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Mucho antes de que llenáramos las ciudades de corazones, flores y bombones, cuenta la leyenda que el 14 de febrero fue un día atravesado por un gesto de desobediencia. En la Roma del siglo III, el emperador Claudio II prohibió el matrimonio a los jóvenes soldados porque creía que el amor los distraía de sus funciones. Pero un sacerdote no estaba de acuerdo.

Respondía al nombre de Valentín y era un médico convertido al catolicismo que, contrario al decreto, comenzó a organizar casamientos a escondidas, convirtiéndose así en el patrón de los enamorados. El dirigente, cuando se enteró de los hechos, le sentenció a muerte precisamente en esta efeméride, en el año 270, alegando desobediencia y rebeldía.

Siglos después, ese relato difundido en la tradición cristiana sostiene la fiesta que cada 14 de febrero gira en torno al romanticismo y a esos gestos especiales con los que muchas parejas reavivan la llama del amor. Una fecha que no pasa desapercibida ni para quienes la celebran por todo lo alto ni para aquellos que sienten por ella lo mismo que El Grinch por la Navidad.

Esta mañana, El Ángel del Jardín ha abierto sus puertas con especial puntualidad. La floristería ubicada en el número 2 de la calle Huertas, en Madrid, lleva días preparándose para una cita que bien podría compararse con el día de la Lotería para los loteros o el de Reyes para las pastelerías. "Esperamos un gran pico de pedidos", expresa Julián Bonilla, su gerente.

La mañana empieza mansa, con el murmullo de los clientes más madrugadores y algún turista despistado que se detiene a fotografiar el olivo que preside la entrada. Por dentro, sin embargo, se intuye el movimiento: cubos llenos de rosas rojas, cubetas de tulipanes que esperan turno, tijeras sonando contra el metal y el teléfono vibrando en el mostrador.

Interior de la floristería ubicada en el corazón del Barrio de las Letras. Esteban Palazuelos

La fuente, absoluta protagonista del espacio interior. Esteban Palazuelos

"Ya tuvimos reservas a lo largo de la semana, pero los españoles siempre vamos a por los ramos a última hora", admite el encargado del establecimiento, entre risas. Mientras habla, revisa la bandeja de pedidos online. El Ángel del Jardín ha reforzado su presencia en la web para que parte de esa demanda se organice con algo de antelación.

Pero, para qué engañarnos, la costumbre pesa más. "Estamos metiéndonos mucha caña en internet para poder abarcarlo todo, pero quienes tienen más interés en reservar son las personas extranjeras", cuenta. Lo confirma el origen de muchos de los encargos que ve entrar en la pantalla. Aquí, por el contrario, el gesto de llevarse las flores recién cortadas sigue conquistando.

No es para menos. El Ángel del Jardín es más que una tienda bonita: es una floristería emblemática de Madrid, un lugar reconocible para todo el que haya paseado alguna vez por Huertas. "Este sitio es un oasis de tranquilidad en verano; la gente viene y se sienta en el banquito frente al olivo", describe el fotógrafo Esteban Palazuelos, que lleva toda la vida en la capital.

Situada en la esquina con la iglesia de San Sebastián, el establecimiento se asienta sobre el antiguo cementerio de los artistas, donde fueron enterrados nombres como Lope de Vega, Juan de Villanueva o Ventura Rodríguez, hasta que una orden de Carlos III obligó a sacar los camposantos del centro de las ciudades.

Desde 1889, aquel rincón verde se ha traspasado de mano en mano: primero, la familia Martín lo arrendó a la parroquia y lo convirtió en un sitio que vendía flores, abonos y herramientas de jardín. Desde entonces ha pasado por varios propietarios, por un bombardeo —"destruyeron la iglesia en la Guerra Civil", dice Bonilla— e incluso por un cierre en 2019.

Una clienta dudando entre escoger un ramo o una maceta. Esteban Palazuelos

Las rosas rojas son la elección ganadora en el Día de los Enamorados. Esteban Palazuelos

Hoy, la floristería bulle de actividad pese a que el mal tiempo lleva días amenazando con aguar la fiesta y deslucir el paseo de quienes se acercan a celebrar San Valentín con un ramo bajo el brazo. "Hemos notado la lluvia; al final frena a que salga la gente", lamenta, aunque cierto es que los clientes que se acercan quedan embelesados por el color y la calidad de las propuestas.

Mientras les atiende, recuerda que el Mercado de las Ranas convierte Huertas en un pequeño circuito de visitantes que a ellos les sienta de maravilla. "Para nosotros es estupendo", dice. Este se celebra el primer y tercer sábado de cada mes, durante todo el año, convirtiendo el Barrio de las Letras en un expositor de artesanía, moda, decoración y arte al aire libre.

Cada año, las floristerías compiten con otros reclamos. Campañas que invitan a regalar viajes, perfumes, experiencias, cenas... "Incluso hay oenegés que lanzan el mensaje de: 'Este año no regales flores'", se queja. Sin embargo, desde el sector saben que hay San Valentín para rato: "Eso no cambia; seguimos siendo muy románticos", reivindica.

A medida que avanza la mañana, el mostrador se llena de historias: "A diario vemos de todo: gente que viene a comprar para sí misma, para una amiga, para la familia", explica. "Pero en San Valentín lo que más se nota es el gesto con la pareja". Esa intimidad pasa por sus manos. "Como escribimos las dedicatorias, sabemos a quiénes van dirigidas", añade.

En los últimos años, Madrid se ha llenado de franquicias y plataformas que prometen ramos en una hora a golpe de clic. Sin embargo, en El Ángel no parecen preocupados por la competencia. "Nuestro producto es diferente", sostiene Bonilla. "Lo plantamos nosotros o compramos en viveros priorizando que sea lo más bonito posible en vez de repetir", añade.

Los floristas ponen las rosas a punto para la ocasión. Esteban Palazuelos

Julián Bonilla, gerente de El Ángel del Jardín, atiende a Magas este 14 de febrero. Esteban Palazuelos

"Es una compra de autor", le dijo hace poco un cliente. "La floristería está abierta desde el 89 —del siglo XIX, no el año de la movida— gracias a nuestra calidad", dice mientras repasa la selección de propuestas que han preparado para este día, agrupadas en una lista en la que se pueden leer nombres de ramos bautizados como 'Bésame mucho' o 'Algo contigo'.

Así compramos en San Valentín

Si hubiera que elegir un símbolo de este día, sería una rosa roja. Son las que primero se agotan, las que copan la mayoría de las reservas, las "grandes estrellas", admite, señalando los cubos rebosantes junto al mostrador. En cualquier caso, matiza que esta no es la única opción disponible y que "se pueden hacer cosas muy románticas con otras flores".

Para él, el gesto es el mismo —decir "te quiero"—, pero el lenguaje puede ser más personal si se elige el ramo pensando en qué es lo que más representa a quien las va a recibir. Por eso insiste en mirar más allá del color clásico, apostar por diferentes tonos y texturas... "Yo creo que a la gente sí le gustan otras flores", repite, mirando hacia sus vitrinas repletas de matices.

Entre esas alternativas a las que hace referencia, destaca una, el tulipán, cuya temporada principal comienza en marzo y alcanza su máximo esplendor en abril. "Está muy de moda", asegura el encargado, especialmente entre las generaciones más jóvenes.

La peonía juega en otra liga: la del deseo fuera de temporada. "Es muy demandada ahora, pero hay que tener en cuenta que es muy estacional", advierte. Aun así, cada año hay quien la reclama en pleno febrero. "Viene de otros países, desde Sudamérica; se puede comprar, pero va a llegar en unas condiciones que no son las mejores".

Una selección de tulipanes rojos. Esteban Palazuelos

Detalle de las manos de Bonilla mientras prepara un ramo de claveles y crisantemos rosados. Esteban Palazuelos

Él sugiere opciones que están en su mejor momento, como crisantemos, retamas, bulbos de jacintos y anémonas. También hay que decir que no todos los que cruzan la puerta buscan un estallido de color que dure unos días y muera en el jarrón. Hay quien pregunta por propuestas que aguanten mucho o arreglos pensados para secarse y quedarse a vivir en el salón.

Para ese tipo de deseos, Julián Bonilla tiene ya una receta que no les falla. "Lo que más hacemos es utilizar verdes muy duraderos, como el eucalipto, y luego les ponemos algún toque como cardos —secan muy bien— u hortensias de Galicia", dice, mientras trabajan casi como si fueran artesanos del papel.

Sobre estas últimas, cuando tienen sobrantes, "las secamos nosotros mismos y a partir de ahí hacemos la creación", comenta. En una estantería, un conjunto lila y azulado demuestra el resultado. En un momento, aparece una joven con un acento lejano que la delata. Bonilla centra su atención en ella; sus compañeros, mientras, cortan y visten varios ramos a contrarreloj.

Dentro, el sonido del papel de seda se mezcla con el de los rotuladores apretándose contra los cartoncitos de las dedicatorias. Fuera, un mensajero hace parada para recoger varios encargos. El ajetreo empieza a brotar en un día que, se nota en el ambiente, es especial, y Magas entiende que su cita en la floristería más emblemática de la comunidad ha concluido.

La clienta se lleva un ramo mixto elaborado en el momento. Esteban Palazuelos

Los exteriores de El Ángel del Jardín. Esteban Palazuelos

Al abandonar El Ángel del Jardín es imposible no quedarse detenido admirando su exterior, con las macetas desbordando color a los pies de la fachada. Puede que en los mapas aparezca París como la ciudad del amor, pero hoy, sin duda, el lugar donde harán fila los enamorados está en esta esquina de Huertas, con la esperanza, todavía, de que alguien sonría al ver su declaración floral.