Este lunes 9 de febrero comenzaba la protesta ferroviaria que paralizaba parte de la red española, no solo se midió en trenes cancelados.
También se midió en horas perdidas, madrugones forzados y andenes llenos de viajeros que dicen haber llegado a su límite.
Coincidiendo con la primera jornada de la huelga de maquinistas, convocada hasta el miércoles 11, decenas de usuarios se concentraron para denunciar un servicio que consideran agotado tras años de incidencias.
El paro afecta, según estimaciones oficiales, a unos cinco millones de pasajeros. La huelga llega tras varios accidentes graves y después de reuniones sin acuerdo entre el Ministerio de Transportes y los sindicatos del sector.
Mientras el Gobierno defiende que ha fijado servicios mínimos amplios, muchos viajeros aseguran que en la práctica no se están cumpliendo.
Madrugones y retrasos
Entre los manifestantes estaba un profesor de universidad que recorre 40 kilómetros cada día para ir a la universidad. Sin embargo, su jornada empieza cuando la ciudad aún duerme.
"Para estar en clase a las ocho tengo que coger el tren a las 5:20. No tengo alternativa. Si lo pierdo, no llego", explica. No dispone de autobús por la mañana y asegura sentirse "a expensas" de un sistema que no le ofrece margen de error.
Relatos como el suyo se repiten en distintas estaciones de tren de la geografía española. Los usuarios describen retrasos habituales, cancelaciones sin aviso y paneles informativos que no reflejan la situación real.
"Nuestra vida normal es esperar", resume un viajero habitual de Rodalías. "Antes de la huelga ya pasaba. Los trenes no llegan y nadie te explica nada".
Varias personas a su entrada en un vagón de tren en la estación de Puerta de Atocha-Almudena Grandes.
La sensación general es que el paro ha destapado un problema antiguo. Muchos asistentes hablan de reinversión prolongada y de una red tensionada que no soporta la demanda. "No pedimos nada raro", insiste otro usuario. "Exigimos lo mínimo: que los trenes funcionen".
La huelga, convocada por sindicatos como Semaf, CCOO y UGT, se originó tras los accidentes de Adamuz (Córdoba) y Gélida (Barcelona), en los que murieron 47 personas, incluidos dos maquinistas. Los trabajadores reclaman más medios y mayores garantías de seguridad. El seguimiento, según el sindicato de maquinistas, ha sido del 100% entre el personal convocado.
Servicios mínimos en disputa
El Ministerio de Transportes fijó servicios mínimos del 75% en hora punta y del 50% el resto del día en Cercanías, del 65% en media distancia y del 73% en alta velocidad. Aun así, la primera mañana del paro estuvo marcada por la confusión.
En comunidades como Madrid y Cataluña se registraron retrasos generalizados y accesos restringidos a estaciones por acumulación de viajeros.
Los sindicatos sostienen que se están respetando los mínimos y atribuyen algunas cancelaciones a problemas de organización. Renfe, por su parte, admite demoras puntuales. En Galicia, por ejemplo, un tren salió 44 minutos tarde de A Coruña por falta de material preparado, y otro acumuló 75 minutos de retraso en Vigo por la huelga en talleres.
El choque de versiones aumenta la frustración de los viajeros, que se sienten atrapados entre cifras oficiales y la realidad del andén. "No sabes nunca si el tren va a venir o si lo van a suprimir", explica una usuaria del corredor Barcelona-Girona. "Vivimos con retraso permanente".
Un servicio esencial
Para quienes viven en la periferia o en comarcas costeras, el tren no es opcional. Es la columna vertebral de su rutina. "Lo usamos para todo: estudiar, trabajar, ir al médico", cuenta un vecino del Maresme. Describe la experiencia como "una persecución constante", una lucha diaria por llegar a tiempo.
El impacto va más allá de la incomodidad. Llegar tarde de forma sistemática genera sanciones laborales, problemas académicos y estrés acumulado. "Lo único que pedimos es poder usarlo con normalidad", afirma una joven trabajadora.
Renfe ha habilitado cambios y anulaciones gratuitos para quienes prefieran no viajar durante la huelga, al admitir que no puede garantizar enlaces en trenes afectados. Aun así, millones de personas no tienen alternativa real y siguen dependiendo del servicio mínimo.
