Hubo un tiempo en que mi vida era una sucesión de listas, reuniones y alarmas. Vivía en una yincana constante, creyendo que productividad y felicidad eran lo mismo. Hasta que un día, en la sala de espera de una consulta, comprendí que el tiempo no se gestiona: se vive.
Recuerdo que llegué a aquella cita con la sensación de ir siempre tarde. La terapeuta me habló de cortisol, de atención dispersa, de pastillas. Pero lo que realmente me faltaba era tiempo: tiempo mental, vital y emocional para respirar y reconectar conmigo.
Ese día fue el principio de mi libro Sí te da la vida (Plataforma Editorial S.L., 2025), un viaje para reconciliarme con el tiempo y con la necesidad de parar. Y también fue el germen de este Cuaderno de Bitácora, una herramienta práctica para quienes desean transformar las páginas leídas en acciones reales.
De pequeña, mi madre me decía que "Dios le ayudaba a estirar su tiempo". Crió cinco hijos sola, sin perder la sonrisa ni el propósito. Ella fue la maga que me enseñó que el tiempo no se mide en minutos, sino en amor, entrega y sentido.
Por eso, cuando escribí el Cuaderno de Bitácora, pensé en todas las mujeres que, como ella, sienten que no llegan a todo. Este cuaderno no es una agenda más: es un refugio donde aprender a detenerse, agradecer y decidir con intención hacia dónde dirigir la energía.
Cada mes incluye preguntas, ejercicios y espacios para reflexionar sobre lo que funciona y lo que no. No busca la perfección, sino la conciencia. Porque el bienestar no se consigue tachando tareas, sino dándonos permiso para no hacerlo todo perfecto.
Mientras escribía, imaginaba a cada lectora completando su propia hoja, encontrando respuestas a su ritmo. Por eso el cuaderno no tiene fecha fija: puede empezar en cualquier momento, como los verdaderos cambios de vida, que nunca llegan el 1 de enero, sino cuando una está lista.
En el fondo, este proyecto nació de un deseo simple: vivir con menos prisa y más presencia. Y, sobre todo, recordar que el tiempo no se nos escapa, sino que se ensancha cuando lo llenamos de lo que realmente importa.
Hoy sé que no se trata de hacer más, sino de vivir mejor. Que cada día puede ser una pequeña bitácora de gratitud, y que escribir en ella es una forma de decir: "Estoy aquí, y esto sí me da la vida".
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