Cuando la producción de Los Bridgerton debutó a finales de 2020, muchos la recibieron como un drama de época exuberante. Se trataba de una especie de fantasía escapista envuelta en sedas pastel y valses reinterpretados con cuerdas pop de los éxitos más actuales.
Pero reducirla a un placer culpable sería ignorar su mayor gesto político: convertir el romance —tradicionalmente considerado un género menor— en un territorio donde las mujeres ejercen poder creativo, económico y simbólico.
Ahora, con el estreno de la segunda parte de su cuarta temporada, la serie demuestra que no sólo redefinió el amor en pantalla. También reconfiguró la forma de contarlo.
Una escena de la serie.
Un linaje femenino
El origen de esta revolución no está únicamente en la famosa plataforma de streaming. Se encuentra en las páginas de los libros de Julia Quinn, autora de la saga literaria que inspiró la producción.
Durante décadas, el romance fue uno de los géneros más vendidos del mundo, pero también uno de los más menospreciados por la crítica. Quinn —como tantas escritoras antes que ella— construyó un universo donde el deseo femenino no era una nota al margen, sino el motor de la historia.
La adaptación televisiva amplificó esa perspectiva gracias al respaldo de Shonda Rhimes —la mente detrás de Anatomía de Grey—, cuya productora transformó la serie en un fenómeno global. Rhimes llevaba años insistiendo en que el entretenimiento masivo puede ser sofisticado sin dejar de ser popular, y Los Bridgerton es la cristalización más evidente de esa idea.
No es casual que la historia romántica con tintes de Jane Austen —un género históricamente asociado a lectoras— haya encontrado su mayor legitimación cultural cuando las mujeres controlan la narrativa.
Batalla cultural
La cuarta temporada se centra en Benedict y Sophie, cuya relación desafía normas sociales profundamente arraigadas. Pero más allá de la trama, la serie continúa preguntándose quién puede amar libremente y a qué precio.
Ese interrogante siempre ha sido político. Durante siglos, la ficción romántica les enseñó a ellas a esperar. Los Bridgerton las muestran eligiendo.
El secreto de la misteriosa mujer de vestido plateado (Lady in Silver), la identidad oculta de Sophie Baek y las tensiones de clase que atraviesan la historia no son simples recursos dramáticos. Son un reflejo de la rígida estructura de las jerarquías sociales que todavía condicionan el deseo y el enamoramiento.
En palabras de la periodista de El Cultural, María Cantó: "Ese inocente cuento de Cenicienta acaba siendo algo más incómodo, porque el de Los Bridgerton es, de momento, un mundo donde las sirvientas solo pueden aspirar a ser amantes, no esposas".
En ese sentido, la serie dialoga más con el presente que con la época de la Regencia británica (1811-1820), cuando sucede esta trama.
'Los Bridgerton' esperan la llegada de Francesca y Eloise.
Diversidad sin permiso
No es ningún secreto que uno de los gestos más radicales de esta ficción fue apostar por un casting inclusivo, pero sin convertirlo en una herramienta didáctica.
Esta decisión funciona porque se trata de una fantasía deliberada, no pretende ser un documental histórico. Un mundo donde la aristocracia es racialmente diversa, sin necesidad de justificación.
El cambio de nombre del personaje de Sophie Beckett a Sophie Baek —un gesto pensado para honrar la herencia coreana de la actriz— ilustra esa voluntad de adaptar el canon sin traicionarlo. La identidad no es un detalle superficial: es la primera historia que contamos sobre nosotros mismos.
Este tipo de elecciones parecen pequeñas, pero transforman la imaginación colectiva. Lo radical no siempre es estridente. Algunas veces, basta con mostrar lo que antes era impensable hasta que, poco a poco, se diluye en la normalidad.
El placer es político
La crítica cultural mira con sospecha cualquier obra centrada en el deseo romántico femenino —o al menos lo hacía hasta hace muy poco—. Este impulso de las mujeres debía ser trágico, castigado o secundario para ser considerado serio.
La llegada de Los Bridgerton rompió esa lógica con escenas íntimas filmadas desde una mirada que privilegia la reciprocidad afectiva. El erotismo deja de ser espectáculo para convertirse en lenguaje narrativo.
La división de la temporada en dos partes es una fórmula que mantiene la conversación activa durante semanas. Revela hasta qué punto el romance puede ser también una estrategia industrial.
Lo interesante es que la expectativa no se sostiene únicamente en el suspenso, sino en el vínculo emocional que la audiencia establece con los personajes. Cada temporada cambia de protagonista, pero mantiene una promesa: el amor será complicado, pero posible. Y esa promesa sigue siendo irresistible.
Sophie Baek y Benedict Bridgerton en su primer encuentro.
Feminismo sin etiquetas
Quizá la mayor astucia de la serie sea no presentarse como un manifiesto. No hay discursos programáticos ni moralejas evidentes. Sin embargo, su estructura narrativa —centrada en los deseos, dilemas y decisiones de las mujeres— la convierte en una ficción profundamente feminista.
El poder de ellas aparece en múltiples formas: madres estrategas, debutantes que aprenden a negociar su futuro, viudas que rehacen su vida o jóvenes que rechazan matrimonios convenientes.
No es un feminismo perfecto ni libre de contradicciones. Pero precisamente ahí radica su modernidad: muestra perfiles complejos, no símbolos.
Eloise es tal vez el ejemplo más obvio. Representa la inconformidad intelectual que limita el destino de las mujeres al matrimonio.
Su reticencia al asistir a los bailes, su afición por la lectura y su anhelo de una vida con propósito cuestionan las ideas de lo que significaba la realización femenina de la época. Es decir, que una puede imaginar futuros distintos a aquellos dictados por la tradición.
Francesca Bridgerton, la más introvertida de la familia.
Francesca introduce una visión más introspectiva. Es mucho más reservada que sus hermanas. Prioriza la tranquilidad emocional sobre el espectáculo social. Su forma de habitar el mundo cuestiona la expectativa de que las mujeres deban ser siempre visibles o complacientes. En esta temporada, explora su propio deseo y la idea de que el placer femenino es posible.
Penelope es considerada poco destacable por los estándares de belleza de la alta sociedad. Sin embargo, sabe aprovechar esta 'invisibilidad' para construir una voz influyente que le permite observar, juzgar y moldear la reputación de quienes la rodean.
Su inteligencia estratégica revela que, a veces, operar en silencio es mucho más efectivo. Aun cuando la temporada pasada se haya revelado ante el resto de los personajes su identidad como la pluma detrás de Lady Whistledown, sigue controlando la narrativa.
Sophie desafía la rigidez de las jerarquías sociales al reclamar dignidad más allá de su origen. Su resistencia a convertirse en amante en lugar de esposa refleja una poderosa consciencia de su propio valor. Incluso cuando las estructuras sociales la colocan en desventaja.
Revoluciona el feminismo al insistir en el respeto y la legitimidad para todas las mujeres, no sólo para aquellas nacidas dentro del privilegio.
Violet nos recuerda que siempre se puede volver a empezar en el amor y el sexo. Su feminismo es mucho más sutil.
Como madre viuda, lidera a su familia con firmeza y ternura por igual. Aunque el matrimonio es muy importante para ella, insiste en que sus hijos se casen por amor y no por conveniencia. Su postura desafía —de una forma menos evidente— la lógica pragmática de la aristocracia.
Violet Bridgerton junto a sus hijas Eloise y Hyacinth.
Tradición y subversión
Paradójicamente, la producción es más transgresora cuando abraza las convenciones del romance clásico. El baile, la carta, el encuentro secreto, la tensión social. Todos los elementos están ahí, pero reescritos desde una sensibilidad contemporánea.
La pregunta ya no es si el género necesita reinventarse, sino por qué tardamos tanto en tomarlo en serio. Históricamente, lo que interesaba a las mujeres fue etiquetado como trivial. Hoy, uno de los mayores éxitos de la televisión global demuestra lo contrario.
En un panorama saturado de cinismo, antihéroes y distopías, Los Bridgerton apuesta por la emoción sin ironía. Esa elección, lejos de ser conservadora, resulta sorprendentemente subversiva.
El futuro del género
Con cada temporada, la ficción confirma que el romance no pertenece al pasado ni a la literatura de nicho. Es un lenguaje universal que, cuando se actualiza, puede dialogar con debates contemporáneos sobre clase, identidad, autonomía y deseo.
El fenómeno también anticipa un cambio más amplio: la cultura popular está dejando de pedir perdón por hablarles a las mujeres.
Mientras millones de espectadores esperan el desenlace del baile, la serie recuerda algo esencial: cada época necesita nuevas maneras de imaginar el romance.
Las mujeres llevan siglos haciéndolo. Ahora, el mundo por fin las está escuchando.
