Cristina Araujo regresa con Distancia de fuga (Tusquets, 2026), su nueva novela, en la que explora con sensibilidad y profundidad las complejidades del amor, el deseo y las relaciones humanas.
Tras darse a conocer con Mira a esa chica (Tusquets, 2022) —obra galardonada que aborda una violación grupal a una joven y sus consecuencias psicológicas y sociales—, cambia de registro para sumergirse en la atracción, la inseguridad y la intensidad de los vínculos afectivos.
Aquí, la autora examina cómo la emoción, la vulnerabilidad y los límites personales se entrelazan en la vida contemporánea, mostrando la tensión constante entre intimidad, deseo y la necesidad de protegerse a uno mismo.
En un contexto donde el éxito y la visibilidad atraviesan incluso la intimidad, ¿queda espacio para vínculos que no estén medidos por la productividad o el estatus?
Las redes han vuelto todo más expositivo: no sólo se muestran los logros; también el proceso y la expectativa. Eso puede interferir en cómo sentimos las cosas. A veces vivimos más pendientes de cómo se ve una experiencia que de vivirla. En este libro no he querido explorar esa dimensión; he intentado retratar los afectos desde un lugar más puro y directo.
La escritora publica 'Distancia de fuga' (Tusquets, 2026).
¿Hasta qué punto crees que seguimos idealizando el éxito, incluso conociendo sus costes personales?
Hoy se conoce mucho más su parte oscura porque hay mayor visibilidad de todo. Los privilegios tienen un coste. Siempre admiramos la libertad que parece tener quien ha alcanzado la cima, la sensación de que pueden hacer lo que quieren, que nadie los detiene, que no hay límites para ellos.
Pero no es así. Muchas veces hay obligaciones autoimpuestas o coacciones sutiles: agendas que deben cumplir por el bien de su carrera, entrevistas que no pueden saltarse, viajes que no pueden evitar. Además, la exposición constante genera inseguridades y complejos. Siempre hay que dar la mejor cara, con la pareja, con el cuerpo, con todo.
Incluso en eventos como los Globos de Oro, después de las fiestas navideñas, es fácil imaginar cuántas de esas chicas habrán pasado por excesos para mantenerse en la imagen pública. Hay un lado muy oscuro del éxito, que no todo el mundo vive de la misma manera, pero que me interesaba explorar.
¿Crees que seguimos asociando la fortaleza con el éxito?
Ahora ya no lo sé; quizá antes sí. Antes de la era de las redes sociales, de conocer hasta el más mínimo detalle de la vida de las personas, la crítica existía, pero estaba mucho más controlada. Podía aparecer en un periódico de papel o en televisión, y cuando el ejemplar dejaba de circular o el programa terminaba, ya no tenía alcance ni validez para la mayoría.
Hoy, en cambio, todo se analiza y se disecciona muchísimo más. La imagen de fortaleza que antes se atribuía a los exitosos se desmantela: se buscan todo tipo de debilidades. Pero eso no siempre es negativo; conocer esas flaquezas puede hacer que los veas con una luz más comprensiva.
En los años 50, los actores o músicos parecían lejanos y casi inaccesibles, y era difícil imaginar cómo eran sus vidas por dentro. Hoy, en cambio, ellos mismos cuentan y exponen sus procesos mentales, sus momentos bajos e incluso experiencias en clínicas, así que la fortaleza ya no se asocia tanto con el éxito como antes.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a acompañar a alguien cuando su mundo crece y el nuestro no?
Depende mucho de la disposición de ambas personas. Si uno alcanza un éxito enorme —económico, social y vital—, es importante que exista la voluntad de integrar al otro, de que siga siendo una parte central de su vida y no alguien que queda al margen de ese crecimiento.
Pero también es fundamental que quien acompaña no sienta que pierde su identidad, su orgullo o su proyecto personal. No se trata sólo de adaptarse, sino de encontrar un lugar propio, quizá transformando la trayectoria profesional o vital, pero sin vivir permanentemente a la sombra del otro.
Eso exige flexibilidad por parte de los dos y una relación muy sólida y segura. Puede funcionar; hay parejas que lo demuestran, pero no es fácil.
La escritora se sienta con Magas para conversar sobre amor, deseo, la complejidad de la conducta humana y el precio del éxito.
Cuando publicaste Mira a esa chica, compartías un hecho brutal. En Distancia de Fuga, es una historia de amor. ¿Qué te resulta más complejo: el doble extremo o las zonas grises del deseo?
Lo más complejo son las zonas grises. En Mira a esa chica trabajé desde una investigación y puse mucho de mi experiencia, aunque de adolescencia, no del drama de la violación.
Las situaciones extremas me atraen porque revelan mucho del comportamiento humano, pero las zonas grises me fascinan por las ambigüedades y contradicciones: la conducta humana es situacional, no siempre lineal ni hipócrita.
Además, explorar estas zonas permite investigar cómo cambian la personalidad, las prioridades y los límites a lo largo de los años. Esa complejidad es la que más me interesa.
En tus novelas aparece una experiencia íntima atravesada por factores extremos como la fama, las redes o la opinión pública. ¿Te preocupa cómo lo privado se vuelve cada vez más público, tanto en lo social como en lo personal?
Sí, me preocupa lo que pasa en la sociedad; no me parece correcto. Antes, por ejemplo, el bullying —como se refleja en Mira a esa chica— se limitaba a tu clase o colegio, y podías alejarte si se extendía demasiado. Hoy, con las redes sociales, todo el mundo puede criticar y opinar; todos tienen un micrófono, y no siempre se hace con conocimiento o humildad.
Eso me preocupa y no me gusta. En lo personal, no lo he sufrido, y tampoco me interesa exponer mi vida; intento mantenerla privada. Todos tenemos una intimidad importante. Para mí, esa frontera sigue siendo intocable.
¿Qué cambios has percibido en la conversación social sobre violencia sexual y abuso desde entonces hasta hoy?
He notado cambios, sobre todo en generaciones más jóvenes. Hay actitudes y comentarios que antes estaban muy normalizados —bromas, frases hechas, etc.— que hoy ya no se toleran igual. Ese tipo de humor ha desaparecido bastante y también percibo más cuidado en la forma de hablar y de comportarse, especialmente en entornos laborales.
Aun así, creo que el cambio no es uniforme. Hay ámbitos, como el de la paternidad o ciertas dinámicas de poder, donde todavía queda mucho por hacer. El avance existe, pero no es completo.
En tu obra desmontas la idea de la "víctima perfecta". ¿Por qué crees que seguimos necesitando ejemplos extremos para creer en el sufrimiento?
Creo que esa necesidad ha disminuido. Antes parecía imprescindible justificar a la víctima a través de su pasado, su comportamiento o incluso su aspecto. Hoy noto, al menos socialmente, una mayor disposición a creer y defender sin exigir ese historial previo. Eso me parece un avance importante, aunque no sé hasta qué punto se refleja en lo legal.
Cristina Araujo, fotografiada en la conversación.
Precisamente en el ámbito judicial, médico o social, ¿hay algo que te siga sorprendiendo?
No sé en lo legal, porque no he seguido el tema, pero me sorprendieron mucho algunas preguntas que aparecían en las transcripciones judiciales que utilicé. No sólo por si eran justas o injustas, sino por la falta de ciertos conocimientos básicos. Por ejemplo, preguntas sobre la lubricación, cuando se sabe que puede ser una respuesta fisiológica al dolor, no al placer.
Creo que quien juzga debería tener una formación mínima interdisciplinar, igual que en medicina se entiende que un síntoma puede tener causas que no son evidentes. Cuestionar sin informarse antes puede llevar a conclusiones muy dañinas.
Quiero pensar que esto ha cambiado, pero no lo sé con certeza. Sí sigo viendo que, especialmente en agresiones grupales, falla algo fundamental: la conciencia. Me sorprende que dentro de un grupo no haya nadie que se detenga y diga que se ha cruzado un límite. Vamos todos en manada y no nos paramos a pensar.
¿Qué efecto tiene esa conexión colectiva en las víctimas?
Para mí no es tanto una promesa de esperanza en el sentido de que todo vaya a cambiar, porque no sabemos cuánto duran estas cosas. A veces, tras un hecho muy fuerte, se genera una unión muy intensa, pero con el tiempo cada uno vuelve a su vida y a saber cómo se comporta después de manera individual.
El grupo crea una energía y una fuerza muy potentes —lo he sentido en manifestaciones—, pero estar solo frente a determinadas situaciones es distinto. Lo que sí me interesa de esa conexión es lo que puede generar en las víctimas: la sensación de alivio, de calor, de saber que alguien las ha escuchado, aunque sea por un momento o en silencio desde sus casas.
En ambas obras te interesa el "después" de experiencias traumáticas. ¿Cómo se vive eso para quienes lo experimentan?
En la otra novela siempre me interesó hablar de ello. Cuando ocurre algo muy fuerte —un asesinato, un accidente, una agresión—, toda la atención se concentra en el momento. La gente siente, apoya y se conmueve. Pero luego pasa otra noticia y esas historias quedan atrás.
Para quienes lo viven, el "después" no termina: forma parte de su vida. Pensaba en cómo seguirían día a día, en los aniversarios, las navidades, el regreso al colegio, en quiénes perderían contacto o confianza y quiénes aparecerían.
Incluso ahora pienso en la gente del Bataclán: alguien puede no superar nunca lo ocurrido, reaccionando incluso ante un petardo. Las experiencias traumáticas refractan la vida de formas inesperadas.
Me parecía justo narrar ese "después", porque aunque para muchos el tema desaparezca de los titulares, para quienes lo vivieron sigue presente. Olvidar no siempre es indiferencia; es también supervivencia. Cada persona tiene sus fases y su manera de continuar.
La autora, junto a la periodista Rosa Sánchez de la Vega en la entrevista para Magas.
¿Cuesta escribir sobre el amor?
Sí, pero me apasiona. Lo importante es no caer en lo cursi o excesivo, y para ello uso la ironía o al narrador como contrapeso cuando la emoción se intensifica.
Te diste a conocer con una historia muy dura. ¿Qué crees que espera ahora el lector?
Me genera mucha curiosidad cómo reaccionará, porque esta novela es muy distinta a la anterior. A algunos les gustará más por su tipo de historia.
Para mí ha sido un libro muy especial: lo disfruté incluso en el sufrimiento y me emocioné con los personajes en cada relectura. No garantiza que provoque lo mismo en los lectores, pero fue una obra en la que estuve muy implicada emocionalmente.
