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Con la llegada del buen tiempo, los polvos bronceadores y los coloretes vuelven a ocupar un lugar protagonista en muchos neceseres.

Ese toque cálido capaz de recrear el efecto de unos días de vacaciones sigue siendo uno de los recursos más utilizados para conseguir buena cara en pocos segundos.

Sin embargo, la forma de utilizarlos no debería ser la misma a los 25 que a los 45. La piel evoluciona con el paso de los años. Pierde hidratación, elasticidad y luminosidad natural.

Como consecuencia, algunos productos y técnicas que antes funcionaban a la perfección pueden acabar resaltando justo aquello que se pretende disimular como son líneas de expresión, poros visibles o signos de cansancio.

Los expertos coinciden en que, a partir de los 40, no solo importa qué bronceador se utiliza, sino también cómo se aplica. Un pequeño cambio en la técnica puede marcar una gran diferencia en el resultado final.

Menos mate y más luminosidad

Uno de los errores más habituales es seguir recurriendo a fórmulas excesivamente secas o compactas. Aunque durante años los acabados mate dominaron el maquillaje, las necesidades de la piel madura son diferentes.

Según explica Cristina Alonso, responsable de formación de Sisley España, este tipo de productos tienden a asentarse en las líneas de expresión y a enfatizar la textura cutánea. Lejos de aportar frescura, pueden crear un aspecto apagado y envejecido.

Por eso, cada vez más maquilladores recomiendan optar por fórmulas satinadas o con un ligero reflejo luminoso. No se trata de conseguir un efecto brillante, sino de devolver luz al rostro de una forma natural.

Los acabados luminosos ayudan a reflejar mejor la luz y generan un efecto visual más fresco. Además, aportan dimensión al rostro sin necesidad de recurrir a técnicas de contorno muy marcadas.

Las texturas híbridas, como los polvos gelificados o las fórmulas ultrafinas, también se han convertido en grandes aliadas. Su capacidad para fundirse con la piel permite conseguir un resultado más natural.

La tendencia actual se aleja del maquillaje pesado y busca recrear el llamado efecto sunkissed, esa apariencia saludable y descansada que deja una exposición moderada al sol.

El 'contouring' ya no favorece

Durante la última década, las técnicas de contorno inspiradas en las redes sociales conquistaron millones de rutinas de maquillaje. Pómulos extremadamente marcados, sombras pronunciadas y líneas muy definidas se convirtieron en la norma.

Los profesionales, en cambio, advierten de que este tipo de maquillaje suele endurecer las facciones cuando aparecen los primeros signos de envejecimiento.

La pérdida natural de volumen que se produce con la edad hace que los contrastes demasiado marcados puedan enfatizar la flacidez o proyectar sombras poco favorecedoras.

Por ello, los expertos recomiendan sustituir el contouring rígido por un uso mucho más estratégico de los polvos bronceadores. El objetivo ya no es esculpir el rostro de forma evidente, sino aportar calidez, dimensión y un aspecto descansado.

Las zonas ideales para aplicar el producto son aquellas donde el sol incide de manera natural: la frente, el puente de la nariz, los laterales del rostro y la barbilla.

Con esta técnica se consigue un efecto más armonioso y realista, sin necesidad de transformar la estructura facial mediante sombras artificiales.

La 'técnica del pez'

Uno de los consejos que más se han repetido durante años para aplicar polvos de sol consistía en hundir las mejillas hacia dentro, imitando el gesto de un pez. De esta manera se marcaba la línea bajo el pómulo para definir el rostro.

En cambio, la maquilladora y beauty coach Mónica Martínez considera que esta técnica deja de ser favorecedora a partir de cierta edad. "La técnica del pez ya no eleva el pómulo", explica la experta. Según señala, este gesto puede provocar justamente el efecto contrario al deseado, haciendo que las facciones parezcan más descendidas.

La razón es que, con el paso de los años, el rostro pierde firmeza y volumen en determinadas zonas. Si el producto se aplica demasiado abajo, se crea una sombra que visualmente arrastra los rasgos hacia abajo.

Para evitarlo, Martínez recomienda cambiar completamente el punto de aplicación. En lugar de seguir la línea tradicional bajo el pómulo, aconseja trabajar el producto en dirección ascendente.

La técnica consiste en utilizar una brocha suave y redondeada, retirar el exceso de producto antes de tocar la piel y aplicar los polvos elevando el movimiento hacia la sien. Este sencillo gesto crea un efecto óptico más rejuvenecedor y ayuda a que el rostro se vea más elevado.

El color también juega un papel fundamental. Los tonos excesivamente oscuros pueden endurecer las facciones y aportar un resultado artificial. En cambio, los tonos medios y cálidos suelen integrarse mejor con la piel y aportan un aspecto más saludable.

Los expertos insisten además en que la clave está en la moderación. Es preferible aplicar capas ligeras e ir construyendo intensidad poco a poco que depositar demasiado producto desde el principio.

Unos segundos extra dedicados a difuminar pueden transformar por completo el resultado. Al final, el secreto de unos polvos bronceadores favorecedores después de los 40 no está en marcar más el rostro, sino en devolverle luz, frescura y naturalidad.