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Jung Chang se retrasa un poco porque está al teléfono. La cronista china más influyente del mundo, la principal voz crítica femenina del gigante rojo, ha elegido atender esta entrevista en el Hotel Villareal, frente al Congreso de los Diputados de Madrid, conocido por sus enormes retratos de Warhol.

Nacida en 1952 en la provincia de Sichuán, su cabello se eleva como una mata indomable mientras camina, y su perfil carismático se recorta también sobre el fondo del salón como uno más de esos coloridos iconos femeninos.

La primera mujer de la República Popular China en doctorarse fuera de su país —en Inglaterra— lleva un suéter con estampados geométricos azules y unos pendientes con forma de flores. No es un detalle menor, como esclarece más adelante.

Cinco minutos más tarde, se disculpa. Estaba hablando con su madre. A ella está dedicada, de hecho, la segunda parte de la crónica Vuelan los cisnes salvajes (Lumen), la cual comienza con la frase: "Para mi madre, a cuyo lecho de muerte no puedo acudir".

"Acaba de llamarme, a través de su cuidadora. No podemos hablar mucho, porque está muy frágil, no disfrutamos de comunicaciones muy largas. Pero sigue estando ahí. Me siento mucho más fuerte teniéndola al otro lado de la línea", explica.

Todo su proyecto vital se inspira en ella, Xia De-hong —literalmente, cisne salvaje—, pero la última vez que la pudo ver en persona fue en 2018. "Al menos lo hago a través de la pantalla. No es lo mismo. Me encantaría darle un abrazo, cogerle la mano cuando se sintiese mal por su fragilidad física. Y no podemos hacer todo eso", dice mientras suspira.

En la imagen, junto al escritor Martin Amis. Cedida

No puede visitarla desde que cambiaron las leyes en China. "Cuando publiqué Wild Swans a principios de los 90, el régimen del Gobierno era lo suficientemente abierto y relajado como para permitirme ir a verla, viajar y hacer una investigación sobre la vida de Mao" , comenta.

"Después, cuando se publica mi biografía de Mao, en el 2005, Pekín intentó prohibirme la entrada en el país", afirma sin rodeos. "El gobierno británico me ayudó, llegó a un acuerdo con ellos, lo cual me permitía viajar y visitar a mi madre un par de semanas al año. Por supuesto, bajo vigilancia estatal, como dentro de una burbuja: no podía tener contacto con el público, sólo iba a estar con ella".

"Pero todo cambió en 2018, cuando Xi Jinping se declaró a sí mismo líder supremo en China, cambiando la Constitución. Una de las primeras órdenes que dio fue la de que si te acusaba de haber insultado a un héroe revolucionario, eso fuera un crimen castigado con prisión. Y Mao era el héroe revolucionario número uno para Xi", detalla.

"¡El retrato de Mao sigue en Tiananmén y su cara está en todos los billetes chinos! Me di cuenta en este momento de que, si volvía, mi problema no iba a ser entrar, sino el no ser capaz de salir. Entonces fue cuando tomé esta dolorosa decisión de no volver junto a mi madre", dice.

El comienzo

Los medios más importantes del mundo la persiguen esta semana. The Guardian, The New York Times o The Financial Times, todos escriben sobre la valentía y singularidad de este retrato del país asiático, cuya primera parte cayó como una losa —se tradujo a 40 idiomas y vendió 15 millones de ejemplares—, en un momento internacional complejo.   

Jung describe sus giras mundiales como montañas rusas emocionales, pero le gustan: "Me siento muy feliz, estoy contenta. Me gusta hablar con periodistas".

Toda historia tiene un principio. Podemos situarlo en febrero de 1988, cuando llevaba una década viviendo fuera y su madre logró visitarla en Londres. Chang le pidió que durante el día, mientras ella estaba trabajando, se quedase sentada en una mesa con flores y grabase los recuerdos de las historias familiares.

Al final reunió casi 60 horas, comenzando con la infancia de su abuela, que había sido concubina en la China Imperial, pasando por Mao, la Gran Hambruna y la Revolución Cultural, hasta llegar al presente.

Aquel valioso material se convertiría en el memoir chino más influyente de Occidente, Wild Swans (1991). Luego vendrían una controvertida biografía de Mao y otra de Cixí, la última emperatriz.

Imagen de una ejecución de contrarrevolucionarios contemplada por multitudes organizadas. Cedida

¿Cuál es la motivación principal de su arriesgada carrera? ¿Un ajuste de cuentas?, ¿un relato personal como antídoto contra el dolor del recuerdo?, ¿cree Chang que una historia íntima puede ser más duradera y veraz que un monumento histórico construido por un Estado?

Ella responde que su motivación es clara: "Escribir las historias de mi familia y la mía, y también la de China de manera honesta, siguiendo la verdad". Con lo que eso significa.

Echando cuentas, la cronista nació en 1952, ya bajo el gobierno de Mao, que fundó la China comunista en 1949. Y viviría sucesivamente la Gran Hambruna (1958-1961), la Revolución Cultural (1966-1976), las reformas de Xiaoping (1978) y la llegada de Xi Jinping al poder en 2012.

"Mi infancia antes de los 14 fue en una familia en la que había amor y tranquilidad. Pero cuando cumplí esa edad, empezó lo que se conoce como Revolución Cultural, en el año 66, y el resto de mi niñez en una palabra sería terror", añade.

Describe su vivencia del periodo como horrorosa. Señala que se ha llegado a describir como "el Holocausto chino. Tal vez no sé si deberíamos utilizar esa palabra, pero para mí es como la misma imagen terrible y devastadora. China era un país totalmente aislado del resto del mundo; la puerta no estaba abierta y estaba fuera de cualquier pregunta plantearse que podrías irte de allí, marcharte".

Al principio de su juventud, ingresó en la Guardia Roja y trabajó como campesina, 'médica descalza', obrera siderúrgica y electricista. Incluso cambió su nombre —de Er-hong, segundo cisne salvaje, a Jung, asuntos de guerra—, para buscar más respeto.

"Nadie intentaba salir de China. Huir era alta traición, pero además el caso era adónde ibas, cómo se veía Occidente, no teníamos ni idea", aclara.

Recuerda el momento exacto en el que su mente se rompió y comenzó "de manera consciente a darse cuenta de que no me gustaba la sociedad en la que vivíamos. Fue cuando cumplí 16 y escribí mi primer poema".

Protestas en China. Cedida

"Estaba garabateando encima de aquel poema y arreglándolo un poco, cuando llegaron los guardias rojos para hacer una redada. Rápidamente fui al baño para romperlo y tirar de la cadena para que el agua se llevase los trozos de papel", relata a este medio sobre el punto de inflexión.

"Después, tumbada en una cama, escuché llorar a mi abuela en la habitación de al lado. Mis padres habían sido detenidos, casi en prisión, y en ese momento pensé: si se nos ha dicho que la China comunista es el paraíso en la Tierra… si esto es el paraíso, ¿cómo es el infierno?", rememora.

Las flores de Hyde Park

En 1978, con el apoyo de su madre, logró salir del país para un viaje grupal de estudios. Así fue como descubrió Inglaterra. "Yo no sé si has estado, pero cuando llegué a Londres, fui una de las primeras personas chinas a las que se les había permitido salir para estudiar en Occidente".

"Llegué con un grupo de personas que estábamos bajo el control de la embajada. No se nos permitía salir solos, teníamos que movernos en grupo. El primer día fuimos a Hyde Park. En Londres hay parques enormes. Sentí una alegría salvaje porque, en China, Mao había sido tan extremo que había incluso condenado el cultivar césped y flores. Lo denominaba como un hábito burgués", explica.

"Cuando tenía 13 años, Mao se puso en contra del césped y lo condenó. Mis padres y yo teníamos que salir al jardín y cortarlo. Mis compañeros de clase y yo teníamos que arrancarlo también del colegio y yo estaba muy triste porque me encantaba. Pero claro, me tenía que criticar a mí misma por albergar pensamientos que iban contra las enseñanzas", añade.  

"Nunca había visto jardines como los de la capital británica. Todos habían sido podados. Cuando salí de mi país, todavía no había tantos colores. Y cuando llegué a ese mundo inmenso, estaba loca de alegría. Quería abrazar esa hierba", comenta.

Un puesto en un mercado rural que vendía ingredientes para la medicina china. Cedida

En su nueva crónica describe ampliamente esa época: cómo se sintió el primer día que se maquilló, el primer novio occidental que tuvo, la primera obra de Shakespeare a la que asistió y el primer restaurante que pagó (todas prácticas no habituales pese a su estatus privilegiado en China).

Entonces, comenzó a estudiar un doctorado en la Universidad de York, algo que destaca como muy importante. Explica que se trató de un ejercicio intelectual fuerte, enfocado en la lingüística y sus formas de expresión, que conectó su mente en otras direcciones. "Fui la primera persona de la China comunista en lograrlo en un centro británico. Fue en el año 82", explica.

"Lo que más recuerdo de esa época es una conversación con el profesor Le Page. Hablamos sobre mi tesis, acerca de diferentes teorías de la lingüística. Él me escuchaba y al final me dijo: 'Ahora muéstrame tu trabajo'. Le contesté que ni siquiera había empezado y respondió: '¡Pero si tienes todas las conclusiones ya!'.

"Esa frase de repente me abrió la mente y desenredó un nudo que había estado atado en mi cerebro por un adoctrinamiento totalitario llamado educación", añade.

"En esa época me di cuenta de cómo de importante es eso y llegar a resultados desde los hechos, no como en China se nos había enseñado a hacer, empezando con teorías marxistas, pensamientos de Mao o del partido", señala.

Y concreta más: "Eso se ha convertido en una guía cuando me convertí en escritora de historia y biografías. Siempre he seguido lo que ha sucedido, lo busco y sigo las evidencias, y después llego a conclusiones. Eso es lo más importante que he sacado de mis años en la Universidad de York".

La biografía de Mao

En 1983 se levantó la prohibición de casarse con extranjeros en Pekín. Tres años más tarde, Jung publicaría junto a su pareja, Jon Halliday, una biografía de la viuda de Sun Yat-Sen —médico y expresidente de la República de China— e iniciarían una larga investigación de 10 años para escribir a cuatro manos una biografía de Mao. Un proyecto no exento de riesgos.   

Para ello, llevaron a cabo entrevistas a personajes tan conocidos como Bush, Imelda Marcos… o Kissinger, el encuentro que más le sorprendió. "No hicimos estas rondas para preguntarles por su punto de vista sobre Mao. No nos interesaban sus pensamientos ni sus reflexiones. Les inquiríamos por los hechos, por sus encuentros y asuntos con él", detalla.

Jung Chang entrevistando a un campesino en 1994, mientras investigaba sobre Mao. Cedida

"En un momento de la entrevista con Kissinger, nos estaba hablando de un oficial y yo le dije que aquello no era lo que decían las transcripciones de las conversaciones. De repente, casi se puso de pie. Y dijo: "¿Qué transcripciones?, ¿de dónde las habéis sacado? ¡Si los chinos os las han entregado, eso está muy mal, son comunicaciones privadas entre jefes de Estado!'", recuerda.

"De hecho, lo teníamos todo en un archivo de Washington que Jon había conseguido. La biografía de Mao que hicimos estuvo basada en documentos. Los cuestionarios personales eran para rellenar huecos y añadir colores al libro, pero la base fundamental de nuestra obra eran documentos", continúa.

"Kissinger habló conmigo. Me dijo que Mao y él hacían bromas sobre mujeres —me contó que de carácter desagradable—. Me preguntó a mí qué podría significar eso. Mao hacía un juego de palabras con su nombre porque empezaba por kiss —besar, en inglés—. Le decía que nuestras chicas estaban preocupadas por si él no daba la talla, y que si era experto en dar besos", explica.

"Le conté a Kissinger que Mao básicamente lo que estaba haciendo eran burlas con él para crear una atmósfera íntima y amistosa y conseguir lo que él quería. Y el estadounidense me dijo que quizás sí, pero que el Departamento de Estado le había dicho que esas palabras también tenían un significado político en relación a la señora Mao. En esta charla, Mao también cuestionó a Kissinger sobre Hitler y dijo que era un romántico", dice, continuando con el impactante relato.

El futuro de China

Superviviente de un cáncer, Jung Chang no tiene miedo a las represalias. En la crónica que presenta ahora cuenta muchos más detalles, habla de presiones políticas, de vigilancia digital, de denegación de visas y del sentimiento de culpa de haber causado problemas a sus seres queridos. "El presidente Jinping venera a Mao, y su objetivo es crear un estado maoísta con rasgos capitalistas", escribe.   

¿Qué parte de esta nueva crónica ha sido la más difícil de escribir?

Hubo un momento en el que sentí que me era insoportable volver a la muerte de mi abuela en la Revolución Cultural. Regresar a lo que había escrito para comprobar esos recuerdos y lo que había sucedido, porque han pasado muchos años. Falleció en 1969, pero cuando leí de nuevo estos pasajes y los viejos recuerdos volvieron a la superficie, sentí muchísimo dolor, por eso me di prisa en dejar esas páginas atrás.

Retrato de la autora. Cedida

¿Tiende a ser optimista sobre el futuro de China?

Sí, pero no soy muy buena haciendo predicciones de futuro. De hecho, hace años que, como muchas personas en Occidente, llegué a pensar que el crecimiento económico iba a llevar a un auge de la clase media y que iban a intentar lograr la democracia.

¿Se equivocó el planeta entero al analizar lo que estaba pasando allí en los albores del siglo XX?

Todos cometimos el error. El Partido Comunista tiene sus propios planes. Quieren que el país sea próspero, pero en el momento de conseguir estas expectativas, lo que pretenden es asegurarse de que el partido siga en el poder y que nunca lo pierda.

¿Es su madre una metáfora de la nación China?   

No creo. China es un lugar demasiado complejo, con millones de personas. Me gustaría pensar que todos son como ella. Pero el hecho es que no es así. Mi madre es una persona extraordinaria y, desafortunadamente, no creo que alguien como ella pueda representar el espíritu de la nación.