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La pobreza energética es uno de los problemas sociales más silenciosos, y a la vez más duros, de los últimos años. No tiene que ver solo con pasar frío o calor, sino con no poder vivir en casa en condiciones dignas por no poder asumir el coste de la energía.

Se habla de pobreza energética cuando un hogar no puede mantener una temperatura adecuada, usar los electrodomésticos básicos o afrontar sus facturas de luz y gas sin que eso desequilibre gravemente su economía.

Esta situación la viven muchas personas en España, como es el caso de Alfonso, un vecino de Ciudad Lineal que contó a la Cadena SER la situación que están viviendo en su casa.

Él explicaba lo siguiente: “Tengo la casa a 14 grados, no ponemos la calefacción y los días de mucho frío lo apañamos con mantitas. Tenemos que comer. Tengo que pagar la universidad de mi hija que me ha salido estudiosa".

Esto tiene que ver con que los salarios y pensiones no han crecido al ritmo del coste de la vida. Cuando una familia dedica una parte desproporcionada de sus ingresos a energía, entra en una situación de vulnerabilidad energética.

¿Cómo se ve la pobreza energética? Como en el caso de Alfonso, esta situación se manifiesta en decisiones cotidianas como apagar la calefacción aunque haga frío, no encender el aire acondicionado en olas de calor, calentar solo una habitación, reducir duchas o el uso de electrodomésticos...

Y esto tiene consecuencias reales en la salud física y mental. De hecho, la pobreza energética está relacionada con problemas respiratorios, empeoramiento de enfermedades crónicas, estrés, ansiedad y sensación de exclusión.

¿Quiénes son los más afectados? Personas mayores que viven solas, familias monoparentales, hogares con bajos ingresos, viviendas en alquiler antiguo y personas con enfermedades que requieren temperaturas estables.

Muchas veces, el problema no es el consumo, sino la ineficiencia del hogar. En cualquier caso, la pobreza energética se puede combatir a través de la rehabilitación energética de la vivienda.

También es clave el mejor aislamiento y ventanas eficientes, utilizar sistemas de calefacción más eficientes, las tarifas sociales, los bonos energéticos y el asesoramiento para reducir consumo sin perder confort.

La pobreza energética no va solo de números, sino que tiene que ver con la dignidad, la salud y la igualdad de oportunidades, porque un hogar debería ser siempre un refugio, no una fuente constante de preocupación.

La lucha contra la pobreza energética también pasa por concienciar y acompañar a las familias, ya que muchas desconocen ayudas disponibles o formas sencillas de mejorar su confort sin disparar el consumo.

La información, el asesoramiento y la prevención son claves para evitar que miles de hogares sigan viviendo con frío o calor extremos.