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España presume, con razón, de ser el país de los bares. Desde las grandes capitales hasta el pueblo más pequeño, la hostelería articula la vida social y ha sido históricamente una vía de ascenso económico, capaz de garantizar ingresos estables incluso en tiempos de crisis.

Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de España. En todo el mundo, la hostelería sigue siendo un sostén frente a la incertidumbre, aunque hoy el éxito depende de la identidad del proyecto, la capacidad de adaptación y de saber crear comunidad más allá de abrir un local.

Ese es precisamente el caso de Andrea Torres, una joven emprendedora mexicana que, con solo 23 años, inauguró una cafetería. Lo hizo después de años de planificación, sacrificio personal y una estrategia clara para reunir el capital necesario: un mes después, había recuperado toda la inversión.

La historia de Andrea

Andrea nació y creció en Tijuana, una ciudad marcada por su condición fronteriza y por una intensa relación económica y cultural con Estados Unidos. Desde muy joven tuvo claro que quería emprender, aunque el camino no fue inmediato ni sencillo.

Comenzó los estudios universitarios en mercadotecnia, pero pronto comprendió que la universidad no le ofrecía las respuestas prácticas que estaba buscando. Decidió abandonar la carrera y apostar por aprender desde la experiencia directa, aun sabiendo que esa decisión implicaba riesgos y renuncias.

Durante dos años, su rutina fue tan exigente como meticulosa. Cada madrugada se levantaba a las dos de la mañana para cruzar la frontera hacia San Diego, donde trabajaba en una panadería.

Las jornadas eran largas, de hasta cincuenta horas semanales, con un salario de 16,50 dólares por hora más propinas. Mientras otros jóvenes de su edad construían su vida social, Andrea centró todos sus esfuerzos en un objetivo concreto: ahorrar lo necesario para abrir su propio negocio.

En España, la inversión aproximada para abrir una cafetería puede oscilar, de forma general, entre 40.000 y 120.000 euros, en función del tamaño del local, la ubicación y el nivel de personalización del proyecto.

A este desembolso inicial suelen contribuir la adecuación del espacio y las reformas, la compra de maquinaria como cafeteras profesionales, molinos y cámaras de refrigeración, el mobiliario, las licencias y permisos, el primer stock de producto y un colchón de tesorería para afrontar los primeros meses de actividad.

La experiencia de Andrea abriendo una cafetería.

Andrea vivía con sus padres, redujo al mínimo sus gastos personales y convirtió el sacrificio en una inversión a largo plazo. Ese esfuerzo, con el paso del tiempo, se materializó en Casa Madre, una cafetería situada en Tijuana.

Desde el inicio, Andrea tuvo claro que no quería un local genérico. El proyecto debía reflejar valores de cuidado, trabajo artesanal y cercanía. Aprendió cerámica para fabricar ella misma las tazas en las que se sirve el café, un detalle que no solo aporta identidad al espacio, sino que puede llegar a reducir el presupuesto.

La producción propia se convirtió en otro de los pilares del negocio. En lugar de depender de proveedores externos para los postres y algunos insumos, Casa Madre elabora gran parte de su oferta en el propio establecimiento.

Esta decisión le permitió a Andrea controlar la calidad del producto, reducir costes y aumentar el margen de beneficio, algo poco habitual en proyectos que comienzan desde cero. Lejos de improvisar, cada elección respondió a una lógica de sostenibilidad económica.

El éxito inicial no llegó por campañas publicitarias ni grandes inversiones en marketing. Andrea optó por documentar el proceso de construcción y preparación del local en redes sociales, mostrando avances, errores y aprendizajes.

Esa transparencia generó una comunidad interesada incluso antes de que la cafetería abriera sus puertas. El día de la inauguración, muchos clientes ya conocían el proyecto, un factor clave para el arranque inmediato del negocio.

Todos estos detalles a los que Andrea prestó atención fueron los responsables de que, después de un mes, recuperase la totalidad de la inversión inicial. "Me dijeron que tendría que esperar un año, pero no fue así", cuenta. Hoy, lidera un equipo de seis personas.

Andrea defiende que la década entre los veinte y los treinta años es el mejor momento para emprender. Considera que es una etapa en la que el margen de error es mayor y las consecuencias de equivocarse son asumibles.

Para ella, cada fallo es una fuente de aprendizaje y no un obstáculo definitivo. Esa mentalidad, alejada del miedo al fracaso, ha sido determinante en su trayectoria. Además, lejos de conformarse con lo conseguido, ya piensa en el siguiente paso.

A corto plazo planea abrir Casa Madre Panadería, ampliando el concepto original, y a largo plazo sueña con expandir la marca y crear varias sucursales.