Rosa Cobo es profesora de Sociología del Género y directora de la revista de estudios feministas Atlánticas de la Universidad de A Coruña. Dirige el curso de Historia de la Teoría Feminista en la misma universidad y también el Máster en Igualdad y Equidad en el Desarrollo, de Cooperacció, en la Universidad de Vic. Ha publicado obras como Las mujeres españolas (1991), Fundamentos del patriarcado moderno. Jean-Jacques Rousseau (1995), Interculturalidad, feminismo y educación, Educar en la ciudadanía. Perspectivas feministas, Hacia una nueva política sexual (2011), La prostitución en el corazón del capitalismo (2017) y La imaginación feminista (2019).

En este libro, Pornografía. El placer del poder (Ediciones B), Cobo defiende que la pornografía es el caldo de cultivo y la pedagogía de la prostitución -porque el porno no es ficción: crea realidad-. Habla la académica sobre los efectos del consumo de pornografía, de los llamados pornonativos -es decir, los chavales que tienen su primera experiencia sexual con el porno antes de los 11 años, de media-, de los pornófilos de contenido adulto que pasan a serlo de contenido infantil -aquí el porno como una fábrica de pedófilos, porque la excitación cada vez se consigue con un grado más alto-, de la precisión de la industria del sexo para construir un imaginario misógino sobre la mujer y de la erotización de la violencia contra el cuerpo de las mujeres. 

¿Qué es el porno y qué es lo esencial que lo diferencia de imágenes eróticas o desnudos que sí puedan ser artísticos?

La diferencia entre el erotismo y la pornografía es que la pornografía está hecha para vender, ese es el asunto fundamental: todas las imágenes pornográficas están orientadas a que el pornógrafo, el pornófilo, se quede con el producto, lo compre. El erotismo tiene que ver con el arte y la pornografía es una realidad social lejos del arte.

Apunta que, más que una cuestión de sexo, el porno es una cuestión de poder. ¿Qué poder masculino muestra el porno?

El porno pone de manifiesto muchas cosas, algunas de manera más explícita y otras de forma más inexplícita o subterránea, pero si algo pone de manifiesto es que los varones tienen, en todas las representaciones pornográficas, una posición de actividad y de poder respecto a las mujeres. Las mujeres en la pornografía son representadas igual que en la vida social: se demanda que tengamos una posición de pasividad, de ser, sobre todo, receptoras, de ser pasivas a la violencia.

¿Cree que es posible abolir el porno?

Varias cosas: en primera instancia, el porno no puede estar en abierto. No puede ser que críos de ocho, nueve, diez años dispongan de ese contenido simplemente pulsando una tecla. Con tanta sencillez acceden al relato pornográfico (digo relato por llamarlo de alguna manera, porque…)

Justamente de relato no tiene nada.

Exacto. Yo creo que es algo bastante claro que la pornografía está llena de imágenes de odio hacia las mujeres. Esas imágenes y todas aquellas representaciones que muestran odio hacia las mujeres deben ser prohibidas sin ningún género de dudas.

¿Cuál es la relación del porno con el capitalismo, o mejor, con el neoliberalismo?

Hay muchas relaciones entre el porno y el capitalismo neoliberal, pero a mí me gusta muchísimo señalar una, que es la idea tan fuertemente neoliberal de colocar el deseo en el centro de las vidas de los individuos. Es la idea de que todos los deseos se pueden cumplir siempre y cuando tengas los recursos económicos y el poder para satisfacerlos. La vida humana no puede fundamentarse solamente en los deseos. No son lo mismo los deseos de quienes tienen posiciones de poder que de quienes tienen déficit de derechos, de recursos o tienen vulnerabilidad. Hay ciertos niveles en la vida en los que no podemos hablar de deseos, sino de derechos.

¿La liberación sexual fue una trampa para las mujeres?

Bueno, yo creo que la revolución sexual que se desarrolló a partir de los sesenta puso en marcha un cambio positivo, que fue el de hacer que la sexualidad dejase de ser un tabú. Eso fue bueno, esa apertura en el deseo y la libertad de los individuos. Pero a partir de ahí se abrieron dos procesos distintos: uno de ellos fue un proceso masculino y patriarcal por el cual los varones quisieron utilizar la libertad sexual para satisfacer sus deseos, que no coincidían con los de muchas mujeres, como puso de manifiesto el feminismo radical.

Esa exaltación tuvo su lado positivo también, y es que muchas mujeres intentaron apropiarse del proceso y reivindicaron un tipo de sexualidad basada en el placer, y también en un deseo compartido y común. Era la idea de que la libertad sexual y el placer y la gratificación sexual no podían ser exclusivamente para los varones, sino algo compartido entre los dos miembros de la pareja. Esta semana precisamente ha muerto Shere Hite, una de las grandes precursoras.

¿Qué decirles a los que llaman “mojigatas” o “puritanas” a las feministas radicales, y, por ello, abolicionistas?

Es muy importante aclarar que el abolicionismo no se confunda con prohibicionismo: el prohibicionismo siempre ha caído sobre las vidas de las mujeres que están en la prostitución o la pornografía, mientras que el abolicionismo habla de no escatimar en políticas públicas de distinto tipo para desactivar la estructura de poder que hace posible que existan la prostitución y la pornografía. El abolicionismo nunca tiene en su punto de mira ni perseguir ni castigar a las mujeres, sino a los proxenetas y a los consumidores de esta industria del sexo.

Habla usted de que la pornografía es el caldo de cultivo de la prostitución.

Sí, yo creo que la pornografía es la verdadera pedagogía de la prostitución en el sentido siguiente: los relatos pornográficos lo que explican es cuán lejos pueden llegar los varones para ejercer violencia contra las mujeres. Eso les dicen esos relatos a ellos: todo lo que les pueden pedir, exigir y hacer. Para las mujeres también tienen los relatos pornográficos una pedagogía: el mensaje de todo lo que tienen que hacer. Todo lo que tienen que soportar.

Hay mujeres que se llaman a sí mismas “trabajadoras sexuales” y dicen que se sienten emancipadas gracias al porno y que el porno puede ser feminista.

Es difícil que la prostitución o la pornografía puedan ser emancipadoras o feministas. Para empezar, la inmensísima mayoría de mujeres que trabajan en la pornografía son mujeres prostitutas, o prostituidas, esa es la primera cosa que es fundamental y no se puede olvidar. Es difícil hablar de porno feminista, porque la pornografía expresa con violencia y radicalidad las relaciones de poder entre hombres y mujeres: recoge las fantasías masculinas y se edifica sobre una concepción de los varones como seres omnipotentes que deben saciar el deseo que tienen. Así es históricamente. Reconstruir la pornografía en una clave que no sea esa… es extraordinariamente difícil, porque lo que ocurre es que no tendría público suficiente para verla. Lo que hay en la pornografía es el endurecimiento continuo de los contenidos para satisfacer la erótica de los varones.

A los varones les erotiza ejercer violencia contra las mujeres: por eso ven porno. Sí que hay un tipo de pornografía que ha tomado plena conciencia de que la violencia contra las mujeres ha ido demasiado lejos y que quizás es posible suavizar las aristas más violentas para conseguir un público femenino (que la pornografía apenas tiene, porque las dos terceras partes de consumidores son hombres). ¿Cómo ampliar el mercado?, se preguntan. Ah, abramos el mercado hacia las mujeres. ¿Cómo hacemos que vean pornografía? Enviando el mensaje de que otra pornografía es posible.

Pero es absurdo, finalmente, porque si las feministas cuestionamos la prostitución y el porno pero la “revolución” consiste en que empecemos a consumirlo nosotras… dime tú a mí. Imitamos los viejos vicios patriarcales. Nos convertiría en pornófilas y puteras, lo mismo que señalamos.

Por supuesto que sí.

Ahora hay “trabajadoras sexuales” que se quejan de que en Onlyfans (una plataforma de pago para subir contenido privado mayoritariamente sexual) haya “intrusismo laboral”. Literalmente, decía la actriz porno Annecke Necro en una entrevista que le parecía mal que “personas ajenas al trabajo sexual jueguen a hacerse la puta”.

La pornografía y la prostitución son negocios que se mueven entre la economía legal y la ilegal. Una gran parte d ella industria de la explotación sexual está sumergida y necesita ampliar su mercado. Este tipo de afinaciones que cuentas tienen que ver con eso, con ampliar su mercado. Las niñas y adolescentes son fundamentales para la industria: ¡de eso se hacen cursos y jornadas, de prostitución y de pornografía, en las universidades y hasta en los institutos! El objetivo es aumentar la cuota tanto de demandantes (pornófilos) como de actrices porno o prostitutas, porque la industria necesita permanentemente chicas nuevas. A ellas se las busca de forma muy distintas: por ejemplo, mediante “agencias de modelos” que finalmente no lo son. Son lugares para captar chicas que se presten a hacerse fotos desnudas, como pasa con agencias de azafatas, y después les piden que vayan a fiestas que no son otra cosa que fiestas de prostitución.

¿Crees que cada vez se invita más a las niñas a ser putas? Hay ciertas estéticas que se han puesto de moda, hasta se utiliza la palabra “puta” para definirse a una misma, como si fuera algo cool o trash, como si fuera rebelde o liberador.

Sí, si algo pone de manifiesto esa cultura de la pornografía son estos procesos intensísimos de hipersexualización en los cuales las chicas encuentran que su identidad tiene que articularse a través del atractivo sexual. Toda esa estética pornográfica que se ve en la televisión, en las series, en la literatura, en la publicidad… ahí son educadas: las niñas son educadas en complacer a los hombres sexualmente, y eso tiene que ver con esos procesos intensos de los que hablábamos.

¿Qué pasa con la izquierda? Es sorprendente que ciertos sectores de la izquierda apoyen tanto la pornografía como la prostitución, ¿no? Son críticos con el mercado y con el sistema, pero ¡ah!, con esto…

Creo que efectivamente hay un sector de la izquierda masculina que comparte este tipo de análisis de orden capitalista y neoliberal, y que claramente están influenciados por sus intereses como varones. Los varones quieren tener mujeres a su disposición para poder acceder sexualmente a sus cuerpos. Claro: eso lo hace la pornografía.



¿En un mundo realmente igualitario, la pornografía seguiría siendo rechazable? Quiero decir: ¿el porno es un concepto nocivo en sí, desde sus bases filosóficas, o es el contexto el que lo hace perverso?

En un mundo en el que los hombres y las mujeres fuéramos realmente iguales, no tendría sentido la pornografía, porque se articula en la satisfacción masculina, en su sentimiento de poder, en su gratificación sexual y su fuerza. No sería pornografía, sería otra cosa. El porno está hecho para vender. En una sociedad en la que los hombres y las mujeres seamos iguales, lo de vender la sexualidad no lo veo.

¿Consumir porno sobre violaciones fomenta las violaciones?

La reflexión yo la haría de esta manera: ¿tiene algún tipo de influencia el cine, las series de televisión, la publicidad sobre el comportamiento de quien consume publicidad, cine, televisión? Yo diría que sí, ¿no? Si no la publicidad no existiría. Por supuesto que la pornografía, como la publicidad, tiene influencias sobre los pornófilos: no tengo ninguna duda. Normaliza las prácticas de quienes lo están mirando. El porno se basa en la erotización de la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres: eso se introduce en el imaginario sexual y tiene influencias sobre el comportamiento de los pornógrafos. Está comentado por diversos terapeutas.

Es curioso que el porno se caracterice por querer siempre más. Quiero decir: en los albores de la democracia, los hombres se masturbaban viendo las portadas de Interviú. Ahora muchos necesitan vídeos violentos y explícitos sobre violaciones, como el de La Manada, uno de los más buscados por los usuarios del porno. ¿Por qué este crecimiento de la vejación? ¿Hasta dónde? Su deseo cada vez está un poco más lejos.

Es un proceso, desde luego, ampliamente estudiado: es el endurecimiento progresivo de los contenidos de la pornografía. Ha habido estudios que explican cómo hay varones que simplemente ven pornografía de adultos y esa les lleva a la pornografía infantil: para excitarse tienen que aumentar el grado y la intensidad de las prácticas sexuales.

También hay una progresiva infantilización del cuerpo de la mujer en el porno. Quiero decir, antes los pubis sin depilar estaban de moda y ahora no, ahora se exigen cinturas diminutas, aspecto aniñado…

Sin duda, los varones demandan que las mujeres se depilen el pubis para imaginarse que son niñas, indudablemente. Esto es algo también ampliamente estudiado. Hay muchas investigaciones que ponen de manifiesto que hay una pedofilización de la prostitución y una pedofilización de la pornografía. Se han hecho estudios en los que se les preguntaba a los varones qué buscan en la pornografía y buscan, mayoritariamente, a niñas de 13 años. Ese es su relato pornográfico: aunque luego esas mujeres tengan 18 años, tienen que imaginar que son adolescentes, porque les erotiza mucho más.

¿Qué medidas útiles cree usted que debería tomar este Gobierno al respecto?

Como te decía antes, la pornografía no puede estar en abierto. Tienen que prohibirse todos los relatos pornográficos en los que hay un claro discurso de odio hacia las mujeres. Son humilladas, maltratadas, asfixiadas: es inaceptable. ¿A que sería inaceptable si esto sucediese con personas judías o negras? Inmediatamente saldrían acusaciones de racismo. ¿Por qué con las mujeres no?

Sin duda. Pero nadie se moja aquí. Irene Montero, ministra de Igualdad, se declara abolicionista tímidamente y dice muy rápido que es un “tema muy complejo”.

La complejidad viene del dinero que da la industria del turismo, el turismo de explotación sexual. Tiene unos lobbys muy potentes. El abolicionismo se implantará, no tengo duda, se acabarán haciendo políticas abolicionistas, aunque tarden un poco más. No van a poder detener la idea de que la prostitución y la pornografía son violencia sexual. El Gobierno no puede convertirse en el gran proxeneta. Y no hablo del ministerio de Igualdad sólo, sino del Gobierno, porque el ministerio no hará nada que no suscriba su Gobierno.

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