A lo largo de la historia, la felicidad ha sido uno de los grandes objetivos del ser humano, aunque su definición nunca ha sido universal. Para muchos significa bienestar material; para otros, equilibrio emocional, plenitud espiritual o, incluso, ausencia de dolor.
En una sociedad acelerada, la felicidad se percibe menos como un estado permanente y más como una experiencia intermitente y condicionada por factores externos que no siempre controlamos; sin embargo, cada vez más expertos coinciden en que el factor decisivo no está tanto en lo que ocurre alrededor, sino en cómo lo interpretamos.
En ese punto entra en juego la voz interior, ese diálogo constante que mantenemos con nosotros mismos y que, según la psiquiatra Marian Rojas, puede convertirse en nuestro mayor aliado o en nuestro peor enemigo. Para ella, educar esa voz interior no es un complemento del bienestar, sino una condición indispensable para alcanzar una felicidad real.
La felicidad y su relación con la voz interior
La voz interior es ese flujo continuo de pensamientos que acompaña a la persona a lo largo del día. No se apaga cuando estamos en silencio ni desaparece cuando intentamos relajarnos; al contrario, ocupa una parte muy significativa de nuestra actividad mental.
Desde la neurociencia se conoce como la red neuronal por defecto, un sistema que se activa de manera automática cuando no estamos concentrados en una tarea concreta. Su función original es ayudarnos a anticipar y a reflexionar, pero cuando se descontrola puede convertirse en una fuente constante de juicio, miedo y autocrítica.
Según Marian Rojas, esta voz interior tiene un impacto directo en nuestra felicidad porque condiciona la forma en la que nos percibimos y la manera en la que interpretamos la realidad.
Una persona que se habla con dureza, que se repite mensajes de fracaso o de insuficiencia, acaba viviendo en un estado emocional defensivo.
Esa actitud no solo deteriora la autoestima, sino que también altera la relación con los demás, generando una sensación constante de amenaza, rechazo o incomprensión.
El problema se agrava porque el cuerpo no distingue entre una amenaza real y una amenaza imaginaria. Rojas insiste en que, desde el punto de vista biológico, pensar de forma reiterada "y si me despiden", "y si todo sale mal" o "y si no soy suficiente" activa el mismo sistema de alerta que enfrentarse a un peligro físico inmediato.
Marian Rojas habla sobre la felicidad.
El organismo responde liberando cortisol, la hormona del estrés, diseñada para ayudarnos a sobrevivir en situaciones límite, pero profundamente dañina cuando se mantiene elevada de forma crónica.
Vivir atrapados en pensamientos negativos o anticipatorios provoca lo que la psiquiatra denomina una intoxicación de cortisol.
Las consecuencias son físicas —caída del cabello, procesos inflamatorios, alteraciones digestivas, taquicardias y debilitamiento del sistema inmune—, psicológicas —irritabilidad, tristeza persistente, dificultad para concentrarse y fallos de memoria— y conductuales —aislamiento o pérdida de la motivación para relacionarse—.
Marian Rojas subraya que gran parte del contenido de esa voz interior no nace en la edad adulta, sino que se gesta en la infancia. Utiliza la metáfora de la "grabadora" para explicar cómo los mensajes recibidos de padres, cuidadores y figuras de autoridad quedan registrados de forma profunda.
Frases de comparación, exigencia extrema o crítica constante se reactivan más tarde, especialmente en momentos de estrés o incertidumbre, y pasan a formar parte del diálogo interno de la persona, muchas veces sin que esta sea consciente de ello.
Cómo educar la voz interior
Ante este panorama, la psiquiatra defiende que la felicidad no consiste en eliminar los pensamientos negativos, algo imposible, sino en aprender a educar la voz interior para que deje de maltratarnos.
Para ello propone lo que denomina "abdominales mentales", una forma de entrenamiento psicológico que busca reprogramar los automatismos mentales.
El primer paso es el autoconocimiento: comprender de dónde viene nuestra forma de pensar, identificar si está condicionada por la genética, por experiencias pasadas o por una educación excesivamente exigente, y detectar con precisión las frases que utilizamos para atacarnos.
Una vez identificada esa dinámica, es fundamental frenar el automatismo. Rojas recomienda detenerse cada vez que aparece un pensamiento de autodesprecio o catastrofismo y preguntarse si realmente es cierto o si se trata de una respuesta automática de supervivencia.
Este simple gesto introduce un espacio de conciencia que debilita el poder del pensamiento tóxico y devuelve a la persona la capacidad de elección.
El siguiente paso consiste en sustituir lo dañino por lo nutritivo. No se trata de autoengañarse ni de repetir frases vacías, sino de reformular el mensaje desde una perspectiva más compasiva y realista.
Donde la voz interior dice "no vales", la respuesta puede ser "estoy aprendiendo"; donde aparece "va a ser un desastre", se puede introducir la idea de proceso y posibilidad. Marian Rojas insiste en que este cambio debe acompañarse de pequeñas acciones coherentes que refuercen el nuevo discurso interno.
La respiración juega un papel clave cuando la voz interior se activa por miedo al futuro. Ante pensamientos catastróficos, la respiración profunda y consciente ayuda a desactivar el sistema nervioso simpático, responsable del estado de alerta, y a activar el parasimpático, vinculado a la calma y la recuperación.
"Este cambio fisiológico envía al cerebro el mensaje de que no existe una amenaza real, reduciendo así la producción de cortisol y favoreciendo el equilibrio emocional", explica Rojas.
Hablarse con cariño no es, según Rojas, un acto de debilidad, sino una estrategia neurobiológica. El trato compasivo con uno mismo estimula la liberación de oxitocina y endorfinas, hormonas asociadas al bienestar y al vínculo, que contrarrestan los efectos del estrés.
Finalmente, la psiquiatra destaca la importancia de la ilusión y del propósito. El cerebro cuenta con un sistema llamado Sistema Reticular Activador Ascendente, encargado de filtrar la información relevante.
Cuando una persona tiene metas, proyectos o ilusiones claras, este sistema orienta la atención hacia oportunidades y señales coherentes con esos objetivos.
En cambio, cuando no se alimenta al cerebro con ilusiones positivas, este tiende a engancharse a estímulos superficiales, a la sobreexposición a pantallas o a la rumiación constante de pensamientos negativos.
