El jurado de la 79ª edición del Festival de Cannes ya ha hablado. Este año, la Palma de Oro ha ido a parar a manos del cineasta rumano Cristian Mungiu, mientras que los Javis han desatado el entusiasmo de la delegación patria al alzarse con el premio a la Mejor Dirección gracias a su aclamado canto a Lorca en La bola negra.
Ha sido un fin de semana de crónicas redactadas a contrarreloj en las terrazas de los cafés y de cámaras apuntando a las escalinatas del Palais des Festivals. Mientras las ovaciones de las salas de proyección dictaban sentencia y los flashes estallaban en la alfombra roja, esta revista ha podido seguir la recta final del certamen desde un palacio blanco en La Croisette.
Alojarse este mes en el Hôtel Martinez (The Unbound Collection by Hyatt) ha sido lo más parecido a conseguir un pase exclusivo para el epicentro del glamour mundial. La expectación se mide en los secadores de pelo vibrando desde las siete de la mañana, en el tintineo de las copas de champán y en los corrillos de productores que deciden el futuro del sector, cruasán en mano.
El hotel abrió sus puertas en 1929, cuando Cannes aún no era la capital cinéfila que hoy se vende al planeta, sino una postal de aristocracia, invierno benigno y esplendor de la Riviera Francesa. Emmanuel Martinez transformó la antigua Villa Marie-Thérèse en un gran hotel.
Fue este visionario empresario, nacido en Palermo en 1882 y de presumible ascendencia española por la herencia de su apellido, quien intuyó que el futuro de la Provenza no pertenecía sólo a las casas de campo, sino también a los palacios modernos que miraban de frente al mar.
Fachada del Hotel Martinez.
Vista cenital del edificio.
Este adquirió en 1927 la antigua Villa Marie-Thérèse, una joya del siglo XIX propiedad de Alfonso de Borbón-Dos Sicilias, conde de Caserta y bisabuelo del rey emérito Juan Carlos I. Aquella residencia solariega, conocida en la crónica social de la época como La Coquette, había sido el escenario de grandes momentos de la realeza borbónica.
Martínez hizo demoler la villa por completo y proyectó una obra faraónica de 14 meses que desafió las técnicas constructivas de la época y que levantó los cimientos de un gigante de siete plantas frente al Mediterráneo. Aquella osadía inaugurada en febrero de 1929, ocho meses antes del crack, transformó el perfil marítimo de Cannes para siempre.
Desde entonces, el edificio ha atestiguado la evolución del paseo marítimo, el auge del festival a partir de la posguerra y la mutación de su ciudad en una plaza global que hoy navega entre dos aguas: el glamour más selecto de las alfombras rojas y un turismo brutal.
La Costa Azul y Mónaco acogen aproximadamente a unos 12 millones de turistas al año, y una parte sustancial de esa masa humana pasa, al menos una vez en la vida, por delante de la mítica fachada blanca del Martinez para ver si consigue cazar con la cámara del teléfono el perfil de alguna estrella asomada al balcón.
Entrada del restaurante La Palme d'Or.
Piscina de L'Oasis du Martinez.
Entre Le Suquet y La Croisette
Cannes es un lugar de contrastes. Por un lado, está Le Suquet, el casco antiguo encaramado a la colina de la Castre que recuerda el origen pesquero de la localidad, con su trazado medieval, sus fachadas provenzales color ocre y su topografía más íntima de cuestas empedradas y ese característico aroma de la lavanda que cuelga de los puestos de suvenires.
Subir a esta zona por la mañana es reconectar con el Cannes de antaño. Allí arriba, junto a la iglesia de Notre-Dame-d'Espérance, la vida transcurre a otra velocidad, al ritmo del mercado de Forville y los platos de socca caliente.
Por otro lado, a sólo unos pasos de las barcas del Puerto Viejo, se despliega La Croisette. Es el gran escaparate de los hoteles monumentales, las boutiques de alta costura y los palacios de congresos que han convertido a la ciudad en una marca global incontestable.
Entre ambos mundos, el visitante puede moverse con cierta facilidad, pero experimentando sensaciones radicalmente opuestas: una ciudad antigua con su mercado local por la mañana; una pasarela de pedrería, flashes y guardaespaldas al caer la tarde.
Desde las habitaciones del Martinez se ve claramente este show urbano. El boulevard y la playa quedan abajo, con los yates de gran eslora navegando el Mediterráneo al fondo y el Palais des Festivals a unos minutos a pie. Una distancia corta que durante el festival puede convertirse en una auténtica eternidad para las estrellas que acuden en limusina al certamen.
La Promenade se satura de tal forma que la policía francesa, en un despliegue de seguridad milimétrico, abrirá las puertas del vehículo más de una vez para comprobar las acreditaciones antes de permitir el acceso a la zona.
La ubicación del hotel explica buena parte de su magnetismo histórico: se duerme cerca de la alfombra roja del Palais, pero también se vive desde dentro la coreografía interna del certamen de cine: de este edificio salen actores, miembros del jurado y escuadrones de estilistas que corren de una planta a otra cargando vestidos de diseñador y joyas.
Por el lobby —que merecidamente podría recibir una Palma de Oro al más fotografiado de Europa— se cruzan equipos de seguridad, mensajeros, productores independientes buscando financiación de última hora y directores que apuran un cigarrillo en la entrada. A saber si por el estrés o porque es Francia, pero el olor a tabaco está muy presente esos días.
Todo este perfecto caos está regulado por una logística interna que funciona como un reloj. Y no es para menos: aquí un error nimio puede desencadenar consecuencias multimillonarias.
Una joya del Art Déco
El hotel es una joya del Art Déco a gran escala, un estilo que se percibe en la fusión de geometría y opulencia que define su recepción: los destellos dorados de sus ornamentos metálicos, la majestuosa lámpara en cascada que cuelga sobre la entrada, las líneas perfectas de sus muebles lacados y la alfombra de diseño radial que recibe al visitante.
La reforma más reciente del establecimiento, ejecutada en 2018 bajo la firma de Pierre-Yves Rochon, se hizo con una intención muy clara: reforzar ese espíritu original de los años 30 pero despojándolo de cualquier rastro de rigidez. No se quería convertir el Martínez en un decorado de museo, sino en un espacio donde el pasado respirase actualidad.
El resultado es un lujo menos ostentoso de lo que podría esperarse, con una elegancia que se apoya en las proporciones exactas, en la entrada de luz natural y en una esencia mediterránea que casa bien con el minimalismo actual sin ceder del todo al mismo.
El icónico 'hall' del Hotel Martinez.
La planta baja alberga pequeños espacios comerciales de firmas exclusivas.
Las 410 habitaciones, incluidas 116 suites, mantienen esa impronta y la combinan con el confort actual. Son estancias con una paleta visual muy marítima —dominada por los blancos y azules suaves—, baños de mármol, vestidores y un trabajo de los muebles y materiales pensado para dar sensación de amplitud.
Algunas cuentan con terraza privada y vistas al Mediterráneo. En esos casos, La Croisette entra directamente en la experiencia de la estancia. Desde la habitación se ve la avenida, el movimiento de la ciudad e incluso a los turistas que se activan ante cualquier movimiento de los aparcacoches, atentos al avistamiento de las celebridades.
El hotel dispone de una playa privada bautizada con su nombre, piscina climatizada, solárium, tratamientos faciales, masajes, un centro de fitness y registro exprés. También cuenta con un embarcadero y otros espacios exteriores que prolongan la estancia hacia el mar.
La Junior Suite Mer del hotel.
Detalle del embarcadero.
Entre las incorporaciones más interesantes de los últimos años está L’Oasis du Martinez, pensado como santuario de bienestar. Una zona de calma, con jardines, zonas de sombra, espacios de descanso y una atmósfera envolvente.
El spa, vinculado a Carita, completa la propuesta. Las alianzas con firmas exclusivas son un pilar clave del hotel, ya que con ellas ha sabido evolucionar más allá del edificio icónico del siglo XX para alinearse con las tendencias de lujo que se imponen en 2026, centradas en las experiencias a medida y la atención al detalle.
Como cabe esperarse, esa hiperpersonalización alcanza otro nivel y exige un plus de paciencia en el caso de los turistas de mayor renombre. ¿Qué pasa cuando un actor de Hollywood pide lo imposible a las tres de la mañana? La respuesta siempre es un sí. Durante décadas, esa magia corrió a cargo de Fabrizio Bozzolan, un jefe de conserjes al que adoraban las estrellas.
Años después de su jubilación, esta responsabilidad ya no recae en un solo hombre, sino en un implacable escuadrón de 40 profesionales que se encargan de preservar su legado y seguir obrando milagros (legales, eso sí) para mantener vivo el mito hotelero.
De la cama al plato
La gastronomía ocupa un lugar central en la vida del Martínez, funcionando como otro de sus grandes motores de atracción. Además del restaurante Le Sud, el estandarte culinario de la casa es La Palme d’Or, que ostenta dos estrellas Michelin y unas vistas privilegiadas sobre el boulevard.
Vista general de La Palme d'Or.
El séptimo arte está presente en múltiples rincones del hotel.
Para los momentos de corte más distendido existe Le Jardin du Martinez. Cuenta con una terraza espectacular en la que, cuando el tiempo acompaña, se organizan cenas temáticas inspiradas en las fiestas de los años 30, transportando a los comensales a la época dorada de la Riviera.
La oferta en la arena corre a cargo de La Plage du Martinez, especializada en cocina mediterránea de corte contemporáneo, pescados del día, marisco fresco de la costa y productos hortícolas de productores locales de la Provenza.
Al caer la noche, el mejor lugar donde estar es el Martinez Bar, un espacio que conmemora la historia líquida del establecimiento a través de una carta de coctelería clásica, combinados de autor con ginebras seleccionadas y un espectáculo de cocina en vivo en su plancha teppanyaki que se repite cada noche, fusionando la sofisticación europea con técnicas asiáticas.
Restaurante de La Plage du Martinez.
Sillones del Martinez Bar.
Una alianza muy especial
Este año, con motivo de la 79ª edición del festival, el hotel ha vuelto a transformarse por completo para acoger a uno de sus inquilinos temporales más fieles: L'Oréal Paris. El gigante de la industria cosmética utiliza las instalaciones como su base de operaciones durante el certamen cinematográfico.
La firma transforma literalmente la fachada y varias estancias para construir un centro de belleza exclusivo donde sus embajadoras globales se preparan antes de posar para los fotógrafos de La Croisette. Además, el 22 de mayo, la Suite des Olivier, número 131, acogió el cóctel previo a la gala del Lights on Women’s Worth Award.
Se trata de un galardón anual destinado a impulsar el talento femenino en el cine y premiar a directoras de cortometrajes. En esta ocasión, fue a parar a manos de la cineasta china Lenti Liang por su proyecto Our Secrets (2026), en un acto que reunió a un jurado de excepción encabezado en esta sexta edición por la actriz Gillian Anderson.
La presencia de firmas como L'Oréal Paris o Chopard refuerza la idea de que el Martínez es más que un alojamiento 5* con camas cómodas: es una plataforma de imagen donde las marcas construyen sus narrativas en unos días en los que la belleza, el cine y la hospitalidad se cruzan de la misma forma en que lo pueden hacer Eva Longoria o Ed Westwick por sus pasillos.
Esta intensa personalidad como refugio de vanidades y servicios impecables explica perfectamente que haya sido el lugar elegido para convertirse en uno de los escenarios de la cuarta temporada de The White Lotus, que en esta nueva entrega se adentrará en el universo exclusivo de la Riviera Francesa.
El Martinez ofrece el caldo de cultivo ideal para el ojo crítico de Mike White, creador de la ficción: un sitio donde las apariencias deben mantenerse impecables a cualquier precio, mientras por debajo de la superficie de mármol late la tensión propia de un enclave que mueve fortunas.
Las dos caras del palacio
Resulta curioso observar lo que ocurre con el hotel cuando las luces del festival se apagan y las estrellas regresan a Los Ángeles o a Londres. Durante los 12 días que dura el certamen, el precio por noche en sus suites más exclusivas puede alcanzar cifras astronómicas de hasta 45.000 euros.
Sin embargo, cuando el cine abandona la ciudad, ese aire de exclusividad tan radical se relaja un poco y el Martinez vuelve a ser ese refugio de alta gama con tarifas que pueden ir desde los 200 euros, abriendo sus puertas a un público más amplio que busca disfrutar de una Costa Azul que, no nos engañemos, padece una turistificación extrema en verano.
El alojamiento ha sabido sobrevivir a las crisis económicas, a los cambios de propiedad —hoy en manos del catarí Constellation Hotels Holding— y a las modas pasajeras de la hotelería de diseño tech porque entendió desde sus inicios que el lujo de verdad no consiste en ofrecer grifos de oro o pantallas de televisión ocultas en los espejos.
Vista cenital de la terraza de Le Sud.
Fuegos artificiales frente al embarcadero.
Este, el que justifica que una periodista escriba sobre él tras pasar una noche en sus estancias, está en la capacidad de hacer sentir al huésped que camina sobre los mismos escalones que pisó Grace Kelly. Décadas después de aquello, el Martínez conserva su mayor activo: sigue siendo, por derecho propio, un lugar de película en Cannes.
