Para hablar de Amelia Earhart hay que mirar al cielo y pensar en una joven que tuvo la audacia de romper todas las reglas allá por los locos años 20. Los mismos que vieron la revolución de las flapper, con su pelo corto y sus vestidos de flecos, desafiando las reglas anteriormente marcadas.
Pero hubo otra revolución, la liderada por esta americana nacida en Kansas en 1897, apasionada por volar, hija de un abogado y una ama de casa de familia acomodada, que logró algo histórico: ser aviadora en un mundo de hombres. Hoy, un siglo después, son más las mujeres que se ponen a los mandos de una aeronave; incluso hay una representante real.
Hablamos, por supuesto, de la princesa Leonor, que cursa su último año de formación militar en la Academia General del Aire. Entre hangares y simuladores de vuelo, la heredera al trono protagoniza un hito crucial para la monarquía española, no solo pilotando —a finales de diciembre protagonizó su primer vuelo en solitario conocido como 'la suelta'—, también visibilizando el papel femenino en el mundo de la aeronáutica.
La aviadora posa en una foto de archivo.
Los datos reflejan que, pese a los avances en el terreno, ellas representan solamente el 14,7% de los integrantes de la aviación militar; y en la comercial la media es solo del 5%. Unas cifras que evidencian que el espíritu pionero de Earhart sigue siendo imprescindible para abrir nuevos horizontes.
La pasión de Amelia por volar estaba casi en su ADN y con 22 años ese deseo latente se despertó de manera imperiosa cuando tuvo la oportunidad de surcar el cielo junto al aviador Frank Hawks en Long Beach (California) durante una exhibición aérea.
La experiencia fue absolutamente reveladora para ella: “Tan pronto como despegamos, supe que tendría que volar de ahora en adelante”. Pero, ¿cómo podría una mujer de aquella época conseguir ese reto si apenas hacía unos meses que se les había permitido empezar a votar en Estados Unidos? Su aventura se enmarca en un momento en el que las estadounidenses se incorporaban al mundo laboral e iban tomando posiciones en la sociedad, más allá de su papel de esposas y madres.
Durante esta transformación, Earhart enarboló la bandera de Yes, we can (frase célebre que muchas décadas después llevó a Obama a la Casa Blanca) y decidió empezar a dar clases de vuelo. Ningún hombre quiso instruirla para sorpresa de nadie, porque aquello no era ‘cosa de chicas’. Así que contactó con la única persona que podía ayudarla.
Sí, porque en los comienzos del siglo XX ya había otra pionera, Mary Anita Snook, la primera piloto de Iowa que fundó su propia escuela e incluso llegó a dirigir un aeropuerto privado. Para pagar su instrucción, Amelia trabajó en casi una veintena de empleos.
Conseguido el reto principal, que era volar, en 1921 la joven compró su propio ‘pájaro de hierro’, un Kinner Airster de segunda mano, que pintó de amarillo brillante y al que apodó como 'El Canario' por razones obvias. Con él estableció el primer récord femenino de altura. Empezaba su leyenda...
Su debut en un gran viaje transatlántico lo llevó a cabo en 1931, recibiendo la Cruz de Vuelo Distinguido y también la medalla de oro de la National Geographic Society. Aquel no fue un reto cualquiera, sino que lo dotó de un eslogan feminista para, en sus propias palabras, “demostrar lo que las mujeres eran capaces de hacer”.
Gracias a esta iniciativa, su popularidad subió como la espuma y dio discursos a lo largo y ancho del país. Amelia Earhart tenía muy claro que era un referente en lo suyo, así que en 1929 fundó, junto a otras aviadoras, The Ninety-Nines, una organización internacional femenina de pilotos que a día de hoy sigue activa.
Además, escribió dos libros, 20 horas 40 minutos (1928) y Por el placer de hacerlo (1932), en los que plasmó sus experiencias, su visión sobre la aviación y el papel de la mujer en la misma. También ha inspirado otros títulos literarios, varias películas y documentales que recogen este importante legado.
Como datos curiosos de su biografía destacar que durante la Primera Guerra Mundial trabajó como enfermera voluntaria en un hospital militar en Canadá y fue profesora visitante en la Universidad de Purdue, asesorando en ingeniería aeronáutica y orientación profesional a jóvenes alumnas.
Además, mantuvo una estrecha relación de amistad con la primera dama de Estados Unidos Eleanor Roosevelt, con la que realizó algunos vuelos nocturnos para reforzar el papel femenino en la aviación. Tal y como solía decir ella misma: “La forma más efectiva de hacerlo es hacerlo”.
Su nombre se convirtió en leyenda al perdérsele la pista de forma misteriosa el 2 de julio de 1937 sobre el Océano Pacífico central mientras intentaba completar un vuelo alrededor del mundo. Nunca se encontró su cuerpo, lo que desató mil teorías sobre la verdad de su desaparición, pero fue declarada oficialmente fallecida en 1939.
Detrás de una gran mujer también hay un gran hombre y ese fue George Putnam, editor y explorador norteamericano, con el que se casó en 1931 haciéndole firmar un contrato en el que defendía la igualdad, la independencia y la libertad. “No fui valiente, simplemente no tuve tiempo de asustarme”, sirva como epitafio esta frase suya.
