tuvieron tres hijos, compartieron mudanzas, dificultades económicas y reconciliaciones. Ella trabajó durante años en una empresa pública, sosteniendo con su salario el equilibrio doméstico, mientras él alternaba empleos y proyectos. Con el paso del tiempo, esa vida común se convirtió en una memoria compartida que parecía inquebrantable.
Durante años, la vida con el hombre al que cambia de nombre a lo largo de las páginas —"Dominique", "el señor Pelicot", "el monstruo", "la bestia"—, estuvo marcada por tensiones; también por una intimidad que interpretó como el fruto del paso del tiempo. Hubo infidelidades, silencios y heridas, pero nunca imaginó que esas grietas ocultaban una dominación profunda.
Gisèle Pelicot, en una aparición reciente.
"Cuanto más encajo las piezas, más me digo que él podría haberme dejado para siempre, multiplicar sus aventuras y experiencias sexuales, pero en el fondo le era imposible. Yo era 'el final de la pesadilla', la llave de su existencia. Lo importante era poseerme", escribe, utilizando un verbo que adquiere una dimensión brutal cuando se lee a la luz de lo ocurrido.
En 2013, ambos se jubilaron y se trasladaron a Mazan, una pequeña localidad del sur de Francia, cerca de Aviñón. Habían imaginado aquella vivienda como el escenario de una vejez tranquila, un lugar luminoso donde recibir a sus tres hijos y sus nietos, un espacio donde el tiempo dejaría de estar marcado por las obligaciones laborales.
La casa tenía una planta y un jardín que Gisèle Pelicot adoraba. También rincones adquirirían un significado más oscuro años después, cuando comprendiera que había sido el escenario de una violencia sistemática. "¿Intentaba él aislarme? Llegamos el 1 de marzo. Teníamos 60 años. ¿Lo tenía todo planeado? Por la investigación me enteraré de que sí", relata.
Cronología del crimen
Durante años, Gisèle Pelicot creyó que su cuerpo estaba fallando. No tenía otra explicación. Empezó a sufrir pérdidas de memoria que borraban horas enteras de su vida. No eran olvidos normales. "Una inmensa niebla cubría por completo ese día, no recordaba nada, a qué hora me había levantado, cómo iba vestida, qué había comido, si había salido de casa, nada", escribe.
Acudió a médicos, se sometió a pruebas neurológicas y esperó diagnósticos que nunca llegaban. En ausencia de respuestas, buscó explicaciones en la enfermedad: "Tenía la certeza de que iba a morirme de un tumor cerebral, como mi madre", recuerda. Nunca sospechó que eran efectos de las grandes dosis de Temesta que su esposo le administraba sin su conocimiento.
El 2 de noviembre de 2020, acudió a la comisaría de Carpentras creyendo que la policía quería hablar con ella sobre un incidente relacionado con su marido. Dominique había sido detenido tras ser sorprendido grabando bajo la falda de mujeres en un supermercado. Ella no sospechaba nada más. Entró a declarar como esposa. Salió como víctima.
Allí, los agentes le explicaron que habían encontrado miles de vídeos y fotografías en los dispositivos electrónicos de su marido. Material que mostraba, con precisión documental, cómo su entonces compañero de vida la drogaba y permitía que otros hombres —recordemos que hubo 51 condenados— la violaran mientras estaba inconsciente.
El fragmento clave
Sacó una foto y me la tendió. Una mujer con liguero estaba acostada de lado. Un hombre negro tumbado detrás de ella la penetra.
—La mujer de la foto es usted.
—No, no soy yo.
Saqué mis gafas y él una segunda foto. La misma mujer de espaldas, con un hombre tatuado a su lado.
—Es usted.
—No.
No reconocía a los individuos. Ni a esa mujer. Tenía las mejillas muy flácidas. La boca muy caída. Era una muñeca de trapo. Tercera foto. El hombre no se había quitado el jersey de bombero.
No oía lo que me decía el policía. O, mejor dicho, lo oía, pero no tenía nada que ver conmigo. Era como el eco lejano de una voz. "Es su habitación. ¿Las lámparas de las mesitas de noche no son las suyas?".
En los días posteriores, la policía registró el domicilio y halló medicinas ocultas. Blísteres de ansiolíticos. La autora describe con nitidez el momento en que los investigadores sacaron unos calcetines enrollados dentro de unas botas de montaña y cayeron al suelo las pastillas. "Lorazepam, básicamente. Dominique había acabado confesando", escribe.
La investigación demostró que sus agresores no eran figuras excepcionales ni marginales. Eran hombres integrados en la sociedad, con familias, trabajos, vidas normales, lo que señala una verdad inquietante: la violencia que sufrió no fue obra de un monstruo aislado, sino de tipos "como los que nos cruzamos a diario", asegura.
Dominique Pelicot seguía un sistema meticuloso: preparaba cada encuentro, contactaba con hombres en foros de internet y les daba instrucciones precisas. El ritual era siempre el mismo: trituraba los medicamentos y los mezclaba con su comida, esperaba a que perdiera la consciencia y abría la puerta.
Dominique Pelicot durante el juicio.
En una ocasión, el sometimiento llegó a tal punto que el bautizado por la prensa como monstruo de Aviñón organizó los abusos en casa de su hija Caroline, en 2018. "Habíamos ido a cuidar de nuestro nieto en la última semana de vacaciones y nos quedamos unos días más. En un vídeo se ve a un desconocido violándome en la habitación de ella y de mi yerno", narra.
Y añade: "Como se describe en las declaraciones, ya no se preocupaba por guardar las formas; reinaba sobre la noche como una bestia. Probablemente ya me había violado antes de que llegara el desconocido. Le impuso su ritual: desnudarse él también en cuanto cruzara el umbral y hacer un montoncito con sus cosas para asegurarse de que no se dejara nada al salir".
Es uno de los episodios más crudos de su relato, pero no el único. En otro, cuenta que los agresores la observaban incluso fuera de casa. Uno de ellos, por ejemplo, la había saludado educadamente en la panadería del pueblo después de haber participado en su violación. Otro acudió a su casa con el pretexto de comprar ruedas de bicicleta que nunca se llevó.
En sus palabras, "sólo era un pretexto. El tipo quería ver la mercancía, no hay otra forma de decirlo, antes de venir. Pero lo peor era que casi todos ellos negaban la violación, y varios aseguraban que yo me movía, que participaba en su orgía. Mi abogada me había advertido que no sería fácil, que también sospecharían de mí. No me lo esperaba".
Un juicio histórico
El proceso judicial que comenzó en Aviñón en 2024 fue mucho más que eso; fue la vía de Gisèle Pelicot para recuperar su voz. Tomó la decisión de renunciar a la sesión a puerta cerrada, consciente de que esa exposición implicaba riesgos personales. En sus memorias explica que fue una forma de hacerse justicia a sí misma.
Participantes en una manifestación del 8M en Madrid llevan una pancarta con una ilustración de Gisèle Pelicot.
"Jamás me reducirán a ese cuerpo torturado. Mi alma no está ahí, ni la de la niña que fui, ni la de la mujer en la que me he convertido", se lee en su testimonio. Hecho público su nombre, el mundo conoció su historia y Gisèle Pelicot dio un giro de 180 grados al terror sufrido para convertirse en un símbolo de resiliencia y lucha contra la violencia machista.
El proceso fue complejo y vino acompañado de una avalancha de datos reveladores. "La jueza me dijo que, en un sórdido acto de reciprocidad, él había violado a la mujer de uno de mis violadores, a la que habían dormido; que les instaba a todos a no utilizar preservativo —uno tenía VIH, pero afortunadamente no se contagió—".
Incluso, escribe: "Algunos de ellos se habían cruzado conmigo a propósito. Querían verme de cerca y me seguían al supermercado. Dominique les había dicho a qué hora y dónde iríamos a hacer la compra. Era asfixiante ver su monstruosidad desbordándose e invadiendo incluso los momentos más anodinos de nuestra vida".
La activista llegando al juzgado en Aviñón.
El juicio de Mazan concluyó en diciembre de 2024 con un veredicto histórico: los 51 acusados fueron declarados culpables y Dominique Pelicot recibió 20 años de prisión, la pena máxima prevista por violaciones agravadas y por haber organizado durante años las agresiones contra ella mientras estaba drogada e inconsciente.
Las penas para el resto de los hombres, que participaron en distintos grados en las violaciones y agresiones sexuales, oscilaron entre unos 3 y 20 años de cárcel. Sus hijos consideraron aquellas condenas "demasiado leves", y el caso acabó siendo clave para una reforma histórica de la legislación francesa sobre el consentimiento sexual.
Tras el fallo, Pelicot reiteró que nunca se había arrepentido de exigir un juicio público y no a puerta cerrada, subrayando que "la vergüenza tenía que cambiar de bando" y agradeciendo el apoyo de los periodistas que llenaron la sala durante las vistas y de todos los profesionales que se ocuparon de recopilar los detalles, a quienes, agradece, "les debo la vida".
Mientras Dominique Pelicot decidió no recurrir, 17 condenados anunciaron recursos para intentar rebajar sus penas, pero todos salvo uno terminaron retirándolos; ese único apelante, Husamettin Dogan, obrero de 44 años, alegó su inocencia pese a las imágenes y alargó la batalla judicial. El tribunal acabó sumándole un año —a 10— a la pena de prisión original.
Un himno a la vida
Este libro está construido sobre la necesidad de comprender. Incluso después del juicio, sus memorias quedan atravesadas por preguntas que nunca tendrán respuesta. "Cuando me mirabas por la mañana, ¿ni por un instante sentiste lástima por mí? ¿Ni por un instante te dijiste que tenías que parar?", se dirige al que fue su marido y agresor durante años.
Sin embargo, Un himno a la vida —Et la joie de vivre es el título original de esta obra— no es sólo un relato de destrucción. Es también el de una reconstrucción. En las últimas páginas, su voz cambia. Se vuelve más firme, más serena. "Con este libro quiero dejar constancia de lo que me sucedió después", escribe.
"Decir que ya no me da miedo estar sola, que ahora consigo dormir en la oscuridad, lo cual es una gran victoria. Decir que renacemos de nuestras cenizas, que he recuperado la alegría de vivir, que amo a Jean-Loup [su actual pareja]. Que estoy viva", confiesa la autora al mundo entero en 22 idiomas.
Portada del libro editado por Lumen (2026).
Y concluye: "Necesito creer en el amor. Lo recibí de mis padres con intensidad, pero durante muy poco tiempo, y siempre he creído que salvaba de todo, incluso he creído que sabía darlo. Ahora sé que me viene una herida profunda en mi interior y que me hace vulnerable. Pero acepto esta fragilidad, este riesgo. Para luchar contra el vacío, necesito amar".
