Según las macroencuestas sobre violencia en las relaciones, alrededor del 30% de las mujeres en España ha vivido a lo largo de su vida algún tipo de violencia psicológica, emocional o de control por parte de su pareja o expareja. Más allá de los casos extremos, estas cifras muestran cómo muchas conductas no siempre adoptan formas visibles ni fácilmente identificables.
El control puede confundirse con preocupación, las discusiones se justifican como parte del carácter y las rupturas repetidas se interpretan como una señal de intensidad emocional. Con el tiempo, este desgaste se integra en la relación sin que la persona sea plenamente consciente de que está viviendo un vínculo perjudicial.
En este contexto, la psicóloga del amor Silvia Llop advierte de una señal especialmente clara de relación tóxica: romper y volver de manera continua con la misma pareja. Lejos de ser una prueba de amor, este patrón suele indicar que los problemas de fondo no se resuelven y que el vínculo se sostiene por miedo a la soledad.
La señal definitiva de una relación tóxica
Una relación tóxica es un vínculo dañino donde predominan el control, la manipulación, la falta de respeto y la dependencia emocional. En lugar de promover bienestar, estos vínculos se caracterizan por dinámicas como celos excesivos, críticas constantes, desvalorización, falta de apoyo y desequilibrio de poder.
Para muchas personas, estos comportamientos son o se vuelven "normales" con el tiempo, especialmente si no han recibido educación emocional o si han observado modelos relacionales conflictivos en su entorno familiar o social. Sin embargo, es fundamental reconocerlos.
Según ha señalado la psicóloga Silvia Llop en el videopódcast Tengo un Plan, una de las señales más claras de que una relación es tóxica es el patrón de romper y volver de forma recurrente. El ciclo de ruptura y reconciliación refleja que algo no está funcionando y revela una incapacidad para resolver los conflictos de raíz.
De acuerdo con Llop, cuando una pareja rompe y se reconcilia múltiples veces, a menudo lo que motiva el regreso no es la solución de los problemas subyacentes, sino el miedo al vacío que deja la otra persona.
Ese vacío puede sentirse insoportable emocionalmente, lo que impulsa a uno o a ambos a regresar para llenar el vacío momentáneamente, aunque el motivo original de la ruptura siga sin resolverse. El resultado es un ciclo de desgaste que raramente lleva a un cambio verdadero.
En el análisis que hace Llop, estas segundas oportunidades pierden sentido cuando no hay un trabajo profundo y efectivo sobre los problemas que llevaron inicialmente a la ruptura.
Silvia Llop, psicóloga del amor, hablando sobre las relaciones tóxicas.
La reconciliación sin cambio perpetúa la insatisfacción y puede dañar aún más la autoestima, creando una dependencia afectiva donde se confunde el apego con amor.
Este prisma ayuda a entender por qué muchas personas adultas permanecen en relaciones insatisfactorias: no siempre es la falta de amor lo que las retiene, sino el miedo a la soledad o la idea internalizada de que "luchar por la relación" es sinónimo de amor profundo.
Según explica Silvia Llop, hablar de "lucha" dentro de una relación de pareja debería generar alerta. Cuando un vínculo es sano, no se vive como una batalla constante, sino como un espacio en el que predomina la calma y la cooperación.
En las relaciones sanas existe respeto, entendimiento y una sensación de avanzar juntos, donde ambas personas están alineadas, comparten objetivos y afrontan las dificultades desde el mismo lado, sin enfrentarse entre sí.
Por otro lado, en las relaciones tóxicas se da una dinámica desequilibrada donde una persona "tira del carro" y la otra va a remolque. Esa asimetría suele mantenerse hasta que quien se esfuerza se agota, sufre un contratiempo o simplemente deja de invertir energía, momento en el cual la relación falla.
El origen y la solución de las relaciones tóxicas
El origen de estas dinámicas puede remontarse a los patrones familiares y a la autoestima de cada individuo. Muchas personas repiten modelos relacionales que han observado en su infancia, porque es lo que su cerebro reconoce como habitual.
Cuando ciertas formas de maltrato emocional han sido normalizadas en el entorno familiar, puede resultar difícil identificar comportamientos similares en una relación adulta como nocivos, generando una falsa sensación de familiaridad o "amor verdadero".
La autoestima también juega un papel crucial. Cuando las personas tienen una autoestima baja, son más vulnerables a aceptar "migajas" o tratos que no respetan su dignidad emocional.
Por el contrario, una autoestima sana tiende a rechazar de manera automática a quien infringe maltrato, estableciendo límites saludables. En muchos casos, la falta de límites claros facilita que se instauren patrones de control, silenciamientos o desprecios que se disfrazan como normalidad.
Además, estos vínculos generan una ambivalencia emocional que llega a convertirse en una adicción química. Pasar de momentos de afecto intenso a episodios de indiferencia, genera picos emocionales que el cerebro interpreta de manera similar a la recompensa y castigo observados en la adicción a sustancias.
Ese vaivén emocional provoca que, cuando se intenta dejar la relación, la ausencia de la otra persona se sienta como una forma de abstinencia, lo que refuerza la dificultad de romper definitivamente con el vínculo pese a ser consciente de su toxicidad.
Ante estas complejas dinámicas, la psicóloga destaca una solución que considera fundamental para salir de una relación tóxica: el contacto cero. Cortar radicalmente la comunicación con la expareja permite que las emociones se asienten y que la persona pueda ver con mayor claridad la realidad de la relación.
Llop advierte que mantener cualquier tipo de comunicación con la persona con la que se tuvo un vínculo tóxico facilita la recaída emocional, ya que reactivar el contacto reenciende la dinámica afectiva disfuncional.
En situaciones donde hay hijos o vínculos laborales, propone lo que llama "contacto cero emocional": comunicarse únicamente en lo estrictamente necesario y evitando cualquier intercambio personal que pueda reavivar sentimientos o conflictos.
