Nació en Salamanca, se formó como ingeniera de Minas en Madrid y durante casi dos décadas desarrolló una carrera técnica en un sector tan estratégico como hostil para las mujeres.
Elena Vicente trabajó en proyectos pioneros de distribución de gas natural comprimido, firmó diseños que hoy siguen en funcionamiento en Madrid y llegó a convertirse en una referencia profesional en un ámbito tradicionalmente masculino.
No fue un camino fácil. A pesar de contar con un currículum más brillante que el de muchos de sus colegas, fue relegada en favor de hombres en procesos de selección y entrevistas.
La diseñadora de joyas Elena Vicente en una de las estancias del Hotel Princesa Plaza Madrid.
Con constancia, carácter y una capacidad poco común para abrirse paso, logró revertir esa desventaja inicial y posicionarse como una ingeniera respetada, liderando equipos y dejando una huella tangible en la ciudad que aún hoy reconocen quienes conocen su trabajo. Después llegó Milán y una década decisiva en su vida laboral y personal.
Lo que empezó como una "expatriación familiar", como ella misma lo llama, se convirtió en una transformación absoluta. Allí, rodeada de belleza, diseño y otra manera de entender el lujo, Elena estudió Gemología, se reconectó con su pasión por las piedras —que venía de la infancia— y fundó Evivid, una firma de alta joyería basada en la escucha, la emoción y la creación de piezas únicas.
Elena Vicente vivió durante 10 años en Milán junto a su marido y sus dos hijos.
De la ingeniería al diamante, de la precisión técnica al lujo íntimo: su historia es la de una mujer que supo reinventarse sin renunciar a quién es.
¿Quién es Elena Vicente?
Me llamo Elena Vicente, soy de Salamanca. Nací hace 53 años y me fui a Madrid a estudiar Ingeniería de Minas, en la especialidad de Energía y Combustibles. Desde pequeña he sido muy curiosa con todo lo relacionado con los recursos naturales. Me encantaba —y me sigue encantando— recoger piedras en la playa o en cualquier sitio. Cuando me fui a matricular en la universidad estaba entre Industriales y Minas, pero Minas tenía esa conexión directa con la energía y la tierra, y ahí sentí que estaba mi sitio.
La Ingeniería de Minas es una carrera dura. ¿Cómo fue esa etapa?
Muy dura. Eran las ingenierías de antes, seis años larguísimos. Y éramos muy pocas mujeres. Al principio de la carrera éramos un 10% de mujeres y al final, menos del cinco. Pero ejercí casi 20 como ingeniera y llegué a especializarme en algo muy concreto: el diseño y la distribución de gas natural comprimido para autobuses urbanos y camiones de basura. Los primeros cuatro diseños de cabinas de autoservicio de GNC que hay en Madrid los hice yo. Una de ellas está frente al Hipercor de Pozuelo, y todavía hay gente que me dice que se acuerda de mí cuando pasa por allí. Eso es un recuerdo bonito.
Una de las joyas más especiales de Evivid: cambia de color según la luz.
Me dice que había pocas mujeres, por lo que entiendo que la Ingeniería de minas era —y sigue siendo— un sector muy masculino. ¿Le costó abrirse camino?
Muchísimo. Como te digo, éramos muy pocas mujeres estudiando y todavía menos las que terminábamos la carrera. Además, mi marido también es ingeniero de minas y, aunque yo tenía mejor expediente académico que él, a él le contrataron antes. Llegué a escuchar en entrevistas: “Yo te cogería a ti, pero mi cliente prefiere a un hombre”. Fue duro, pero también me hizo luchar más. Al final llegué a ser jefa de área y una referencia en un trabajo muy atípico en España. Estoy muy orgullosa de esa etapa.
¿Cómo era su día a día como ingeniera de minas?
Empecé en oficina, haciendo proyectos, pero terminé en obra. En la empresa en la que trabajaba el departamento de obras estaba formado solo por hombres, hasta que un día un socio cogió todas mis cosas y me las llevó allí. Yo llegué y dije: "¿Pero dónde están mis cosas? ¡Me han despedido!". No, no... simplemente me habían trasladado todo a la planta 11, donde estaba el departamento de obras. Yo iba a las obras y más de una vez preguntaban a los ingenieros compañeros si yo era su hija. En fin... he tenido que superar muchas barreras, pero creo que merece la pena. Luchando se llega.
¿Cuándo aparece Italia en su vida?
Cuando a mi marido, que trabajaba en banca, le ofrecieron un muy buen puesto de trabajo allí. Primero estuvo en Turín y luego, cuando nuestro hijo pequeño tenía seis años, nos fuimos todos a Milán. Lo que iban a ser dos o tres años se convirtieron en diez. Para mí fue un punto de inflexión: un cambio de mentalidad, de ritmo, de forma de mirar.
¿Y ahí empieza el giro profesional de la ingeniería a las joyas?
Sí. Me fui con la idea de parar, de reflexionar. Y acabé encontrándome. Empecé a estudiar Gemología, especialmente diamantes, y la gente venía a casa a preguntarme por sus joyas, a contarme historias. Me di cuenta de que lo que hacía no era solo diseñar piezas: era escuchar, acompañar, explicar. Eso no era un producto, era un servicio. Y ahí nació Evivid.
¿Qué es Evivid?
Es una firma de alta joyería basada en la singularidad. Creo joyas únicas para personas únicas. Trabajo mucho el tú a tú, con entrevistas muy personales. No impongo nada: interpreto emociones y las transformo en joyas. Por eso no me considero joyera de autor, sino coautora junto a la persona que viene a verme. No considero que diseñe joyas como tal, sino, como te digo, son piezas únicas.
Su concepto de lujo es muy discreto, muy emocional, por lo que puedo ver en sus piezas. ¿Por qué ha decidido alejarse de la ostentación clásica de la alta joyería?
Porque soy así. Me gustan los detalles, los momentos, la calma. El lujo para mí es sentarte con alguien, tomar un café y escucharle. No me interesa la ostentación, sino la conexión.
A Elena Vicente le encantaría que Su Majestad la reina Letizia luciera una de sus joyas.
¿Cuál ha sido uno de los encargos más emotivos que recuerdas?
Una pulsera en Italia que transformé para una clienta que había dejado de ponérsela. Tenía muchas dudas, pensaba que no iba a poder usarla más y se la convertí en un precioso choker. Siempre que se lo pone me manda una foto y me enseña lo bien que le queda. Y aquí en España, unos anillos creados con piedras que un padre recogía en la playa de Maspalomas y que su hija quiso convertir en joyas para ella y sus hijas. Imagínate esas nietas con los anillos de piedras conseguidas por su abuelo... Fue tan emocionante. Eso es lo que me queda: la emoción.
Entonces, Elena, usted trabaja sin stock. ¿También es una decisión ética?
Totalmente. No tener stock ya es una forma de sostenibilidad. Además, animo mucho a reutilizar joyas, a transformar lo que ya existe. Comprar menos, pero mejor. Doy talleres de compra consciente porque creo que hay mucho desconocimiento.
La joyería siempre ha tenido un papel simbólico en la representación institucional. ¿Le gustaría que la reina Letizia, la princesa de Asturias o la infanta Sofía llevaran piezas de Evivid?
Claro que sí. Mira, la reina Letizia y yo tenemos la misma edad. Y cuando estábamos en el colegio, nos hicieron escribirle una carta al entonces príncipe Felipe. Un poco como con la fantasía de ser la futura reina de España. Y luego cuando vi que Letizia y yo teníamos la misma edad pensé: "Podría haber sido yo" (ríe). La verdad es que ella es fantástica.
Ya que usted hace joyas personalizadas, ¿cómo se imagina la que le haría a la Reina?
A la reina Letizia me encantaría hacerle una joya que contara su historia como mujer profesional porque ella es una mujer que ha trabajado, como el resto de los españoles, en la calle, en el día a día, en el mercado laboral. Esa es la historia que contaría, la de ella como mujer trabajadora.
¿Y si le encargaran diseñar la primera tiara que luciera la princesa de Asturias, Leonor de Borbón?
Y para la princesa de Asturias imaginaría algo muy sencillo, con zafiros, azul -que además es su color, el de su título, el de Asturias-, orgánico, equilibrado pero con un punto rompedor.
¿Le consta que alguna de sus piezas estén ya en sus joyeros privados y que próximamente vayamos a verlas en algún acto oficial?
Actualmente no. Yo aterricé el año pasado en España, después de diez años en Italia. Ahora me encuentro en el momento en el que puedo ser capaz de ser ese siguiente paso. Lo quiero conseguir. Y esa será una de mis metas en 2026. Ojalá llegue ese momento.
Evivid
Elena Vicente, en un momento de su entrevista con Magas.
Hoy, instalada de nuevo en Madrid tras una década italiana, Elena Vicente mira el futuro con la misma precisión con la que un día diseñó infraestructuras energéticas. Evivid crece despacio, sin prisa, fiel a una idea de lujo que no necesita levantar la voz para ser reconocida. Cada joya es el resultado de una conversación, de una escucha atenta, de una emoción bien entendida.
Quizá por eso su trabajo conecta con mujeres —y hombres— que buscan algo más que una pieza hermosa: buscan sentido, memoria y verdad. De la ingeniería al diamante, del cálculo al gesto íntimo, Elena ha demostrado que la excelencia no entiende de etiquetas ni de trayectorias lineales.
Como las piedras que siempre recogió de niña, su camino no estaba perdido: solo esperaba ser mirado con otros ojos.
