María F. Villavicencio
Publicada

Las claves

Los algoritmos llegaron sin transición ni consenso. No como una herramienta compartida, sino como una solución de mercado que promete rapidez, volumen y costes mínimos.

En pocos meses, la inteligencia artificial pasó de ser una curiosidad tecnológica a un factor que altera encargos, presupuestos y decisiones creativas en el sector de la ilustración.

El cambio no es solo técnico sino económico, legal y cultural. Las empresas y administraciones públicas incorporan generadores de imágenes al mismo tiempo que los ilustradores ven cómo desaparecen encargos que hasta hace poco formaban parte de su trabajo habitual. 

La IA ya es un realidad, pero ¿quién asume las consecuencias de su uso?

Disfrutar del proceso creativo

Amparo (26) trabaja como ilustradora freelance en Buenos Aires, Argentina. En 2023 consiguió su primer gran encargo editorial: ilustrar Alicia en el país de las maravillas, de Lima Chaparro (Boris Ediciones).

Para ella que ha dado sus primeros pasos en el mundo de la ilustración, la llegada de la inteligencia artificial no es un debate filosófico, sino una amenaza directa.

Reconoce que la IA puede ser útil como "motor de búsqueda visual o herramienta de apoyo". Pero en el mercado editorial observa cómo ocupa un espacio que antes pertenecía a los artistas.

Ilustracion Amparo Cedida

La diferencia, explica, es clara: "El ilustrador aporta un punto de vista subjetivo, una imagen pensada para un proyecto concreto. La IA genera soluciones genéricas, destinadas a resolver el problema de la forma más rápida posible".

La ilustración, defiende, debería "disfrutarse desde el proceso hasta el resultado: evocar emociones, construir un estilo propio, transmitir una idea". Sin embargo, el mercado prioriza la inmediatez frente a la mirada artística.

Competir contra lo instantáneo y gratuito es casi imposible. Para la generación más joven, el espacio para aprender, experimentar y consolidarse se reduce ante una tecnología que resuelve tareas, pero no busca originalidad.

El criterio del artista

María Luisa Sánchez Ocaña (51) es licenciada en Bellas Artes por la Complutense y cuenta con una trayectoria consolidada. Ha publicado en Elle, Cosmopolitan y Telva, entre otros. Su libro Bendita Rutina y su escultura pública Guisandera, en Oviedo, forman parte de una carrera construida a lo largo de décadas.

Cuando ve a una IA replicar estilos, no se sorprende por su capacidad técnica. Para Sánchez Ocaña, "el artista es el filtro. La IA imita, pero no crea. Cuando el cliente prescinde del ilustrador y encarga directamente a la máquina, desaparece la autoría".

"Para copiar hace falta un original. Sin artistas no hay modelos. Un buen ilustrador puede usar la IA mejor que cualquier cliente, porque sabe qué pedir y cómo hacerlo. Ese conocimiento no lo aporta la máquina". Aun así, reconoce que ha perdido algún cliente.

La ilustradora María Luisa Sánchez Ocaña Cedida

"La crisis no es de precios. Es de reemplazo. Bajar tarifas no sirve cuando se compite con lo gratuito. El cliente que busca barato ya está en la IA. Cuando se busca calidad, se paga".

"El valor no está en la herramienta, sino en el concepto. El artista puede trabajar con lápiz, pincel, Photoshop o IA. Lo importante es transmitir una idea. El criterio lo pone la persona", sostiene Sánchez Ocaña.

"El ilustrador interpreta lo que el cliente quiere incluso antes de que el propio cliente lo tenga claro. Ese es su valor diferencial. El arte no pierde valor".

Muchos no distinguen si una imagen la ha hecho un humano o un algoritmo. En los entornos profesionales, la diferencia es evidente. El ojo se educa. Lo difícil es explicarlo fuera del sector.

Pero para la mayoría de ilustradores, las soluciones individuales no bastan. El problema es más profundo. Afecta a toda la profesión.

Tecnología parasitaria

Para la Asociación Galega de Profesionais da Ilustración (AGPI), la inteligencia artificial generativa no es una herramienta neutra ni un avance inevitable. "Es una tecnología 'parasitaria', construida a partir del uso masivo de obras protegidas por derechos de autor, sin consentimiento ni compensación económica para sus creadores".

La solución pasa por una regulación urgente, por la transparencia de las empresas desarrolladoras y por limitar un uso que amenaza la sostenibilidad económica y cultural de la profesión

Su postura es clara: los modelos actuales vulneran la Ley de Propiedad Intelectual y su utilización implica aceptar prácticas que ya están siendo cuestionadas en los tribunales internacionales.

La preocupación es también laboral. En el último año se ha producido un parón especialmente alarmante en la demanda de ilustración profesional en España. El uso de IA se ha extendido en carteles, campañas de comunicación, redes sociales, publicidad y el sector editorial, tanto en empresas privadas como en la administración pública.

La asociación alerta, además, de que estos modelos perpetúan estereotipos, reproducen sesgos y se alimentan de datos procedentes de comunidades vulnerables, con un consumo energético elevado en plena crisis climática.

Para la AGPI, la IA no es una herramienta a la que adaptarse, sino un sistema diseñado para reducir costes y prescindir de artistas. No existe, hoy en día, ningún modelo que pueda considerarse ético y confiable.

Tendencia global

Ilustradores, fotógrafos y artistas visuales han iniciado al menos 5 grandes casos colectivos contra empresas de IA generativa (Stability AI, Midjourney, DeviantArt, Runway, Google) entre 2023-2024.

Modelos como Stable Diffusion, Midjourney e Imagen usaron millones de obras protegidas sin permiso, crédito ni compensación, para después permitir a usuarios replicar estilos de artistas específicos introduciendo sus nombres en prompts.

El impacto potencial si los ilustradores ganan sería obligar a las empresas de IA a obtener licencias explícitas para obras en datasets de entrenamiento, pagar compensaciones retroactivas millonarias e implementar filtros que impidan replicar estilos de artistas vivos sin consentimiento.

La solución pasa por una regulación urgente, por la transparencia de las empresas desarrolladoras y por limitar un uso que amenaza la sostenibilidad económica y cultural de la profesión.

La firma 

La IA puede llenar el mundo de imágenes. Pero no puede saber qué mundo quiere llenar. No puede decidir qué contar ni por qué. 

Amparo lucha por consolidarse en un mercado que se estrecha. María Luisa negocia con clientes que cada vez saben menos lo que piden. La AGPI advierte de que, sin regulación, no hay futuro. Todas llevan razón.

En los lugares donde alguien se sienta frente a una pantalla o un papel y decide qué trazo viene después. Ese acto de decisión, el criterio, la mirada del ilustrador. Eso es lo que ningún algoritmo roba, aunque intente replicarlo. Eso es lo que sigue sin firma porque nadie sabe aún cómo valorarlo.

Mientras tanto, el mercado se divide: quienes entienden que pagan por criterio y quienes quieren inmediatez y si es posible, de forma gratuita. Quienes se adaptan y quienes resisten. La ilustración no desaparece. Se redefine. Y muchos artistas pierden en este proceso.