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En España, se estima que alrededor de uno de cada diez inmuebles se compra como inversión o para especular, con un parque de aproximadamente 3,8 millones de viviendas vacías, según datos recientes. De acuerdo con algunos expertos, este fenómeno contribuye a la crisis habitacional y precios récord en zonas urbanas, según algunos expertos.

Sin embargo, la especulación no es el único culpable de que millones de personas no puedan pagar el alquiler, sino también de que otras tantas tengan que abandonar sus viviendas. Precisamente eso hacen los fondos buitre, que desde hace años buscan edificios con potencial para realizar negocios.

Uno de los últimos en los que han depositado su atención es en el que vive Rosario, una mujer que lleva más de 26 años residiendo en el mismo piso y que ahora se enfrenta a un proceso judicial impulsado por un fondo de inversión decidido a vaciar el inmueble y convertirlo en una residencia estudiantil.

La especulación en España

La transformación del parque residencial en grandes ciudades como Barcelona se ha acelerado en la última década debido al turismo, el auge del coliving y la presión del mercado universitario.

Bloques enteros que durante décadas albergaron a familias han sido adquiridos por sociedades de inversión que ven en ellos una oportunidad de rentabilidad rápida, impulsando desalojos, no renovaciones de contratos y procesos judiciales que dejan a los inquilinos en una situación de extrema vulnerabilidad.

En este contexto, la vivienda deja de ser un derecho para convertirse en un activo financiero, y las personas que la habitan pasan a ser un obstáculo para el negocio, tal y como le ha pasado a Rosario.

La Sexta se ha desplazado hasta Barcelona para conocer la historia de Rosario, quien se enfrenta a un fondo de inversión decidido a vaciar el edificio y llenarlo de jóvenes. Ella es la única que queda que no vive de alquiler turístico.

Rosario relata que el conflicto comenzó desde el primer momento en que la nueva propiedad tomó el control del inmueble. "Me dijeron, desde el minuto uno, que no me querían en casa", explica. Estaban echando a todos los vecinos y el destino del edificio ya estaba decidido.

Según cuenta, el fondo de inversión ha interpuesto demandas contra seis personas que aún resistían en el bloque, y ella es una de ellas. Una demanda judicial a la cual, tal y como reconoce, no sabe cómo enfrentarse.

Imagen de ilustración de unos amigos hablando en una habitación.

Rosario admite que no domina el lenguaje legal y que enfrentarse a un documento de ese tipo fue devastador a nivel emocional. Describe una sensación física de colapso, con bajadas de tensión y un miedo paralizante que la llevó a imaginarse inmediatamente en la calle, sin apoyo y sin alternativas.

El estrés constante, asegura, se convierte en una carga diaria difícil de sobrellevar, una presión que no se limita al ámbito jurídico, sino que invade cada aspecto de la vida cotidiana. De hecho, Rosario cuenta que su hijo ha sido uno de los más afectados por la amenaza de desalojo.

Al enterarse de que podían perder la casa, su estado de salud se deterioró gravemente. Según explica, la ansiedad fue tal que le bajaron las defensas de forma drástica y actualmente padece una enfermedad autoinmune llamada trombocitopenia.

La vivienda que ahora está en disputa no es, para ella, un simple piso. Es el lugar donde ha transcurrido gran parte de su vida, donde se han construido recuerdos familiares y donde todavía queda, dice, mucha vida por vivir.

Habla de la casa como un espacio cargado de memoria, de infancia y de experiencias compartidas, y no puede evitar sentir indignación ante la idea de que todo eso sea borrado en nombre de la rentabilidad. "Ojalá quien está detrás de todo esto lo viva en sus carnes", comenta.

En el edificio, Rosario se ha ido quedando sola: es la única vecina que permanece con un contrato de alquiler tradicional. El resto de las viviendas han sido reconvertidas en espacios de coliving o alquileres de corta duración, ocupados mayoritariamente por jóvenes estudiantes. O eso es lo que ella cree, porque no está segura.

Es el reportero quien logra hablar con algunos de estos nuevos inquilinos, que reconocen que los pisos están en buen estado, pero desconocen cuánto pagan exactamente por ellos o bajo qué condiciones.

Rosario observa cómo el bloque ha cambiado por completo. Donde antes había vecinos que se conocían desde hace años, ahora hay rotación constante de personas, fiestas y un ambiente ajeno a la vida de barrio que ella recuerda.