Hace ya algunos meses, un algoritmo conocido como Dall-E generó un montón de atención mediática. ¿Qué hace el algoritmo en cuestión? Simplemente, ser capaz de generar, a partir de una breve descripción escrita, una serie de ilustraciones. 

La cuestión puede parece sencilla, pero no lo es tanto: decirle a una máquina que te dibuje, por ejemplo, "una rata provocando un incendio forestal en el estilo de Banksy", y que, efectivamente, el algoritmo sea capaz de buscar imágenes de ratas, de incendios forestales y de Banksy, entender y conceptualizar algunos de los elementos de su estilo, y pintar una rata encendiendo un fuego con un bosque ardiendo de fondo. Es algo como mínimo interesante y, desde el punto de vista del machine learning, sin duda un buen logro. 

¿Qué ocurre a partir de ahí? Básicamente, lo de siempre en tecnología. Que Dall-E provoca la aparición de competidores, de una dinámica de mejora rápida. Así, en muy poco tiempo, hace posible que cualquiera que quiera crear contenidos para, por ejemplo, ilustrar un artículo, pueda hacerlo fácilmente y con un coste muy bajo, o incluso gratuito. 

Es importante entender aquí la forma de trabajo de estos algoritmos: para construir sus ilustraciones, necesitan consultar enormes bancos de imágenes convenientemente etiquetadas, procesarlas, y extraer elementos comunes de ellas.

Obviamente, sin internet y su brutal disponibilidad de materiales con los que trabajar, esta tarea sería infinitamente más compleja y limitada. Pero teniendo un repositorio prácticamente ilimitado de personas que crean ilustraciones, las etiquetan y las suben a la red, un algoritmo puede producir imágenes a demanda sin parar, sin necesidad de descansar y a un coste ridículamente bajo. 

Un algoritmo puede producir imágenes a demanda sin parar, sin necesidad de descansar y a un coste ridículamente bajo

¿Qué haces si, hasta ahora, te dedicabas a ser ilustrador, es decir, si tu trabajo era recibir una descripción de algo y dibujarlo para que tu cliente lo utilizase? Pues simplemente que empezarás a encontrarte con que muchos de tus hasta ahora clientes habituales comienzan a recurrir a algoritmos como Dall-E, Midjourney u otros, para ilustrar cosas que antes te solicitaban a ti.

Primero, porque no lo hacen mal, y segundo, porque además, ahora, están de moda. Comienzas a ver personas que aprenden a reconocer las ilustraciones hechas por esos algoritmos en función de determinados atributos, a otros que comentan sobre tal o cual decisión del algoritmo, y en general, cómo se crea toda un creciente dinámica de atención sobre el hecho de que una máquina sea capaz de hacer, de manera más o menos satisfactoria, aquello con lo que hasta ahora te ganabas la vida

La cuestión es relativamente sencilla: la habilidad para dibujar algo a partir de una descripción era algo relativamente escaso que permitía que tú, subcontratándola, vivieses de ello… Y de repente, esa habilidad se ha convertido en brutalmente abundante.

[Esta inteligencia artificial crea obras de arte con solo describirlo con una frase]

Podríamos discutir si tiene sentido que las ilustraciones se construyan siempre a partir de repositorios previos, si es justo, si eso nos lleva a una progresiva pérdida de originalidad, o incluso a cuestionarnos si es sostenible en el tiempo. Pero lo que nunca deberíamos hacer es descalificar la cuestión y pensar que, pase lo que pase, lo que tú vendes siempre será mejor. Sobre todo, porque es muy posible que, dado el ritmo de mejora de la tecnología, eso deje de ser así rápidamente. 

Estamos ante una cuestión mil veces repetida a lo largo de la historia de la humanidad. La tecnología progresa hasta conseguir que algunas tareas que hasta ese momento eran relativamente complejas y que se demandaban a determinados trabajadores, dejen de serlo. Eso provoca que esos trabajadores dejen de poder vivir de su trabajo. 

Podemos hablar de infinidad de ejemplos utilizados muchísimas veces: serenos, faroleros, pregoneros, afiladores, campaneros, barberos… Todos son oficios que en algún momento posibilitaban que algunos trabajadores vivieran de ellos, pero que merced al desarrollo de cerraduras y llaves más sencillas, de la energía eléctrica, de los medios de comunicación, de las máquinas de afilar domésticas o los cuchillos baratos, de la automatización o de la maquinilla de afeitar, perdieron su tracción en el mercado.

Algunos han desaparecido completamente, otros se mantienen para un público minoritario, a veces durante una generación, a veces algo más, o incluso en ocasiones con algún revival puntual. 

¿Cómo reaccionar ante algo así? Simplemente, entendiendo que es un factor derivado de la habilidad del hombre para desarrollar tecnología. Algo imparable.

Como ilustrador, tendrás la posibilidad de especializarte, de reclamar un sitio en el mercado en función de atributos supuestamente únicos, o simplemente, de dedicarte a otra cosa si estimas que ese nicho no va a ser suficiente. Es, simplemente, lo que hay. Te encontrarás incluso páginas en la red que clasifican cada ocupación humana en función de su probabilidad de ser sustituida por un robot. 

¿Duro? ¿Despiadado? No, simplemente fruto de un consenso social. Los ilustradores de hoy son los conductores y chóferes, los operadores de maquinaria industrial, los cajeros o los telemarketers de mañana: oficios que desaparecerán porque un algoritmo, un robot, puede hacerlos de forma más barata y eficiente. 

Eventualmente, llegará un momento en que esos robots y algoritmos llevarán a cabo la inmensa mayoría de lo que hoy conocemos como trabajo. Y entonces, ¿qué? Entonces será cuando empiece la parte verdaderamente interesante.

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