Madrid nunca nos pidió la partida de nacimiento. Esa ha sido siempre su grandeza y también su trampa. Una ciudad que te deja entrar sin hacer preguntas acaba convirtiéndose en una deuda sentimental.

Madrid no te interroga cuando llegas. Sonríe, te abre la puerta, te deja sentarte, te presta una noche, un amor torcido, un camarero que ya sabe cómo tomas el café y una acera donde volver a empezar. Y con eso te conquista.

Muchos madrileños no nacimos aquí. No tenemos una foto infantil vestidos de chulapos con un clavel desmayado en la solapa. No recordamos a una abuela ajustándonos el pañuelo ni aprendimos a distinguir de niños entre la postal y la tradición.

Atravesamos los límites de la M-30 más tarde y decidimos pertenecer aquí de una forma más consciente, más feroz y superlativa. Nos hicimos madrileños a base de sobrevivir en la ciudad, que es otra manera más honda de amar.

Madrid ha sido generoso con nosotros. Nos ha acogido con esa mezcla suya de indiferencia elegante y ternura secreta. Nos ha permitido decir que es nuestra capital sin exigir pedigrí, como si ser madrileño fuera menos una cuestión de cuna que de resistencia.

Y precisamente por eso, porque nos ha dado cobijo, conversación y biografía, quizá haya llegado el momento de pagar algunos intereses de la deuda contraída.

Empieza San Isidro y, qué quieren que les diga, ya era hora de que algunos saliéramos de todo eso que hacemos habitualmente. Presumimos de conciertos, de teatros y de eventos deportivos.

Hemos recomendado restaurantes imposibles, terrazas con lista de espera y hoteles donde uno nunca se alojaría pagando de su bolsillo, hemos recorrido las calles a cualquier hora intentando averiguar si en algún momento aquí dormimos todos a la vez.

Paseamos por los museos con las mejores obras de arte y enseñamos a quienes vienen de fuera que es el lugar en el que cualquiera desearía vivir. Eso y mucho más.

Pero no todos hemos ido a la Pradera. Y la Pradera, ay, la Pradera.

Ese Madrid sin pretensión, sin barniz, sin ese afán contemporáneo de convertirlo todo en experiencia prémium. Ese Madrid de rosquillas pegajosas, de mantones heredados o inventados, de vermú compartido, de organillo y de conversación a voces.

Ese Madrid que no necesita parecer cosmopolita porque ya sabe perfectamente quién es. Quizá por eso emociona tanto descubrir que quienes nos están empujando a volver allí no son los guardianes profesionales de la nostalgia, sino los jóvenes.

Esa generación sobre la que llevamos años construyendo un relato mezquino, condescendiente y cómodamente derrotista. Que si no quieren nada serio. Que si viven dentro de una pantalla. Que si no saben pertenecer.

Qué fácil ha sido siempre despreciar a quien viene detrás. Y van ellos y nos desmontan el discurso con una elegancia insolente.

Se ponen el traje de su ciudad. Rescatan canciones que no vivieron. Bailan tradiciones que nadie les impuso. Reivindican una identidad que no entienden como museo, sino como fiesta. Han entendido que las raíces no inmovilizan, sostienen. Bella lección para aprender, y aún estamos a tiempo.

Hace unos meses, Marta Rivera de la Cruz dejó caer una idea que se quedó revoloteando en mi cabeza como esas melodías a las que primero sonríes y con las que luego te entusiasmas: hay que rescatar el alma de esta fiesta.

Tenía razón.

Porque Madrid, que nos ha dejado tanto, también merece que la cuidemos en lo pequeño, en lo aparentemente intrascendente, en esas tradiciones que parecen folclore hasta que un día descubres que eran identidad.

Porque una ciudad no se mantiene sólo con inversiones, titulares y aperturas. Se sostiene también en sus rituales. En sus códigos secretos. En sus fiestas populares. En la forma en que sus habitantes deciden seguir contándose a sí mismos.

Nos hemos vuelto sofisticados para algunas cosas y huérfanos para otras. Sabemos movernos por Londres, reservar en París y orientarnos en Nueva York, pero quizá no sabemos todavía querer del todo a la capital que nos dio un lugar cuando éramos de algún sitio al que no llegar en una hora.

Quizá hemos paseado mucho por el Prado y poco por la Pradera.

Y Madrid, que nunca nos pidió nada, empieza a tener derecho a reclamarnos algo. No una obediencia rancia. No una nostalgia impostada. No el disfraz sin alma.

Nos pide presencia. Gratitud. Alegría. Nos pide que si hemos aceptado su abrazo, ahora ayudemos a conservar su esencia.

Madrid no quiere ser sólo una ciudad eficaz, rentable y fotogénica. Necesita seguir siendo Madrid. Es esa criatura excesiva, hospitalaria, canalla y sentimental que te adopta sin ceremonia y luego consigue que la quieras como si la hubieras mamado.

No queda otra: este San Isidro habrá que llegar a la tradición. No pasa nada, aunque parezca tarde. Será llegar otra vez a la primera cita con Madrid. Una primera vez de esas que dejan huella.

Habrá que ponerse el clavel aunque no haya fotos familiares que lo justifiquen. Habrá que aprender el rito aunque nadie nos lo enseñara. Porque ser uno más, ser de aquí, es entender que con Madrid siempre se está un poco en deuda.