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Carmen Maura ha llegado a los 80 (15 de septiembre de 1945) sin bajar el ritmo. Una cifra redonda trabajando en la que puede presumir de haber cosechado buenas críticas y sumando otro título a una filmografía que ya es parte de la historia del cine español y europeo.

No hay gesto de despedida ni pose nostálgica, sino que hay oficio, curiosidad y una libertad que se le nota en la voz. La actriz, que ganó cuatro Goya, un César y dos premios de la Academia Europea, continúa muy activa: su último trabajo, Calle Málaga, ha vuelto a colocarla en el centro del elogio.

La película, además, incluye un hito íntimo en su carrera: su primer desnudo integral tras más de cinco décadas ante la cámara y lo contó con una naturalidad que la define.

En otro momento, dice, quizá habría dicho que no. Ahora le da igual. La frase no es una provocación, es una declaración de principios. Maura ha aprendido a convertir el tiempo en un aliado y a usarlo como argumento a favor, no como excusa.

Para quien la vio nacer como icono en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? o Mujeres al borde de un ataque de nervios, el recorrido impresiona. Para ella, en cambio, lo importante es seguir creyendo en lo que hace. Y, si hace falta, empezar algo por primera vez a los 80 años.

Cumplir años muy bien

Maura nunca ha escondido su edad. Al contrario, la ha convertido en una forma de sinceridad. Prefiere decirla y que le digan que está bien a ocultarla y que le digan que está mayor. La frase, repetida en más de una entrevista, resume una ética: no negociar con la realidad.

Esa franqueza le ha permitido sortear un terreno que para muchas actrices es hostil. Ella sostiene que la edad no le ha cerrado puertas a los buenos papeles. Quizá porque su talento nunca dependió de parecer algo, sino de ser alguien. La experiencia, en su caso, suma.

No idealiza el paso del tiempo. Reconoce los achaques y que el cuerpo no responde igual. Pero también reivindica una cabeza que sigue siendo un territorio propio. Dice conservar un punto infantil, y se le nota cuando habla del trabajo como un juego serio.

De hecho, disfruta especialmente de los personajes de mujeres mayores. No los vive como un descenso, sino como una oportunidad de complejidad. Donde otros ven etiquetas, ella encuentra capas. Y eso, en un oficio de matices, es oro.

Decir lo que una quiere

Si hay una palabra que se repite cuando habla de esta etapa es libertad. Asegura que la gran ventaja de cumplir años es poder decir lo que te da la gana. No es una pose de rebeldía tardía, es una consecuencia de haber vivido lo suficiente como para elegir mejor las batallas.

Esa libertad se traduce en los proyectos que acepta y en cómo los defiende. También en gestos que antes habrían pesado más, como ese desnudo que ahora cuenta sin dramatismo. No hay desafío, hay tranquilidad. Y, con ella, una rara forma de valentía.

El humor ha sido siempre su antídoto. Dice que no sabe estar deprimida más de un día. Que no sirve para nada. Esa ligereza no es frivolidad, es una estrategia de supervivencia. Le ha permitido relativizar conflictos y mantener una distancia sana con el ruido.

Por eso, cuando se le pregunta por el envejecimiento, no hay lamento en su respuesta, sino ironía, y mucha certeza: la vida es más llevadera si se mira de frente y con una sonrisa torcida.

Normalidad y oficio

Maura ha pasado por el quirófano por motivos de salud, pero nunca para parecer otra. Lo ha dicho sin rodeos: para ser actriz no hace falta ser la más guapa ni la más flaca. Se puede ser normal. Y esa palabra, en su boca, es casi un manifiesto.

En un momento en el que la sociedad está obsesionada con la apariencia, ella defiende que lo importante es creer en los papeles. Que el espectador crea contigo.

La anécdota con Almodóvar lo ilustra: cuando él le sugirió "operarse un poquito", ella le respondió sin rodeos: "Opérate tú". El tono es de broma, pero no cabe duda de que el mensaje es firme.

Su carrera ha conocido deudas, un divorcio traumático y también la gloria. Ha sido icono y ha sido trabajadora constante. Esa mezcla explica por qué hoy puede hablar sin rencor y sin prisas. Ha hecho de la normalidad un lugar desde el que actuar.