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En los últimos años, la palabra especulación se ha instalado en el centro del debate público en España. Tradicionalmente asociada a la obtención de beneficios mediante la compra y venta de activos, hoy el término se carga de un componente social: hablar de especulación ya no es solo hablar de mercado, sino de derechos, desigualdad y acceso a un bien considerado esencial.

En el contexto español, la especulación se centra principalmente en el mercado inmobiliario, donde la adquisición de viviendas y suelo con fines de reventa o alquiler a precios cada vez más elevados ha impulsado una escalada sostenida de los precios. Para muchos analistas, este fenómeno recuerda a dinámicas propias de la burbuja inmobiliaria de 2008, aunque con características distintas.

La consecuencia más visible es una crisis de acceso a la vivienda que afecta de forma especial a jóvenes y familias con rentas medias y bajas, agravada por la escasez estructural de casas —apenas en torno al 2% del parque total frente a porcentajes cercanos al 30% en algunos países europeos— y por el auge de los alquileres turísticos en zonas urbanas y costeras.

Según numerosos expertos en urbanismo y políticas sociales, esta especulación es uno de los factores principales del problema de la vivienda en España, al tensionar los precios tanto de compra como de alquiler y expulsar del mercado a miles de personas.

El debate, sin embargo, está profundamente dividido. Por un lado, quienes defienden que la inversión inmobiliaria dinamiza el mercado, incentiva la construcción y amplía la oferta y por otro, quienes consideran que este modelo convierte un derecho básico en un activo financiero y genera situaciones de abuso. En este segundo grupo se sitúan voces como la de la socióloga Miriam Jiménez, que recientemente expresó una posición muy crítica en el programa LaSexta Xplica.

La crisis de vivienda en España, según la socióloga

El problema de la vivienda en España se refleja con claridad en los datos. De acuerdo con estadísticas oficiales del Instituto Nacional de Estadística y de Eurostat, millones de hogares destinan más del 40% de sus ingresos al pago del alquiler o la hipoteca, un umbral que los organismos internacionales consideran de sobreesfuerzo financiero.

Entre los jóvenes menores de 35 años, la situación es aún más grave: la edad media de emancipación supera los 30 años, una de las más altas de Europa, y una parte significativa de este colectivo reconoce no poder independizarse por los elevados precios del alquiler.

En este contexto interviene Miriam Jiménez, quien ha puesto el foco en la dimensión ética del debate. Para la socióloga, el acceso a la vivienda no debería implicar que las personas "vivan por debajo de sus posibilidades" ni sacrifiquen otros aspectos básicos de su vida. Reconoce que la especulación inmobiliaria es legal; sin embargo, para ella "no es ético".

"En la ciudadanía de a pie toda la vida se ha hablado de 'vivir de las rentas' como un insulto porque es vivir del trabajo de otros", afirma Jiménez, "no estamos hablando de vender cualquier cosa sino una vivienda".

Uno de los datos que más preocupa a los especialistas y que Jiménez destaca es el riesgo de exclusión social asociado al alquiler. En España, aproximadamente la mitad de las personas que viven de alquiler se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión, una proporción muy superior a la de quienes residen en viviendas en propiedad ya pagadas.

Este fenómeno se explica, en parte, porque el aumento de los precios del alquiler ha superado con creces la evolución de los salarios, absorbiendo la capacidad de ahorro de amplias capas de la población y generando una precariedad estructural difícil de revertir.

Imagen de ilustración.

El impacto de esta situación no se limita a los hogares más vulnerables. Cada vez más familias con empleo estable se ven obligadas a destinar una parte desproporcionada de sus ingresos a la vivienda, lo que reduce su consumo, limita su capacidad de ahorro y retrasa proyectos vitales como tener hijos o emprender.

Desde el punto de vista macroeconómico, varios economistas advierten de que esta presión sobre la renta disponible puede tener efectos a largo plazo sobre el crecimiento y la cohesión social.

Frente a estas críticas, los defensores de la inversión inmobiliaria argumentan que el problema no es la especulación en sí, sino la falta de oferta y la rigidez normativa.

Señalan que la inseguridad jurídica, la lentitud administrativa y la escasez de suelo urbanizable frenan la construcción de nuevas viviendas y tensionan el mercado existente. Desde esta perspectiva, la solución pasaría por aumentar la oferta, incentivar la colaboración público-privada y mejorar la regulación sin demonizar a los propietarios.