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Mayte Uceda, comprometida con la memoria histórica y las raíces de su tierra, nos transporta a la Asturias de los años 30, marcada por la desigualdad, las huelgas mineras y la convulsa Segunda República.

Amores paralelos sigue a Estefanía y Selina, dos hermanas cuyas decisiones personales reflejan cómo el amor, la política y la clase social se entrelazan en un país dividido.

La novela ofrece un retrato intenso de conflictos sociales, polarización y memoria histórica, invitando a reflexionar sobre cómo los vínculos familiares y la memoria del pasado sobreviven a las heridas de la historia.

Mayte Uceda, en Madrid. Esteban Palazuelos

Has situado Amores paralelos en la Asturias de los años 30, un período lleno de tensiones sociales. ¿Qué te atraía de esa época y cómo condiciona la historia?

Quise explorar ese momento porque necesitaba comprenderlo a fondo. Soy asturiana y provengo de una familia minera, y siempre me ha impactado la violencia del estallido revolucionario. Pronto comprendí que la historia no comienza en 1934, sino mucho antes, así que necesitaba dos familias con miradas enfrentadas para mostrar el conflicto que quería contar.

La novela se abre con la Revolución de 1934, un episodio que muchos consideran un punto de no retorno. ¿Te interesaba abordarla como un fracaso político o como una tragedia humana?

Mucho más lo segundo. El contexto político puede leerse dentro del marco europeo de la época, un periodo marcado por una violencia extrema. No fue un fenómeno exclusivamente español —basta pensar en Los garrotazos de Goya como metáfora—, sino una polarización que atravesó toda Europa.

Desde ese enfoque, lo que me interesaba era entender cómo se llegó hasta allí, cómo la violencia política y social fue impregnando la vida de las personas.

Centrándonos en la revolución minera, ¿siempre se ha contado desde el heroísmo y no desde el coste real para las familias?

Sí, se ha idealizado mucho: los mineros como héroes defendiendo sus derechos. Es cierto, pero yo relato los hechos sin justificarlos, para que el lector saque sus propias conclusiones. Siempre se ha exaltado su fortaleza y resistencia, que son reales: la minería asturiana exige fuerza, y quien no la tiene no sobrevive.

En aquellos años, las personas estaban acostumbradas al sufrimiento y a la muerte; no tenían nada que perder.

¿Tu familia paterna también estuvo vinculada a este sector?

Mi abuelo fue minero durante un tiempo, y mi padre, el mayor de los hermanos, empezó a trabajar en la misma mina. De hecho, fue uno de esos niños a los que se les falsificó la edad para poder entrar a trabajar.

Hay otro factor muy importante: la diferencia de clases. ¿Querías mostrar hasta qué punto el origen marca el destino?

Estoy segura de que lo determina en gran parte del destino. Si naces en una familia de mineros, difícilmente puedes escapar: padre minero, hijo minero, generación tras generación. Nacer en un lugar que ofrece trabajo hace que no tengas que ir a un sitio desconocido.

Además, era una época con índices de analfabetismo muy altos. Acabar en la mina era casi inevitable. Salir de ese agujero negro y de una vida de sufrimiento resultaba muy complicado, sobre todo cuando habías nacido allí.

Tus personajes femeninos se casan con hombres muy distintos. ¿Qué buscabas mostrar con eso?

Buscaba mostrar el conflicto entre dos mundos: el de los mineros y el de la Guardia Civil, que los reprimía durante las huelgas, y más tarde también la Guardia de Asalto. Había unos 30.000 mineros, muy combativos, y los enfrentamientos también ocurrían entre sindicatos.

Durante la Revolución, asaltaron los cuarteles. Quise sentar a un agente y a un minero en la misma mesa para exponer sus opiniones. Lo conseguí, aunque no tan tranquila ni pacíficamente como hubiera deseado.

¿Crees que hoy seguimos disfrazando la desigualdad con discursos meritocráticos?

Desde luego. Parece que las desigualdades no existen si reducimos todo a un sistema de mérito, pero quienes parten desde abajo no tienen las mismas oportunidades. Por eso, siguen presentes.

Trasladarlo a los años 30 sería aún más extremo: la desigualdad social era abismal, no solo en la minería del norte. En el campo andaluz, por ejemplo, muchos niños no llegaban a cumplir los tres años.

Los campesinos, obreros y mineros estaban fuertemente sindicalizados. En España, con unos 19 millones de habitantes, había alrededor de 1,5 millones afiliados a la CNT y cerca de 1,4 a la UGT.

Los líderes sindicales competían entre sí por dirigir las reformas y logros, y esa lucha interna también se trasladaba a la calle. Sólo se unían frente al sindicato católico, minoritario, con el que la patronal negociaba.

Sentarlos en la misma mesa para debatir, no para pelear: ¿es posible hoy un diálogo así?

Sí. Comparado con la República, cuando hubo unos 2.000 asesinatos políticos, hoy la violencia no está en las calles. Tenemos más sentido común, educación y cultura; hemos avanzado. Aun así, las discusiones persisten y son inevitables. La política tal y como está ahora mismo, tiene que surgir. Es necesario porque todas las decisiones nos afectan.

¿Callar es una forma de supervivencia o importa más nombrar?

A veces puede serlo, pero para mí el silencio no se justifica. Hay que hablar y posicionarse, aunque sea difícil. Sabía que tratar la Segunda República generaría preguntas incómodas, un tema que pocos escritores abordan. Descubrí esa resistencia tarde, ya con toda la documentación hecha, que además fue complicada de reunir. Y supe que la verdad se alcanza.

¿Con qué te encontraste que te hizo pensar: “Esto lo tengo que contar”?

Con la verdad de una sociedad profundamente marcada por la política, la economía y los desencuentros sociales. Es un todo: la crisis económica genera pobreza y esta violencia.

Ahora bien, también se puede pensar que la violencia política provoca violencia en las calles o incluso al revés: que esa pobreza y esa violencia social empujan a una clase política que, tratando de resolverla, acaba recurriendo a ella. Es un proceso que se retroalimenta.

La verdad, llegué a esta época con una mirada muy ecléctica, como la persona moderada que soy, y me vi sumergida en los extremos, arrastrada hacia ellos. Vi cómo políticos moderados fueron denostados y apartados, y sentí admiración por quienes, como Clara Campoamor, lograron abrirse camino en un contexto profundamente hostil.

Has dicho que sabías dónde te estabas metiendo al escribir sobre la Segunda República. Después de todo ese proceso, ¿qué Mayte Uceda tenemos ahora?

Una que ve el presente de otra manera. Me ha cambiado la mirada en el sentido de que el discurso político actual me parece propio de otro siglo.

¿Crees que los grandes discursos políticos que hoy nos decepcionan siguen anclados en el pasado?

Sí, siguen enrocados en lo mismo. Al estudiar la Segunda República, asistí a debates radicales de aquella época y comprobé algo evidente: la violencia política, la radicalización y la polarización social conducen inevitablemente a la violencia.

¿Y hoy en día, cómo ves la polarización?

Afortunadamente, contamos con un colchón social y de progreso que me hace confiar en que no llegaremos a aquellos extremos.

¿Por qué crees que no se avanza?

Quizá porque no interesa a la clase política. Conocer no exige posicionarse, pero hoy lo moderado no se valora: ser moderado significa ser equidistante, y eso puede interpretarse como inclinación hacia un lado. A mí no me gusta que me arrastren.

Ahora que conoces bien todas las posiciones, ¿dónde te sitúas?

En la moderación. Nunca me van a encontrar en un extremo, porque conozco la historia y sé adónde conduce. La Segunda República es poco conocida, y si se comprendiera mejor, la memoria podría servir como un poder sanador en lugar de perpetuar la discordia.

Amores paralelos sugiere un paralelismo. ¿Se trata de que los caminos se encuentren o permanezcan separados?

No sólo se refiere a la relación de las hermanas, cuyas historias de amor avanzan sin llegar a encontrarse. También habla de posturas ideológicas: líneas que no se acercan y desembocan en la guerra civil. Después llegó el 78, las líneas paralelas se acercaron… y ahora vuelven a separarse.

¿Alguna vez te has censurado por miedo a incomodar?

Sí, en general lo he hecho en el debate público, pero en este caso no. Quería ofrecer lo justo: suficiente para comprender el estallido revolucionario en las cuencas mineras hasta 1934, que era lo que realmente me interesaba. A partir de ahí, quizá lo explore más adelante, pero creo que llegué al fondo de la cuestión.

Cuando alguien está fuertemente aferrado a una ideología es difícil cambiar su opinión. Yo no estoy instalada en ninguna: observo, estudio y me muevo. Y puedo distinguir lo que considero correcto, lo que está mal, lo que no debería haber pasado y lo inevitable.