Dori L. Nieves
Publicada

Querida lectora de Magas:

No sé si felicitarte o darte el pésame.

Porque, aunque aún recuerdo el impacto que me causó conocer a alguien que había nacido a la luz de una vela y vivido para ver la llegada del hombre a la Luna, pocas veces somos realmente conscientes de los cambios históricos que nos ha tocado experimentar en primera persona.

Aunque sea algo tan 'aparentemente banal' como un cambio de siglo. Puede ser un tremendo castigo… o el más motivador de los retos.

Y es que el siglo XX creó las grandes instituciones de este mundo: empresas, organizaciones y bancos mundiales. Para ello, vino ataviado de estructuras jerárquicas, normas, reglas y mandatos.

Hace unos cuantos años, si don José Luis era el jefe, nadie le pedía que además fuera inteligente, dulce, amable, que perdiera esa barriguita de más o que fuera ejemplo de nada. El trabajo de don José Luis era ser el jefe. Punto.

Pero cuando andábamos preocupadas por el hecho de que el año 2000 pudiera provocar fallos en los sistemas de telecomunicaciones y ordenadores, no podíamos estar más equivocadas. Precisamente ocurrió justo lo contrario.

La llegada del nuevo milenio dio paso a una revolución igual o más poderosa que la industrial: la digital. Con ella, empezaron a caer dogmas, jerarquías rígidas y obediencias ciegas. Pero aparecieron la libertad, el poder personal y el famoso 'si quieres, puedes'.

A principios del siglo XXI, los jefes como don José Luis quedaron obsoletos. Ya no se hablaba de empresarios, sino de emprendedores. Los cargos como director o gerente comenzaron a oler a viejo (ahora debía haber CEOs, CIOs y otras ágiles siglas) y, en las oficinas, las moquetas grises se sustituyeron por futbolines.

A los profesionales con responsabilidad se nos pidió que fuéramos líderes, coaches e inspiradores. Y, si eras mujer, la exigencia se multiplicó, porque había que añadir los roles de terapeuta, mediadora, psicóloga, visionaria, cuidadora, referente, equilibrista de la conciliación… y hasta de monja budista tibetana.

Porque esta época con toda su promesa de libertad, venía con una trampa silenciosa: la de la autodestrucción. Por tensión. Por ansiedad. Por ese "yo puedo con todo" que nunca tiene techo. El poder hacer tiene el peligro de estar abierto por arriba.

Así, muchas seguimos aceleradas, con otro disfraz, pero por la misma causa: un mundo con exceso de testosterona. Excelentes guerreras con ojeras, sosteniendo el peso del mundo sobre los hombros.

Y cuando pensábamos que ya teníamos suficiente, la revolución digital dejó de asomar tímidamente la patita y nos mostró, sin pudor alguno, el poder de la inteligencia artificial.

Porque sí, querida Maga: las máquinas han aprendido a pensar. No nos engañemos con mensajes edulcorados.

Aquellos robots que hace años programábamos con reglas limitadas ahora funcionan con redes neuronales inspiradas en el cerebro humano, capaces de aprender y mejorarse a sí mismas.

Pero quizá hay una esperanza. Y es que, cuando esto sucede, es la hora de que el ser humano vuelva a sentir.

Tradicionalmente se ha asociado el hemisferio izquierdo del cerebro con la lógica, el lenguaje y el esfuerzo, y el derecho con la intuición, la creatividad, la empatía y la conexión. No es casualidad que al primero se le haya llamado energía masculina y al segundo, energía femenina.

Estamos a las puertas de la mayor transformación que hayamos vivido en generaciones. Y el secreto no está en hacer más ni más rápido. Está en recordar la magia que llevamos dentro.

Sólo desde ahí podremos transformarnos primero a nosotras mismas, para, por fin, conseguir liderar el mejor planeta que hayamos conocido jamás.

Dori L. Nieves es la autora del libro Liderar con magia, una guía que recoge todos los trucos para sacarle el mayor partido posible a la IA.

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