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Según distintos estudios recientes, más del 99 % de los españoles de 16 a 74 años utiliza el móvil con una alta dependencia, situándose en una media de entre 3 horas y 51 minutos y hasta 5-6 horas diarias por usuario.

Más allá de las redes sociales, este uso de los teléfonos ha intervenido en otros aspectos de nuestra vida, como el pago con tarjeta. Según YouTube, la comodidad del pago con móvil es el método preferido por el 40 % de los menores de 35 años y hasta un 38 % de las compras con tarjeta ya se realizan con este dispositivo.

Sin embargo, esa misma facilidad ha normalizado el pago electrónico incluso en importes muy bajos, de apenas uno o dos euros. Y ahí es donde empieza el problema para algunos pequeños comercios, como el de Mar, que ven cómo las comisiones reducen su margen en cada operación.

¿Se puede prohibir el pago con tarjeta?

En España, aceptar pagos con tarjeta no es una obligación legal para bares y restaurantes, pero en la práctica se ha convertido en una exigencia casi inevitable.

Más del 80 % de los consumidores utiliza habitualmente medios electrónicos para pagar y cada vez son menos los que llevan efectivo encima.

Esta realidad ha obligado a muchos establecimientos a instalar un datáfono para no perder clientela, ya que la ausencia de esta opción puede provocar que el cliente se marche.

En los casos en los que no se aceptan tarjetas, la normativa exige que el local lo comunique de forma visible mediante un cartel claramente identificable.

Precisamente estos carteles son los que ya predominan en muchos bares de Galicia. Diferentes establecimientos y pequeños negocios se han plantado ante esta situación y han optado por rechazar directamente el pago con tarjeta, según un reportaje de Cuatro.

La hostelería, un sector tradicionalmente basado en consumos pequeños y frecuentes, es especialmente vulnerable al impacto de las comisiones bancarias.

Un café, un refresco o una caña tienen precios ajustados y, en muchos casos, dejan apenas unos céntimos de margen una vez descontados los costes fijos.

Cuando un cliente paga un café de 1,30 euros con tarjeta, el banco aplica una comisión que sale directamente del ingreso del hostelero. A esa cantidad hay que restarle además el IVA, los impuestos, la factura de la luz, el agua, el alquiler del local y el coste de la materia prima, enumera Mar en un reportaje de Cuatro.

El resultado, explican muchos profesionales, es que una venta que debería ser rentable acaba convirtiéndose en una operación casi simbólica, cuando no directamente deficitaria.

Imagen de ilustración de una mujer pagando con el móvil.

Mar lo explica con claridad desde la barra de su bar. No le parece lógico tener que pagar una comisión al banco de esos 1,30 euros del café cuando ya asume una larga lista de gastos obligatorios.

Asegura que, después de pagar a Hacienda, las facturas y todos los costes asociados al negocio, todavía tiene que ceder parte de su beneficio a una entidad financiera por el simple hecho de cobrar su trabajo. Para ella, el problema no es el importe de la comisión en sí, sino el principio de fondo: trabajar para que otro gane.

Lejos de provocar conflictos, la decisión ha sido bien entendida por su clientela habitual. "Mis clientes lo aceptan perfectamente. Llega alguien a veces, pues me dice: 'No tengo dinero'. No pasa nada, ya volverá", cuenta.

Este tipo de situaciones pone de relieve una tensión creciente: mientras las administraciones y el sistema financiero impulsan el abandono del efectivo, muchos comerciantes reclaman soluciones que tengan en cuenta su tamaño y su volumen de facturación.

En especial, piden comisiones más bajas o sistemas adaptados a micropagos que no penalicen la venta de productos básicos. Para algunos, prohibir el pago con tarjeta no es ir contra el progreso, sino una forma de supervivencia.