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La dificultad de ser agricultor en España se ha convertido en una realidad cada vez más visible. El sector afronta una combinación de desafíos que van desde el encarecimiento sostenido de los costes de producción hasta una fuerte presión de los mercados y una competencia internacional en condiciones desiguales.

Este contexto ha desembocado en un clima de malestar generalizado que se ha traducido en miles de manifestaciones en todo el país y en otros puntos de Europa. Agricultores y ganaderos han salido a la calle para denunciar que el actual modelo no garantiza ni precios justos ni la supervivencia del campo.

En medio de este escenario, algunas voces han decidido visibilizar lo que ocurre lejos de los supermercados. Una de ellas es Clara, agricultora en España, que ha denunciado el enorme desfase entre lo que se paga en origen por los productos agrícolas y el precio final que acaba asumiendo el consumidor.

Una diferencia sustancial

El progresivo deterioro del sector agrario es percibido como un proceso casi inevitable por quienes llevan años trabajando la tierra.

El abandono de explotaciones, la falta de relevo generacional y la concentración de la producción en manos de grandes operadores forman parte de una tendencia que se repite en numerosas regiones.

Muchos agricultores reconocen que ya no les sorprende este declive, porque llevan tiempo advirtiendo de que producir alimentos ha dejado de ser sinónimo de estabilidad económica.

Es en este contexto donde se encuentra la historia de Clara Sarramián, agricultora autónoma afincada en Logroño, en La Rioja. Lleva más de cuatro años dedicada al campo y decidió continuar con la explotación familiar tras la jubilación de sus padres, ha explicado en el canal de Jaime Gumiel.

Su objetivo era evitar que se perdieran las tierras y el trabajo de varias generaciones de su familia, un legado construido por sus abuelos y tíos que ella asumió como propia responsabilidad.

Clara gestiona en solitario una pequeña explotación de aproximadamente una hectárea y media. Su producción se centra en la agricultura convencional, con cultivos como tomates, melones y sandías.

Clara, agricultora, explica las condiciones laborales del sector.

Gran parte del trabajo lo realiza de forma manual, utilizando herramientas tradicionales como el azadón y apoyándose puntualmente en un tractor. Se trata de una forma de producción intensiva en esfuerzo humano, muy alejada de los grandes modelos mecanizados que dominan el mercado.

Su rutina diaria está marcada por jornadas extenuantes, especialmente durante los meses de verano, cuando trabaja de lunes a domingo y puede alcanzar entre catorce y dieciséis horas diarias.

Además de las horas de trabajo, el cansancio físico se ve agravado por una presión mental constante derivada de la incertidumbre climática. Clara explica que las alertas por tormentas o granizo le quitan el sueño, consciente de que unos pocos minutos de mal tiempo pueden arruinar meses de trabajo.

En su experiencia, ha llegado a perder campañas enteras por inundaciones, con el resultado de ingresos nulos tras haber invertido tiempo y dinero.

A estas dificultades se suman los robos en su finca, incluso en el almacén, una situación que incrementa la sensación de vulnerabilidad y abandono que, según denuncia, comparten muchos pequeños productores.

Sin embargo, la principal preocupación de Clara no está solo en las condiciones de trabajo, sino en los precios que recibe por sus productos y en la enorme diferencia con los que encuentra después en el supermercado.

Clara afirma que, en mercados mayoristas, ha llegado a vender el kilo de tomate a 80 céntimos y, en el mejor de los casos, a un euro. Posteriormente, ese mismo producto aparece en las tiendas a precios que superan los tres euros por kilo.

Para la agricultora, este desfase no responde a una lógica proporcional de costes, sino a un sistema que penaliza al productor y beneficia a los intermediarios y a las grandes superficies.

Según su testimonio, los supermercados ejercen una fuerte presión a la baja sobre los precios en origen, poniendo constantes pegas y aprovechando su poder de negociación.

A lo largo del recorrido del producto desde el campo hasta el consumidor final, el precio se incrementa a medida que pasa por diferentes manos. A ello se añaden costes de conservación, como el uso de cámaras frigoríficas, que no solo encarecen el producto, sino que, en opinión de Clara, afectan a su calidad y frescura.

Imagen de archivo.

Esta dinámica provoca que muchos agricultores se vean obligados a vender por debajo de los costes de producción, que ella estima entre 35 y 40 céntimos por kilo.

Aunque en su caso el precio del tomate puede situarse por encima de ese umbral, considera que la diferencia con el precio final es desproporcionada y evidencia un reparto injusto del valor generado. Como consecuencia, producir alimentos se convierte en una actividad cada vez menos rentable.

Por todos estos motivos, la visión de Clara es pesimista. Aunque le gustaría seguir vinculada al campo, no se ve trabajando en la agricultura dentro de diez años si no se producen cambios estructurales.

Considera que el sistema actual favorece a las grandes explotaciones y a las grandes superficies, mientras que los pequeños productores, que aún representan una parte muy significativa del sector, quedan condenados a desaparecer.

Esta tendencia se agrava con la falta de relevo generacional, en un contexto en el que la mayoría de los agricultores en España supera los 60 años.

Pese a todo, Clara intenta utilizar las redes sociales para visibilizar su trabajo y demostrar que una mujer sola puede gestionar una explotación agrícola. Su mensaje hacia los jóvenes es, no obstante, contradictorio.

Reconoce que el trabajo en el campo puede ser satisfactorio para quien lo vive como vocación, pero advierte de que empezar desde cero en la agricultura actual es prácticamente imposible debido a los altos costes y a la falta de rentabilidad.

En medio de este panorama, ha encontrado un pequeño respiro en la venta directa a clientes finales. Este cambio de modelo le ha permitido reducir la dependencia de intermediarios, obtener un margen económico más digno y sentirse más valorada por los consumidores.