El lunes, 26 de enero, Francia dio un paso trascendental al convertirse en el primer país europeo en legislar la prohibición de redes sociales a menores de 15 años. La medida, que también permitirá vetar el uso de móviles en los institutos, salió adelante en la Asamblea Nacional con apoyo del presidente Emmanuel Macron con 116 votos a favor y 23 en contra.
El debate se ha iniciado por procedimiento de urgencia con el objetivo de que pueda entrar en vigor a tiempo para el próximo curso escolar y ahora deberá pasar por el Senado. De aprobarse, el país galo sería el segundo que limita estas plataformas a niños y serviría de impulso para que otros Estados, entre ellos España, se decidan a hacer algo parecido.
La polémica está abierta en todo el mundo desde que en diciembre Australia anunció que bloquearía el acceso a menores de 16. Cierto es que la nación austral se lo está tomando en serio y ya supervisa el cumplimiento a través de un organismo encargado de detectar infracciones que podrían llevar a sanciones de hasta 49,5 millones de dólares australianos.
Desde su decisión, el goteo de países que han tomado cartas en el asunto —en un momento marcado por la difusión masiva de deepfakes en Grok, el bot de inteligencia artificial (IA) de X y por el escrutinio sobre el impacto de la vida digital en la salud mental de los menores—, ha sido constante, con otras predisposiciones parecidas en Malasia y Austria.
En España, el debate está formalmente abierto desde hace años y parece que se acerca la posibilidad de colocar el mínimo de edad de los 14 a los 16. En este sentido, el Gobierno español está promoviendo el proyecto de ley de Protección al Menor en el Entorno Digital, que prohibirá el acceso a redes sociales de menores de esa edad salvo que los padres den su consentimiento.
Imagen de archivo de una niña con el móvil en el colegio.
El Ministerio de Juventud e Infancia y el de Transformación Digital llevan tiempo trabajando conjuntamente a fin de garantizar su aprobación. Abogan por acotar el uso del móvil en los centros educativos, ampliar la responsabilidad de los proveedores de estos servicios y tipificar como delito el uso de deepfakes sexuales, que han ido creciendo en estos meses.
En este sentido, los ministerios trabajan con el horizonte de 2026 y están testando con la Comisión Europea una herramienta de verificación de edad, que "tan importante es como lo es la legislación", señaló el ministro Óscar López, y que esperan que entre en vigor en los próximos meses, integrada en la Cartera Digital Beta.
Una infancia 3.0
En España, según el estudio Infancia, adolescencia y bienestar digital. Una aproximación desde la salud, la convivencia y la responsabilidad social (elaborado por Red.es, Unicef España, la Universidad de Santiago de Compostela y el CCII), el acceso al móvil se consolida pronto.
A los 10 años, cuatro de cada diez alumnos en España ya tienen teléfono propio; a los 12, ya son tres de cada cuatro. El smartphone, que hace apenas unas décadas era símbolo de cierta madurez, se ha convertido en un objeto más en la mochila.
El porcentaje de quienes disponen de uno es algo más alto entre las chicas, pero la diferencia no es abismal. Además, nueve de cada 10 adolescentes españoles están registrados al menos en una plataforma y tres de cada cuatro declaran tener cuenta en tres o más.
La letra de las condiciones de uso se difumina en cuanto se mira a 5º y 6º de Primaria: allí, casi ocho de cada 10 tienen ya cuenta en alguna red, y casi la mitad, en tres o más. Para muchos, la adolescencia digital empieza antes de que llegue la física, y la escuela no es ajena a este cambio de paisaje.
Casi la mitad del alumnado lleva el móvil al centro todos o casi todos los días; en la ESO, el porcentaje supera ya el 50%. Entre quienes lo hacen, un tercio admite que lo mira en clase. La noche tampoco está libre: cuatro de cada 10 estudiantes duermen con él en la habitación, y casi la mitad lo usa de madrugada.
Ellas, cada vez más expuestas
La intención de retrasar la entrada de los menores en las redes sociales y endurecer el uso del móvil en los institutos ha trascendido a las aulas, las organizaciones dedicadas a la infancia e incluso las consultas de psicología. Al hablar con expertos, todos detectan un patrón común: las chicas se exponen en mayor medida y pagan un precio más alto ante usos indebidos.
Ellas publican más, reciben más presión y concentran más parte del daño psicológico. Nacho Guadix, responsable de Educación y Derechos Digitales de UNICEF España, resume así una de las brechas que ve en los datos: el uso problemático de redes afecta al 5,7% del alumnado, "pero en su caso es casi el doble; hablamos de un 7,2% de chicas y un 4% de los chicos”.
En este grupo, los indicadores de bienestar emocional y calidad de vida son peores. El especialista también apunta a patrones distintos. "El uso más intensivo de redes sociales es por parte de ellas y el de los videojuegos por la de ellos". Respecto al gaming, las chicas a menudo optan por emplear nombres masculinos para evitar el acoso o la hipersexualización.
En este último terreno, Guadix subraya que "todas las cuestiones asociadas a presiones para subir contenido en privado, sexting —conducta que se dispara entre menores que duermen con el móvil en la habitación— y casos de solicitudes sexuales por parte de adultos las sufren mucho más", lo que muestra un fuerte componente de género.
El especialista de UNICEF considera que internet devuelve una "foto" de las desigualdades y violencias que existen fuera de la red, aunque no son per se el problema. Opina que se deben tomar medidas urgentes, pero evitando soluciones simplistas y apelando a la responsabilidad de las compañías tecnológicas y de las marcas.
En este sentido, cuando habla de presiones a las que las niñas están más expuestas, también se refiere a la entrada temprana de la cosmética en su vida digital: "Hay algunas que con 10 años se saben todos los tipos de rímel que existen. No es casual; reciben todo el tiempo contenidos de influencers y firmas que buscan fidelizar a la clientela desde pequeña".
La exposición temprana a redes sociales se asocia con un auge de la cosmeticorexia, la adicción a las rutinas de 'skincare', en auge entre niñas y adolescentes.
En la consulta, la psicóloga infantil Bárbara Zapico, a favor de la iniciativa del Gobierno —que podría desconectar a 700.000 usuarios de las redes— incide en el impacto que tiene la exposición en su salud mental: "En los últimos años, he observado un aumento de los problemas de ansiedad, síntomas depresivos y trastornos de la conducta alimentaria".
Por ejemplo, dice, "los filtros y las imágenes editadas generan ideales estéticos inalcanzables que, en un cerebro que aún madura, pueden afectar a la construcción de la identidad y la autoestima. El uso precoz y exacerbado de Instagram o TikTok—algunas de sus pacientes confiesan estar hasta siete horas viendo vídeos— parten a veces de la búsqueda de validación extrema".
Cuando esa validación no llega, prosigue la especialista, pueden aparecer sentimientos de fracaso, rechazo y comparaciones constantes con otros perfiles, especialmente con compañeras percibidas como “más guapas" o cuyo físico se ajusta más a los cánones sociales del momento.
También alerta de los riesgos de la intromisión de la IA en este plano. "Está llevando a que no sepan discernir entre lo real y lo artificial y, al mismo tiempo, se está convirtiendo en una especie de consultora de cabecera para muchas", dice, en un momento en el que el suicidio adolescente alcanza las cifras más altas en 25 años.
En los grupos de familias encuestados por UNICEF se observan asimetrías en el uso. "Mis sobrinas están totalmente obsesionadas con TikTok, con el baile. Mis hijos no publican nunca nada, sólo ven, pero ellas suben muchas cosas: que si vídeos, fotos, maquillaje… Están más expuestas", cuenta un padre anónimo.
Otro familiar añade: "Tengo una adolescente y está mucho más pendiente del físico que mi hijo. No creo que sea sólo por la tecnología, sino que al fin y al cabo la sociedad es así. Todavía hay más riesgos para una mujer que para un hombre, y las tecnologías reflejan eso".
El acecho del porno
El sexismo aflora con especial fuerza cuando se habla del acceso a la pornografía, algo que el Gobierno quiere atajar con urgencia, por ejemplo, obligando a que todos los móviles que se vendan en España incluyan un sistema de control parental que permita bloquear el acceso a determinados contenidos.
"El hecho de que las nuevas generaciones se estén iniciando en las relaciones antes que quienes les precedieron y los modelos de referencia no los esté aportando la familia, el centro o los padres, sino un ente muy difuso y dudoso como Internet, es un problema", valora al respecto el profesor Lluís Ballester.
Según las investigaciones del profesor de la Universidad de las Islas Baleares, "las chicas de 13 o 14 llegan a entender como esperable o deseable para sus primeras relaciones unos patrones donde claramente están siendo vejadas. El consumo de porno —a su juicio, una máquina de modificación de conducta—, aumenta la victimización".
Imagen de archivo de una adolescente utilizando un 'smartphone'.
Como explica a UNICEF, esta ha "colonizado los productos de internet desde la perspectiva del consumo, de la invitación a la producción o la captación de imágenes". Tanto que, como revela un informe reciente de Save the Children, un 70% de los jóvenes no identifican plataformas como OnlyFans como vías de explotación sexual.
Además, "en Telegram y en Whatsapp circulan vídeos, violaciones grupales protagonizadas por menores de 14 que imitan todo lo que ven en el porno y lo graban... Es un modelo tóxico. La desconexión de la empatía es tan intensa que ni siquiera son conscientes del daño que provocan, uno muy duro emocional y físicamente para ellas", recuerda.
Ballester cree que la respuesta social sigue yendo por detrás: "Existe muy poca concienciación. Muchos responsables políticos creen que estamos como en el debate de los 70, la época de las revistas de destape. No tiene nada que ver. Un chaval de 14 años no tiene que estar bombardeado por este tipo de contenidos".
Para él, se ha sido “muy inocente con la industria”, y recuerda que “prácticamente el 90% de los anuncios en el porno son de prostitución” y que el canal de captación se ha sofisticado. "Todos somos responsables, incluso los profesionales de la educación, de la psicología, de la salud mental. No somos conscientes de lo que está pasando", añade.
Involucrar a toda la sociedad
Sobre el umbral de edad, en los debates técnicos se ha manejado a menudo la referencia de los 16 años como momento en que, sobre el papel, la mayoría del alumnado ha pasado por suficientes etapas educativas como para disponer de más herramientas de comprensión y pensamiento crítico en el entorno digital.
No es una cifra mágica ni resuelve por sí sola los problemas descritos, pero sirve de guía para quienes defienden, como Nacho Guadix, que el acceso a entornos muy expuestos debería alinearse con el desarrollo madurativo y con el momento en que se supone que la escuela ya ha trabajado esas competencias.
Frente a este cuadro, la psicóloga Bárbara Zapico insiste en que retrasar el acceso no debe entenderse como un castigo, sino como una medida de protección temporal: "Una forma de protección de los menores", que debería ir acompañada de educación digital y afectivo‑sexual y de un papel activo de las familias, algo en lo que todos los expertos coinciden.
Guadix, por su parte, recuerda que las chicas se encuentran hoy ante un bombardeo de presiones estéticas, sexuales y comerciales, y que cualquier cambio normativo tendrá que tener en cuenta esa realidad si quiere reducir la brecha de exposición que las deja a ellas especialmente en el foco.
Los riesgos asociados a la exposición a las redes sociales aumentan por la noche, según el informe de UNICEF.
Y ellas, ¿qué dicen? Noelia, de 15, ve con recelo una medida como la francesa: "A mí me parecería muy mal que llegase a España, porque me entretienen mucho. Cada vez que estoy aburrida me pongo a ver Instagram, TikTok o lo que sea. Cuando quiero saber quién es alguien, le busco ahí. Y puedo hablar con gente sin tener que dar mi número".
Si se fijara un mínimo de 16 años, admite que buscaría la forma de esquivarlo: "Yo mentiría para poder tenerlas". Por su parte, Dun T., de su misma edad, introduce matices: "Creo que la prohibición depende del uso que cada uno les da, si es correcto o indebido, pero 16 no es una mala edad para permitirlas".
Entre ambas posiciones se sitúa el debate adolescente: de quienes sienten que se les quiere arrebatar unos espacios de ocio y relación a quienes aceptarían un umbral establecido a cambio de sentirse más seguros cuando empiecen a navegar en ellos.
Ese reflejo encaja con lo que advierten los expertos: cuando se levantan vetos sin cambiar el diseño de fondo, parte de los menores migra a otros servicios menos visibles para sortear las restricciones. Guadix recuerda que en países donde se han endurecido las normas se ha visto una fuga hacia nuevas plataformas y servicios de VPN.
En paralelo, ByteDance —la matriz de TikTok— ya impulsa alternativas como Lemon8 —una red a medio camino entre Pinterest e Instagram, centrada en moda y bienestar, que usa el mismo motor de recomendación que la plataforma a la que imita, y busca sobre todo a jóvenes creadoras de contenidos— pensadas para ocupar el hueco si la otra app se ve limitada.
A 30 de enero, la ley sigue su camino como una de las grandes apuestas del año para blindar la infancia en internet. Ha superado su primer escollo en el Congreso y se discute ahora en ponencia, con la mirada puesta en que 2026 sea el año en que ese consenso en torno a proteger a niños y niñas se convierta en reglas concretas.
En paralelo, el Gobierno va dejando migas que apuntan hacia dónde va el modelo: el nuevo anteproyecto sobre derecho al honor fija ya en 16 años la edad mínima para que un menor pueda consentir el uso de su imagen, en sintonía con la futura ley de protección de los mismos en entornos digitales.
El mensaje de fondo es claro: no se trata de un parche aislado, sino de desplegar un ecosistema jurídico en el que la protección de la infancia pese más que la lógica del clic.
