El amor a veces llega tarde.
Lo sabemos.
Llega cuando ya hemos aprendido a no esperar.
Cuando ya no ponemos la vida en pausa por nadie.
Cuando ya no somos la persona que lo pidió.
De eso se habla poco.
Del desfase entre el deseo y el momento.
De lo que ocurre cuando el amor aparece y ya no encaja del todo con quien somos.
Hay amores que no fueron porque no supieron.
Amores que no llegaron porque no se atrevieron.
Amores que se quedaron detenidos en ese punto exacto donde no pasa nada, pero todo pesa.
Y también están los amores que se pasaron.
Los que llegaron tarde, mal o fuera de tiempo.
Los que no fallaron: simplemente no coincidieron.
Esos amores existen y no son una anomalía.
Son parte del recorrido.
No son un error que haya que borrar, ni una herida que haya que romantizar.
Son experiencia.
También existen los amores que duraron lo justo para enseñarnos algo y marcharse.
Los que no fueron casa, ni futuro, ni domingo.
Los que no llegaron a convertirse en una vida compartida, pero sí dejaron una marca.
Y esa marca, con el tiempo, se convierte en mirada.
De esos amores no se habla en San Valentín.
No encajan en la narrativa.
No salen en las fotos.
No se celebran.
San Valentín, tal y como lo conocemos, suele pedir otra cosa: gestos visibles, cenas con velas, promesas grandes.
Un amor hacia fuera.
Un amor que se demuestra.
Un amor que se mide.
Un amor que muchas veces funciona más como prueba que como refugio.
Quizá por eso este día genera tanto ruido y tan poco sosiego.
Porque obliga a compararse.
A preguntarse si se está donde se debería estar.
A convertir el afecto en un escaparate.
Pero quizá San Valentín debería ser otra cosa.
Algo menos escénico y más útil.
Algo que no dependa de nadie más.
Quizá debería ser una tregua.
Un día sin exigencias emocionales.
Un día sin balances sentimentales.
Un día sin la obligación de encajar en un modelo concreto de felicidad.
Quizá debería ser el día del capricho.
Del autorregalo.
Del “me lo merezco” dicho con naturalidad, no como defensa.
El día de comprarse algo bonito sin justificarlo.
De regalarse tiempo, cuidado, descanso.
De invertir en una misma sin pedir permiso.
Porque nos hablamos mal con demasiada frecuencia.
Nos exigimos claridad, estabilidad, rendimiento emocional.
Nos pedimos estar bien, saber lo que queremos, llegar a todo.
Como si vivir no fuera ya suficientemente complejo.
San Valentín podría ser el día de parar ese diálogo interno.
De bajar el tono.
De tratarnos con la misma consideración con la que tratamos a quienes queremos.
De asumir, de una vez, que no deberíamos ser crueles con nosotros mismas.
Porque el amor con el que menos fantaseamos es el único que no se va.
El único que no depende de mensajes, acuerdos o promesas.
El único que atraviesa todas las etapas.
De ese amor se habla poco porque no se exhibe.
Porque no genera imágenes bonitas.
Porque no tiene un relato rápido.
Pero es el amor que sostiene.
El que acompaña cuando no hay nadie mirando.
El que permanece cuando los demás cambian, se cansan o se van.
Querernos toda la vida suena excesivo hasta que entiendes que no hay alternativa.
Que no se puede construir nada desde el abandono propio.
Que no se puede querer bien si uno se trata mal.
Para saber querer hay que aprender primero a no irse.
A no romperse para encajar.
A no exigirse más de lo que se puede dar.
San Valentín podría servir para recordar eso.
No como consigna, sino como práctica.
Cuidarse también es romántico.
Mimarse no es egoísmo, es responsabilidad.
Darse algo bonito no es frivolidad, es reconocimiento.
Quizá hoy no haya flores regaladas.
Quizá no haya mensajes.
Quizá no haya nadie al otro lado de la mesa.
Pero estás tú.
Y con eso basta para empezar.
Cómprate algo.
Algo que te recuerde que importas.
Algo que no necesite explicación.
Algo que no sea una promesa, sino un gesto.
Hoy.
Para empezar hoy.
Trátate como si fueras alguien importante.
Porque lo eres.
