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En el ecosistema del emprendimiento europeo, pocos debates generan tanta fricción y resignación como la comparativa entre los sistemas de trabajadores por cuenta propia, donde existen grandes diferencias entre España y otros países como Francia o Reino Unido.

En España se mantiene el histórico Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA), que ha introducido en los últimos años reformas basadas en cuotas por tramos. Mientras tanto, Francia cuenta con el modelo micro-entrepreneur, que muchos desearían ver implantado en España.

En el país vecino el sistema es claro: si no facturas, no pagas. Existe una cuota cero cuando los ingresos están por debajo del mínimo establecido, algo que no ocurre en España, donde el simple hecho de estar dado de alta como profesional por cuenta propia obliga a abonar una cuota mensual, incluso sin tener ingresos.

Así es el modelo francés para autónomos

Francia revolucionó su sistema para profesionales por cuenta propia en 2009, creando la figura del auto-entrepreneur, hoy integrada en el régimen de micro-entrepreneur. Este modelo se basa en la capacidad real de pago de cada ciudadano.

El pilar que posiciona a Francia como referente frente a España en materia de autónomos es precisamente la cuota cero. En el sistema galo, las cotizaciones sociales no son una cifra fija cada mes, sino un porcentaje directo sobre la facturación.

De este modo, si un profesional atraviesa un mes sin clientes o cualquier circunstancia que le impide trabajar, su cuota de la Seguridad Social es de 0 euros. No hay gastos de mantenimiento ni un mínimo obligatorio para ejercer, una demanda recurrente entre los autónomos españoles que, de momento, sigue sin hacerse realidad.

A diferencia de los complejos tramos de ingresos netos aplicados en España desde 2023, Francia emplea porcentajes fijos según la actividad realizada: un 12,3% en la venta de mercancías, cerca de un 21,2% en la prestación de servicios y aproximadamente un 21,1% para las profesiones liberales.

Gracias a la transparencia del sistema francés, cualquier emprendedor sabe desde el primer momento que, por cada 100 euros ingresados, una parte fija se destina al Estado y el resto queda para él, sin miedo a una cuota fija que reduzca su margen de beneficio.

En España sigue habiendo cuota mínima

España intenta modernizar su sistema con la cotización por ingresos reales, vigente desde 2023. Este cambio supuso un avance respecto a la “cuota fija” anterior, que todos los autónomos pagaban independientemente de si ganaban 500 o 5.000 euros. Sin embargo, la cuota mínima continúa existiendo.

Incluso en el tramo más bajo de la escala actual, correspondiente a ingresos mensuales netos inferiores a 670 euros, el autónomo debe pagar una cuota cercana a los 230 euros, una cifra que se seguirá ajustando progresivamente hasta finales de 2026.

Esto significa que quienes comienzan una actividad con apenas 400 euros de facturación mensual pagan más del 50% de sus ingresos brutos solo por derecho a trabajar. En Francia, esa misma persona abonaría unos 84 euros si presta servicios, conservando el resto de sus ingresos.

Todo ello refleja un sistema español que penaliza la irregularidad de los autónomos. Si un trabajador por cuenta propia atraviesa un mes “malo”, en el que pierde clientes o ingresos, sigue obligado a pagar su cuota íntegra.

Este obstáculo frena a muchos emprendedores que dudan en dar el primer paso o que, tras finalizar las bonificaciones iniciales, se ven abocados a cerrar su negocio y abandonar sus proyectos.

¿Debería España imitar a Francia?

La cuota cero francesa, presente también en otros países europeos, actúa como incentivo al emprendimiento, eliminando la barrera económica inicial al comenzar un proyecto por cuenta propia.

Este sistema puede entenderse como una inversión estratégica del Estado francés: una apuesta por el crecimiento económico a través del trabajo autónomo. España, si realmente quiere promover el autoempleo, debería preguntarse si el RETA debe seguir siendo una herramienta meramente recaudatoria o transformarse en una plataforma que impulse nuevos negocios.

Aunque el sistema de tramos español representa un paso en la dirección correcta, sigue siendo insuficiente. Mientras exista una cuota mínima que ignore la realidad de quienes tienen menos ingresos y las distintas situaciones de los autónomos, persistirá una brecha de desigualdad frente al modelo francés.

La lección que Francia ofrece a España no es solo fiscal. Es una invitación a replantear el papel del Estado: no como obstáculo, sino como socio del emprendedor, que gana cuando este prospera y espera cuando atraviesa momentos difíciles.