Los precios de la vivienda en España han alcanzado máximos históricos recientes a finales de 2025 y principios de 2026, superando los niveles de la burbuja de 2007. Según los últimos datos, tanto el precio del alquiler como el de compra acumulan varios años de subidas continuadas, con incrementos en grandes ciudades y zonas costeras.
Esta situación ha conseguido que millones de españoles no puedan permitirse alquilar una vivienda y mucho menos comprarla. Jóvenes, familias con ingresos medios e incluso trabajadores con empleo estable se ven obligados a compartir piso, regresar al hogar familiar o destinar más del 40 % de sus ingresos mensuales al pago del alquiler.
Sin embargo, este problema no afecta únicamente a quienes viven en el país, también golpea a quienes llegan en busca de una vida mejor y se encuentran con una realidad asfixiante. Es el caso de Alicia, una cubana que emigró a España con expectativas de progreso y se topó con un mercado inmobiliario que califica como un auténtico abuso.
"Vine buscando una vida mejor"
Para comprender el choque que viven miles de recién llegados, es necesario analizar el abismo que separa ambas realidades inmobiliarias. Mientras que en Cuba la crisis es física y de deterioro, marcada por la escasez de materiales y una cultura donde la vivienda suele resolverse por herencia, en España la barrera es puramente financiera.
De acuerdo con los expertos, en España el problema no es que falten techos, sino que el acceso a ellos está bloqueado por la especulación, el turismo y la inversión extranjera. Esta diferencia estructural golpea de lleno a la creciente comunidad cubana en el país que aterriza buscando estabilidad.
Alicia tiene 22 años y llegó a España hace aproximadamente cinco meses. Su decisión de emigrar estuvo motivada por un deseo claro de superación personal y de construir un futuro que, según ella misma reconoce, no habría sido posible de haberse quedado en Cuba.
Durante sus primeros meses vivió en casa de sus tíos, una situación que le permitió adaptarse al país, encontrar trabajo y reunir algo de estabilidad antes de dar el paso que considera inevitable: independizarse. Ese proceso, explica en su canal de YouTube, fue tan necesario como aterrador.
Desde su perspectiva, estar en España significa tener la oportunidad de aspirar a una vida mejor, aunque el camino esté lleno de incertidumbres. Para ella, la independencia no es solo una cuestión de espacio físico, sino una prueba de que su proyecto migratorio empieza a tomar forma.
Alicia, cubana, sobre su experiencia buscando piso en España.
No obstante, la búsqueda de vivienda fue uno de los momentos más duros de su experiencia. Alicia y su pareja dedicaron cerca de dos meses a buscar un lugar donde vivir, convencidos inicialmente de que alquilar una habitación sería la opción más económica.
El alquiler de habitaciones se ha convertido en la única vía real de independencia para miles de españoles y migrantes, especialmente jóvenes y trabajadores con ingresos medios o bajos, ante la imposibilidad de asumir en solitario el coste de un piso completo.
En el caso de Alicia y su pareja, la mayoría de las habitaciones disponibles eran únicamente para una persona, lo que descartaba automáticamente muchas opciones. A esto se sumaban precios que oscilaban entre los 350 y los 700 euros mensuales, cifras que considera desproporcionadas para espacios reducidos y compartidos.
El hecho de residir en una zona turística cercana a la playa influyó de forma decisiva en esos precios. Además, muchas de las habitaciones que encontraban se ofrecían únicamente para alquileres temporales, una condición que no les aportaba la estabilidad que buscaban para asentarse y planificar su futuro.
Tras hacer números y comprobar que una habitación para dos personas podía superar fácilmente los 500 euros mensuales al sumar gastos de electricidad, agua e internet, concluyeron que, por una cantidad algo mayor, podían aspirar a un espacio propio.
El salto a la búsqueda de un apartamento pequeño no resultó más sencillo. Alicia explica que los precios de estudios o pisos de una sola habitación rara vez bajaban de los 700 euros y, en muchos casos, alcanzaban los 1.000 euros mensuales.
Tras más de un mes de visitas, llamadas y gestiones, lograron encontrar un estudio, un espacio muy reducido donde todas las estancias se concentran en un único ambiente.
El proceso de alquiler estuvo marcado por exigencias administrativas que, para una persona recién llegada al país, suponen una barrera considerable.
Para poder firmar el contrato, les solicitaron un contrato de trabajo en vigor, las tres últimas nóminas y el pago de un mes de fianza. Alicia reconoce que tuvo suerte, ya que en otros casos les pedían hasta dos meses adicionales, algo inasumible para muchas personas jóvenes o migrantes.
Su nuevo hogar es pequeño, pero funcional y acogedor. En el mismo espacio conviven la cama, el sofá y la cocina, sin una habitación independiente. A pesar de ello, Alicia lo describe como un lugar bien acomodado y "bonito", suficiente para empezar esta nueva etapa.
El alquiler mensual asciende a 550 euros, sin incluir los gastos de electricidad, agua o internet, que debe abonar aparte. El estudio venía amueblado con lo básico, incluyendo baño completo, armario, sofá, televisión, cama, microondas, extractor y nevera.
A pesar del estrés, la incertidumbre y el esfuerzo económico que ha supuesto el proceso, Alicia se muestra satisfecha y orgullosa de haber logrado independizarse.
