Según la última encuesta ¿Cómo afronta el pago de la vivienda los españoles?, realizada por Fotocasa, más de 8,5 millones de personas en España se encuentran en situación de exclusión residencial, lo que incluye vivir en la calle, en infraviviendas o bajo amenaza de desahucio, debido a la falta de asequibilidad.
Quienes tienen un techo sobre sus cabezas tampoco se libran de las dificultades. De acuerdo con esta misma encuesta, el 57% de los inquilinos y el 40% de los hipotecados tienen dificultades para pagar su vivienda y cerca de 10 millones no pueden pagar suministros básicos como la calefacción.
Este contexto convive, sin embargo, con otra tendencia: el auge del consumo en tecnología y bienes de alto valor entre amplias capas de la población. Mientras el acceso a la vivienda se complica, el gasto en dispositivos electrónicos, moda o entretenimiento mantiene una fuerte presencia en los presupuestos domésticos.
España es uno de los países con mayor penetración de telefonía móvil del mundo, con más de 56 millones de conexiones equivalentes al 117 % del total de habitantes, lo que indica que no solo casi todas las personas disponen de un teléfono, sino que muchos tienen más de uno.
Estas cifras son alarmantes para muchas personas, como Cristina Dayz, experta en finanzas, quien plantea una pregunta: ¿cómo es posible que, cuando millones no pueden aspirar a una vivienda propia, muchos pueden permitirse móviles que superan los 1.000 o incluso 1.200 euros?
La "pobreza de lujo"
Según Dayz, la pobreza de lujo es una paradoja del siglo XXI en la que lo esencial —como la vivienda estable o la seguridad económica— se ha vuelto inaccesible, mientras que lo accesorio —teléfonos de alta gama, consumo de ocios, viajes— parece al alcance de la mayoría.
Este fenómeno se observa en personas que viajan en metro con un móvil de última generación valorado en más de 1.200 €, zapatillas de moda de 200 € o múltiples suscripciones a plataformas de entretenimiento, y, sin embargo, luchan mes a mes para pagar alquiler, servicios y suministros.
La autora explica que estos pequeños lujos funcionan como parches emocionales, una forma de compensar la frustración de no poder alcanzar grandes hitos adultos que antes eran considerados casi universales, como comprar una vivienda.
Ese teléfono caro, ese fin de semana de escapada o ese televisor de última generación se convierten en símbolos de pertenencia y "éxito" temporal, aunque la estructura financiera personal esté debilitada.
La pobreza del lujo, según Cristina Dayz
De hecho, este fenómeno es algo que ya se analizó en China en el 2018. Según un estudio de MobData, las personas con un teléfono de alta gama tienen niveles económicos y educativos inferiores a los de usuarios de marcas menos famosas o más económicas.
Dayz explica este cambio comparando generaciones. Sus padres y abuelos vivieron en otra realidad económica: con un salario estable podían acceder a una vivienda, viajaban poco y la tecnología era un lujo para unos pocos.
En los años 2000, por ejemplo, un ordenador costaba alrededor de 1.000 € y un piso medio en Madrid unos 110.000 €. Hoy, ese mismo ordenador es más accesible, pero el precio del piso ronda los 400.000 €.
Para la experta en finanzas, este desajuste entre lo que cuesta vivir, lo que se gana y lo que se espera lograr en la vida es uno de los grandes obstáculos que frenan a las nuevas generaciones para construir su vida adulta.
Al no poder acceder a una vivienda, muchas personas acaban destinando su dinero a gastos del día a día que dan satisfacción inmediata, pero no les aportan estabilidad a largo plazo.
En el terreno psicológico, Dayz coincide con otros analistas en que las redes sociales han amplificado la percepción de desigualdad y reforzado dinámicas de comparación constante.
En redes sociales, miles de personas muestran vidas aparentemente perfectas, viajes soñados o compras costosas, lo que crea una presión social que lleva a muchos a intentar imitar esos estilos de vida.
Precisamente este deseo de "pertenecer" convierte a la sociedad en una "supervivencia emocional": gastar no solo por placer, sino como una forma de sentir control y formar parte de ese grupo de personas.
Imagen de ilustración.
Esta dinámica desemboca en lo que la autora llama "adultez diluida": generaciones que tienen la apariencia externa de un adulto —amigos, cenas, planes sociales, tecnología elegante— pero carecen de cimientos como patrimonio, estabilidad financiera o un proyecto vital.
A pesar del diagnóstico crítico, Dayz ofrece recomendaciones para la acción. Reclama un cambio de mentalidad, dejar de intentar emular vidas idealizadas en redes sociales y priorizar la tranquilidad financiera sobre el estatus inmediato.
Su propia experiencia lo ilustra. Ante la imposibilidad de acceder a la vivienda, decidió no gastar en consumo y destinar sus recursos al ahorro e inversión.
Con un salario promedio de alrededor de 1.500 €, comenzó a invertir hace siete años en fondos indexados a través de un roboadvisor, y hoy ha acumulado más de 65.000 € invertidos.
